Hemos escuchado una y otra vez sobre la importancia de conocerse a uno mismo. Quien se conozca podrá responder a la pregunta “¿Quién eres?” sin recurrir a explicaciones que tengan que ver con su nombre y apellidos, con su género, su profesión, sus creencias ni su ideología. Aquella persona que pueda afirmar que se conoce es porque ha hallado la manera de definirse sin apelar a ningún tipo de concepto ni de etiqueta, lo cual atenta contra las creencias actuales en las que todo se halla sobre–etiquetado.
Para conocerse a uno mismo se empieza por lo que tenemos a la mano, lo cual en un momento deberá de ser abandonado, pues, de mantenerlo, obstaculizaría el camino del conocimiento de uno mismo. Es decir, cuando decidimos emprender el conocimiento de nosotros mismos habremos de recurrir a nuestro nombre y fecha de nacimiento; haremos, además, una lista de aquello que nos gusta; destacaremos nuestras habilidades; hablaremos de nuestra trayectoria y enfatizaremos nuestros dones, pues todo esto es lo que nos conforma y permite nuestro desarrollo en el mundo, sin embargo, y aunque resulte confuso y doloroso, todo ello no somos nosotros mismos, sino lo que los demás nos han dicho que nosotros somos.
El conocimiento de uno mismo es complejo en tanto que lo que sabemos de nosotros es lo que los demás nos han dicho que somos. Es decir, no tenemos una imagen real de quiénes somos, sino únicamente un espejismo que los demás han construido y nos han hecho creer que nos corresponde. Por ello, cuando decidimos conocernos verdaderamente, nos vemos obligados a romper con ciertos lazos familiares; a dejar atrás a algunas amistades; a renunciar a ciertas actividades laborales, recreativas o de estudio; pues cuando uno desea conocerse debe, forzosamente, dudar de todo cuanto le han hecho creer sobre su persona. En este sentido, todo conocimiento de uno mismo es, obligatoriamente, una experiencia dolorosa.
Cuando nos definimos dejamos de lado aspectos personales que no queremos reconocer como propios, ya sea porque nos parecen vergonzosos o porque pensamos que no nos corresponden. El psicoanalista Carl Gustav Jung llama a estos aspectos incómodos de la personalidad la “sombra”, que es un arquetipo de nuestra oscuridad. La sombra nos conforma, pero no es posible conocerla porque representa aspectos inconscientes que cada uno de nosotros manifiesta sin darse cuenta de ello. Quien se quiera conocer a sí mismo, debe conocer entonces a su sombra, para después reconocer como propio aquello que por alguna razón nos avergüenza. La sombra se manifiesta de muchas maneras, las más frecuentes podrían ser: impulsos homosexuales no aceptados por la presión social; disfrute de conductas sádicas como el maltrato animal; pensamientos suicidas o en contra de la integridad física de los demás; comisión de cualquier acto que desafíe a la autoridad y a la moral. Hay que resaltar que estos son sólo algunos ejemplos de la manifestación de la sombra, indudablemente existen muchos más, y con la constante de que su existencia en nosotros es absolutamente inconsciente, por lo que podríamos estar haciendo daño sin percatarnos de ello.
El conocimiento de la sombra se desarrolla mediante vías como la terapia psicológica, las prácticas espirituales y el diálogo con los demás, principalmente. Para que la sombra se manifieste en nuestra consciencia es necesario que preguntemos a los demás qué comportamientos tenemos de los que posiblemente no nos estemos percatando, pero también, para que la sombra se presente, es fundamental que aceptemos aquello que sentimos como una represión en nosotros y que por vergüenza o miedo no hemos permitido que se manifieste. Cuando la sombra se reprime, termina presentándose como enfermedad en algún punto.
Simbólicamente, la sombra representa la oscuridad, así como una extensión de la malignidad, aunque esto último no siempre. Desde la antigüedad, se ha creído que la sombra nos comunica con los muertos y con el “Más allá”, de ahí que se hayan ideado rituales para someterla. En uno de los Textos de magia en papiros griegos que se descubrieron en el siglo pasado, existe una “Práctica para dominar la sombra” que versa de la siguiente manera:
«Después de hacer una ofrenda consistente en harina de trigo, moras maduras, sésamo y hierbas que no han tocado el fuego, añádele acelgas y serás el dueño de tu propia sombra, de tal manera que se pondrá a tu servicio. Dirígete en la hora sexta del día hacia el Oriente a un lugar solitario, provisto de un cesto tejido con negros juncos nuevos, y en la cabeza la banda roja de un sudario y en la oreja derecha el ala de un halcón, y en la izquierda la de un ibis. Después de poner el pie en el lugar, arrodíllate, extiende las manos y recita esta fórmula: “Haz que ahora esté a mi servicio mi sombra; porque conozco tus nombres santos y tus signos y símbolos y quién eres en cada momento y cual es tu nombre.” Tras decir esto, recita de nuevo la fórmula que aparece arriba y, en caso de que no te escuchare, di: «Pronuncio tus nombres santos, tus signos y tus símbolos. Por ello, Señor, haz que esté a mi servicio mi sombra.” Y en la hora séptima se acercara a ti desde el lado opuesto y, hablándole a ella, di: “Sígueme a todas partes.” Tú mira, no vaya a ser que te deje.»
El dramaturgo James Matthew Barrie es conocido por su obra Peter Pan, en la que una de las primeras escenas es la de la lucha entre el protagonista y su sombra. La sombra de Peter Pan es rebelde y como la sombra de Pan es también la nuestra, huidiza, escurridiza, pero, además, engañosa, pues a fin de que no la reconozcamos disimula su silueta entre penumbras y por ello es que cuando nos decidimos por conocernos a nosotros mismos es que dejamos de lado todo aquello que nos conforma, pero que también nos avergüenza, por lo que si queremos conocernos, libres de etiquetas, es fundamental dominar la sombra.
elmundoiluminado.com









