Cuando buscamos esclarecer cuál es el origen del mal nos encontramos con tres posibilidades. La primera de éstas pertenece al ámbito religioso y postulará que el mal existe debido a que: Dios, en sí mismo, es malvado y por ello permite el mal en el mundo; Dios es bueno, pero ha creado una entidad maligna para ponernos a prueba, a fin de que nos fortalezcamos en espíritu; Dios es dual, es decir, hay dos dioses, uno bueno y otro malo, y juntos gobiernan en el mundo. Si bien estas explicaciones todavía son tomadas en cuenta, fue durante épocas pasadas cuando tuvieron mayor relevancia. La segunda posibilidad con respecto al origen del mal es la que postula que todo ser humano nace siendo bueno y que es la sociedad la que se encarga de conducirlo al sendero del mal; este posicionamiento es el que principalmente mantiene el filósofo Juan Jacobo Rousseau, quien sostiene que las instituciones políticas y religiosas son las responsables de la degradación moral de las personas, así como de la expansión de la maldad. La tercera hipótesis que explica el origen del mal la desarrolla el filósofo Nicolás Maquiavelo, quien sostiene que el ser humano, al ser un animal, está condenado a contentar sus instintos, siendo la base de éstos el mal, por lo que si el ser humano es malo, se debe a que su misma naturaleza lo obliga a ello. En resumen, el mal podría estar en Dios, en la cultura o en la misma naturaleza.
Si bien la triple vía que explicaría el origen del mal está marcada por diferencias profundas, las tres explicaciones coinciden en un punto: que independientemente de cuál sea el origen del mal, el ser humano siempre tiene la oportunidad de mejorarse, a fin de asentarse en el trono del bien. Si atendemos la cuestión del bien desde el ámbito religioso, entendemos que la justificación de éste radica en la posibilidad de purificar el alma. En el sentido cultural, la necesidad de esforzarnos por “ser buenos” tiene su justificación en que ésto nos hará ciudadanos probos cuyos efectos se verán en una sociedad gobernada por la armonía. Sin embargo, pasando a la cuestión de la naturaleza, desde esta óptica el bien no tendría ninguna justificación, pues es gracias al mal, o a lo que consideramos maligno, que toda especie consigue su mantenimiento. En este sentido el amor, como la felicidad, son antinaturales y juegan en contra de la supervivencia no de la especie, sino del individuo, pues lo debilitan.
Generalmente, se suelen tratar al mal y al bien desde ámbitos como la filosofía, sin embargo, resulta conveniente considerar también la posibilidad de que la maldad en el mundo sea más una cuestión de naturaleza, antes que de educación. Cuando miramos a nuestro alrededor y analizamos el comportamiento de nuestra sociedad, hallamos que nuestras conductas son eminentemente competitivas y egoístas. Diariamente escuchamos discursos y atestiguamos conductas en las que el combate y el abuso se manifiestan sin miramientos, y suponemos que este comportamiento competitivo, tan arraigado en todo el mundo, es resultado del sistema capitalista y neoliberal en el que vivimos, en el que el valor de los individuos depende de sus posibilidades de consumo y del capital económico que lo respalde, sin embargo, sin embargo, no debemos desechar la posibilidad de que estos rasgos competitivos, de rivalidad y de sometimiento posean, además del componente cultural, un determinante natural.
La hipótesis de que el mal tiene su asiento en la misma naturaleza que nos compone la desarrolla el biólogo evolutivo Richard Dawkins en una obra llamada El gen egoísta. La hipótesis de Dawkins, grosso modo, es la siguiente: Todos los animales, incluidos nosotros, deben su comportamiento a sus genes, los cuales no tienen otro objetivo que no sea la conservación del individuo, antes que la de la especie. Es decir, de acuerdo a Dawkins, quien se basa en los postulados evolutivos de Charles Darwin, los animales ven en primera instancia por ellos mismos y después por su grupo, de tal suerte que es gracias al egoísmo que la vida se mantiene, sin embargo, esta prolongación de la existencia es posible gracias a que algunos animales están dispuestos a realizar actos altruistas que al mismo tiempo que destruyen a quien los realiza, aseguran la supervivencia del egoísta que se beneficia de ese acto altruista. En síntesis, piensa Dawkins, los polos de la vida son el egoísmo y el altruismo, siendo los egoístas los que perviven y los altruistas los que perecen. Citemos unas líneas de El gen egoísta:
«El factor importante en la evolución no es el bien de la especie (o grupo), sino del individuo. Todos los animales somos máquinas creadas por nuestros genes, los cuales han sobrevivido durante millones de años en un mundo competitivo. Una cualidad predominante de nuestros genes es el egoísmo, aunque hay circunstancias en las que los genes pueden alcanzar mejor sus objetivos egoístas fomentando una forma limitada de altruismo. El amor universal y el bienestar son conceptos que carecen de sentido en cuanto a la evolución. Si deseamos construir una sociedad altruista, poca ayuda podemos esperar de la naturaleza, pero aún así es fundamental que tratemos de enseñar la generosidad y el altruismo, a pesar de haber nacido egoístas. Al comprender qué se proponen nuestros genes egoístas, tendremos la oportunidad de modificar sus designios. Nuestros genes pueden ordenarnos ser egoístas, pero no estamos obligados a obedecerlos. Aunque a menudo resulta, al ser analizados con más detenimiento, que los actos aparentemente altruistas son en realidad actos egoístas disfrazados.»
La teoría de la selección de grupo es la que Dawkins toma como referente para explicar cómo es que nuestras relaciones cotidianas dependen de una interacción entre el egoísmo y el altruismo en la que el primero se aprovecha del segundo. En todo grupo los altruistas están dispuestos a renunciar a sí mismos a fin de salvaguardar a los demás, esto puede ejemplificarse con el grueso de la población, que renuncia a su propia vida a fin de satisfacer los intereses de políticos y empresarios que aunque realizan actos altruistas, no son más que egoístas disfrazados.
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