Aborrecemos la estupidez, sin embargo, nos entregamos a ella todos los días. La aborrecemos y por ello enfatizamos la relevancia del aprendizaje. Las instituciones educativas realizan con frecuencia ceremonias cívicas en las que se hace hincapié en los valores del buen ciudadano, las dependencias gubernamentales emiten sin cansancio comunicados que enaltecen la vida de la honradez y del servicio, mientras que los templos de cualquier orden recurren a la homilía para explicar a su grey la manera de recorrer el camino del corazón y de la pureza. Sin embargo, tan pronto como terminan las ceremonias cívicas, tan pronto como son enviados los comunicados oficiales y tan pronto como es clausurado el rito litúrgico: alumnos y docentes, gobernantes y gobernados, y pastores y ovejas se entregan a las mismas prácticas de siempre, aquellas que desaparecen momentáneamente cuando hay que ponerse la máscara de solemnidad y que no son otras que la de la burla, la insensatez, el ocio, el robo, la estafa, la superstición y la maledicencia, siendo todas y cada una de ellas rostros distintos de la misma entidad: la estupidez.
La sociedad, no sólo la local, sino aún la mundial, le ha declarado la guerra a la estupidez, pero nadie está dispuesto realmente a renunciar a ella, ni siquiera quienes aspiren a la sabiduría, pues es por la estupidez que la vida misma adquiere su sentido. La estupidez se refleja en acciones que podríamos considerar condenables, sobre todo porque a veces complacen a una minoría, pero cuando la estupidez convida sus tesoros con todos es aceptada sin reproches. La estupidez es sensata, la estupidez no miente y por ello es que a veces también incomoda. La estupidez es la que lleva al animal humano a desear ir más allá de sus límites y es por ella que todas las instituciones, de cualquier orden, se crean, se levantan y se propagan. La estupidez tiene diferentes formas, aunque cuando uno la consume niega rotundamente que su consumo sea estúpido, pues es fácil ver la estupidez en el otro, pero pocos la reconocen en sí mismos, pues nadie quiere pasar por estúpido, aún cuando todos los días se nutra de la estupidez en sus variadas manifestaciones, siendo algunas de ellas: la música, el deporte, el espectáculo, el cine, la radio, la televisión, la política, la religión y, no podía faltar, el internet, que es la catedral de la estupidez, el templo en el que todos confluimos y que, aunque digamos que no, siempre nos saca más de una sonrisa, cuando no, una risotada, pues es éste una manifestación de la fértil imaginación humana.
Podríamos decir que la estupidez está en todo, pues siempre hay un espacio para la duda y donde falta certeza hay una oportunidad para la estupidez. Disfrutar de la estupidez no es un delito, como tampoco debería de ser motivo de vergüenza; incluso el sabio, si es que en verdad existe alguno, se entregó a la estupidez antes de dejarse crecer sus largas barbas que contrastan con su falta de cabello en la cabeza. La estupidez tiene por base al placer y no hay nadie que sea capaz de afirmar y aún de comprobar que no disfruta del placer en cualquiera de sus posibilidades. Hablar de placer es hablar, por supuesto, de sexualdiad, pero también de deleites que van directo a la boca, como la comida; de disfrutes que seducen a los ojos, que suavizan a los oídos, que encandilan a la nariz, que distraen a la mente y que relajan por entero al cuerpo. El placer es hijo de la estupidez y todo aquel que sienta placer puede darse por estúpido, lo cual de ninguna manera es ofensivo, y en caso de que nos parezca así será porque hemos sido engañados por parte de aquellos que disfrutan tanto del placer que se niegan a compartirlo con los demás y por ello nos hacen pensar que la vida se trata de renunciar a la estupidez, cuando es ésta, en realidad, el motor de la existencia misma.
El filósofo Erasmo de Rotterdam, en el siglo XVI, defendió a la estupidez en su obra Alabanza de la estupidez, de la que podemos extraer los siguientes fragmentos: «Habla la estupidez: Mi verdadero padre es Pluto, el dios de la riqueza. Procedo de Neotete, la ninfa de la Juventud. Soy consecuencia de la lujuria. Nací en el paraíso, donde todas las cosas crecen sin siembra ni esfuerzo, donde no hay pena, ni edad, ni enfermedad y donde los campos producen deleites para la vista y el olfato. A mí me criaron de sus pechos dos ninfas graciosísimas: Ebriedad e Insignificancia. Mi séquito son Vanagloria, Adulación, Olvido, Pereza, Complacencia, Insensatez, Ociosidad, Desenfreno y Sueño Irresistible. Con la ayuda de estos fieles servidores sujeto a todos bajo mi poder, y gobierno sobre los mismos gobernantes. Yo engendro los estados y mantengo los imperios, los magistrados, las religiones, los consejos y las judicaturas, porque toda la vida humana no es más que una burla de la estupidez. Ya me parece oír a los filósofos protestando. Justamente eso, dirán, es lamentable, estar sujeto a la estupidez, equivocarse, engañarse, ser ignorante. Pues no; eso es ser humano. Además, no veo por qué lo consideran lamentable, cuando así han nacido, de esa manera están educados y en esa condición, que es la común de todos, se han formado. Nada de lo esencial en la especie es lamentable. La vida vale la pena gracias al condimento de la tontería.»
En el ensayo de Erasmo, desde su inicio, es la Estupidez la que habla, explicando cómo es ella, y no la Sabiduría, la que siempre nos acompaña, la que estuvo presente en el momento en que nacimos sin saber nada y la que seguirá con nosotros en el momento en el que muramos, también sin saber nada. La estupidez, dice la Estupidez, es la que motiva al sabio a superarse, sin que sea nunca realmente sabio, pues la estupidez es también el placer y puesto que el sabio, como también el místico, sigue habitando en un cuerpo de carne está sometido al placer, por muy sencillo que éste sea: una siesta, abrigo, la sensación de que Dios está con uno, etcétera. La vida, dice Erasmo, no es más que una burla de la estupidez y por ello es que todos los días nos deleitamos en ella, compañera que nos salva de la soledad, que no debe de avergonzarnos y que le da sabor a esta existencia insípida que necesita del condimento de la tontería.
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