El abuso verbal de la semana tiene que ver con el término y delirio en torno a la mexicanidad. Dos series de debates no del todo inconexos harán cera y pabilo por un lado mientras se rasgarán las vestiduras por el otro. Por un lado, está que entre las justificaciones que se dan a la mal llamada “ley de ciencia”, ley Buylla” (en honor a la directora del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología), “ley bullying” (jugando con su apellido) y más socarronamente “ley H” por la inclusión de las humanidades, pero presta a iniciar juegos de “différance” derrideanos cambiando obscenamente su significado, está el énfasis en una estrambótica “ciencia mexicana. Por el otro que la misma directora del Conacyt anunció finalmente se cuenta con la espuriamente promovida (por haberse maquilado en Nueva York) vacuna mexicana “Patria”. En conjunto volverán a poner sobre la mesa que es eso que se identifica como mexicanidad y si tiene cabida en las artes y ciencias reconocidas universalmente.
En plena competencia por la genuflexión ante sus colegas diputados, los senadores que integran la coalición gobernante (morena, Partido y del Trabajo y Partido Verde) aprobaron lo que se les ordenó desde Palacio Nacional la semana pasada. Parte importante de este agandalle fue desconocer todos los acuerdos sobre parlamento abierto y debates respecto a la Ley General en Materia de Humanidades, Ciencias, Tecnologías e Innovación. Desde su propuesta inicial a mediados de diciembre del 2022 y su largo proceso previo de redacción a veces conocida por filtraciones, pero la iniciativa no fue mínimamente discutida ni mucho menos logró el consenso de los actores relevantes. Esto es, tanto las comisiones en el congreso como con los investigadores de las distintas instituciones de educación superior, centros de investigación, hospitales y en sí dónde se produzca conocimiento. Eso tiene alebrestados a todos los integrantes y estudiantes en los sistemas que dependen del respaldo institucional y presupuestario del Conacyt. Ahora bien, unos la apoyan sin discutirla con lealtad perruna porque, dado que ha iniciado el fin del sexenio, están dispensándose las buenas maneras. Otros la critican rechazándola en bloque sin matices. Para evitar esta situación es que debían de haber permitido transcurrieran los debates de parlamento abierto, operando con ánimo negociador. Siempre se puede mejorar todo, lo relevante es el proceso para lograrlo y la buena fe necesaria. No es así, por lo que no tardarán en encontrar un terreno de batalla yermo. Temo que ese será el de la “mexicanidad”. Lógicamente el presidente ha bautizado a su propuesta político-social como “humanismo mexicano” (tras hacerse saber que aquello de “economía moral” no era sólo plagio sino mal hecho) y eso es suficiente para que se enzarcen tirios y troyanos.
Fuera de la ciudadanía es imposible establecer si una persona es mexicana o no. Eso se complica con grados de mexicanidad (como artificio “nación”) en el juego de PUREZA Y PELIGRO alertado por la antropóloga Mary Douglas, separando a naturalizados de mexicanos por nacimiento, de esos cuantos son hijos y nietos de cuantos por nacimiento y dentro de ellos si hay indígenas definidos por su lengua de adquisición (diferente al español y a las de otros inmigrados). Ahora, pasar de personas a disciplinas es francamente hilarante como lo es en las artes. Es entendible que por marketing se diferencien ramas o productos como el “rock mexicano” o “cine mexicano” y se busque después justificar en qué radica la perspectiva o carácter que le da tal distintivo. En ciencias sociales, naturales y humanidades es un sinsentido. Se puede hacer la historia de cada una desde que hay registros confiables y seguirán el curso de la humanidad dialogando con sus centros de producción y diseminación más importantes. No siempre procederán los mismos lugares o instituciones, pero sí habrá cierto traslape. Ahora, las contribuciones que se hagan desde instituciones del Estado mexicano, por mexicanos y residentes extranjeros no se vuelven mexicanas sino por un acto de pensamiento mágico y alquimia electoral. Ya en su inenarrable novela LOS DETECTIVES SALVAJES, Roberto Bolaño muestra perplejidad cuando su personaje Jorgito Fons llama “naco” a su patín del diablo. Para el dialecto de la ciudad de México entonces (mitad de los setenta del siglo XX), los “nacos” eran los indios urbanos (hoy día con la “corrección política” que aspira a ser “woke” se les llamaría personas auto adscritas y reconocidas como sujetos de pleno derecho consuetudinario por pueblos originarios [sic] en que radica la soberanía popular). ¿Cómo puede una cosa adquirir esa condición étnica y de clase sin una transmutación? Quizás entre los extranjeros que más amó a México, está el chileno, pero nos deja clavada esa duda sobre nuestra condición “prelógica”.
Idénticamente, pululan colegas defendiendo que tal o cual disciplina es así de mexicana como su folclor les permita hacer analogías. Lo que es más buscan impartir cursos alusivos con esa idea de que algo mexicano permea e informa sus rasgos. Los hay también que siempre han condenado tal parroquialismo como “irrisión o penosa vergüenza”. A nadie sorprenderá que estando el río tan revuelto y con tantos pepenadores (en vez de pescadores) buscando ganancia, se degrade más el debate público y pidan pruebas de mexicanidad a ser cuestionadas porque el significante vale por no querer decir nada intrínsecamente. Es simplemente “la marca y la falta”.









