La entrada en escena de la senadora Xóchitl Gálvez como anteprecandidata de la coalición opositora (PAN-PRI-PRD) precipitó distintas reacciones. Desde el orquestado “acuerpamiento” por parte de influencers y pandits en Twitter y calumnias de opinión, hasta las feroces reacciones de bots y apparátchitks de “la morena” defenestrándola en los mismos ambientes. Si bien desde su integración al gabinete de Fox en el año 2000, como primera comisionada nacional para el desarrollo de los pueblos indígenas es una figura pública, no había logrado tal atención en su trayectoria. En aquel entonces se le fichó vía firmas de “head-hunters” (“caza talentos”) siendo una virtual desconocida. Hoy día lleva veintitrés años prorrateando presupuestos y por ende todo lo que se diga sobre ella es toma a ripostar. Su récord público habla por sí mismo. Nada de eso obsta para que en vez de examinar su paso por la comisión, la integración de los comités que redefinieron mañosamente el artículo 2º Constitucional alusivo a la condición pluriétnica de la nación y los criterios de etnicidad indígena (a proyectarse y explotarse en el Censo Nacional de Población y Vivienda 2010), como a su paso por la delegación Miguel Hidalgo en la Ciudad de México, y finalmente la senaduría por principio de mayoría proporcional, se debata si es indígena o no. De suyo es infeliz anteponer la condición de pertenencia étnica de cualquier ciudadano a su trayectoria, como también que esa misma pertenencia étnica se politice degradándole. Sus promotores han hecho una caricatura pseudo-otomí de la muñeca mazahua “María” sobreponiéndose a la adversidad como “self-made womyn”. En contraparte sus detractores apuntan a lo espurio del guion. No sólo ambos bandos sino la discusión política pierde, pero debe entenderse lo barato de la apuesta y el encono con que se recibe.
La etnicidad como criterio en esta muy adelantada “ante-pre-campaña” comenzó con una insinuación contra Claudia Sheinbaum, empero. Siendo público que es hija y nieta de judíos tanto sefarditas como asquenazíes, la ultramontana reacción usó el libelo que no nació en ciudad de México sino en Sofia (Bulgaria) para escamotearle “mexicanidad”. Bien sabían no era verdad, pero el propósito era recuperar la reliquia lingüística y semántica “apátrida” con que judíos y otros inmigrantes del viejo mundo fueron clasificados en México hace un siglo. Sin patria ni derecho entonces a la nación, se le trató de descalificar por parte de los elementos más retardatarios de la alianza opositora. De hecho, no causó más que las desafortunadas reacciones de quién es muy mala candidata y no pudo revirar como debía. En vez de afirmar que judíos, armenios, musulmanes con otros no cristianos han inmigrado y contribuido al desarrollo de México, naturalizándose y mezclándose, engendrando y criando, trabajando y viviendo como cualquier otro mexicano, regurgitó la banalidad que es más mexicana que el mole (sic). Ese fue el primer obús etnicóide con que la reacción abrió fuego y estableció lo términos de pugna. Después vino el cuento de la muñeca de trapo otomí.
Más allá del hecho que “todis semos” al mismo tiempo que ciudadanos mexicanos (por nacimiento o naturalización) portadores de marcadores culturales étnicos, su relevancia siempre se articula de manera relacional. Esto es, si fulanete dice ser “español de acá” en la Puebla del Malamorts, lo está afirmando frente y contra “españoles de allá” y los regnícolas sin raigambre alpargata. Al ajustar el foco y examinar la jaculatoria en su contexto de emisión, entenderemos si la misma persona está invocando principios de nativismo (contra “los de allá”) o de imaginaria legitimidad en la utopía de haber sido ésta una ciudad (trazada por ángeles güeros) sin (espacio para) indios ni castas infames. Igualmente, cualquier desplante de orgullo étnico lo es siempre ya en oposición a otros dentro de diadas antagónicas nada difíciles de reconocer. No lo son porque nuestro multiculturalismo es escasamente diverso, así nos ilusione lo contrario. Tan predecible es que en un ambiente en que casi todos se reconocen como pertenecientes al mismo grupo étnico sea ridículo clamar orgullo o quiera estigmatizarse a nadie por marcador ninguno. Entendido pues que el lenguaje de lo “étnico” es siempre ya dialógico, relacional y en pos de duelos, queda examinar el riesgo al que entra la oposición al “etnizar” la elección.
De la misma manera que es irrelevante Sheinbaum sea hija y nieta de judíos, participe o no de los rituales de sus comunidades étnicas, religiosas y políticas, lo es también para Gálvez. Como la inmensa mayoría de mexicanos del centro-sur debe contar con abuelos o bisabuelos que pueden haber hablado alguna lengua indígena, sufrido discriminación (en serio), y haber pagado cara la integración de su prole al mestizaje. Contar con esos antepasados variará en significación, pero no le hace ni mejor ni peor que nadie. En sí confirma es parte de esa mayoría que no es ni nativa ni extranjera, ni blanca ni parte de ninguno de los pueblos conquistados o esclavizados. Ahora, el haber eliminado el criterio de lengua de adquisición para definir la etnicidad, adoptando la auto adscripción (sentirse parte de y así declararlo) fue una victoria pírrica. Ciertamente fue la intensión de Gálvez y secuaces inflar los números de indígenas en el censo del 2010 para así lograr presupuestos holgados para agencias gubernamentales y liderazgos espurios. Pero por lo mismo, al perderse el asidero de un marcador cultural incontestable, cualquiera se puede declarar indígena para el logro de un beneficio administrativo, laboral, o llamar la atención, y eso no quiere decir que los demás le crean nada en absoluto. Lo verán como él o la oportunista que es. Afortunadamente en México, tanto en la escuela como en los empleos, se conoce gente de las diferentes etnias de cada región, rompiendo estereotipos, y son muy pocos individuos aquellos a los que se les pueda reclamar “culpa blanca” como si fuesen gringos burgueses protestantes e hipócritas. Si algo nos ha enseñado la ventolera “Whitexican’t” en redes es que a nadie le avergüenza su privilegio. El sustrato mayoritario católico impone vivir con culpas congénitas y heredadas: la pertenencia étnica simplemente no entra en el catálogo.
De suyo que es difícil suponer el artificio étnico le dé o quite más a ninguna de las anteprecandidatas. Ni Sheinbaum teme auto de fe por parte del residual enardecido y babeante del gormondiaje, ni la falsa progresía impulsará a Gálvez por ostentar un vago vínculo que la mayoría de los mexicanos compartimos. Ambas merecen el escrutinio cercano de los ciudadanos que serán encuestados o votarán en los procesos internos de cada coalición. También requieren de mejores spin-doctors, equipos de campaña, y escritorzuelos a sueldo. El ataque a Sheinbaum era predecible por lo bajo del nivel de las dirigencias partidistas y de la falsaría sociedad civil. Deben haber estado preparados, pero no hizo mella. La descerebrada “narrativa” de la pseudo interseccionalidad étnico-genérica como sustituto de logros en la administración pública y oficina política, tampoco da para más que la pena ajena. Las dos pueden invocar “violencia política de género” y seguro lo harán para enrocarse, pero es una apuesta perdedora. Quién sea que gané la nominación debe probar ser mejor no que el presidente, sí de la cohorte de esperpentos de cada coalición, para así entrar al ruedo como lo que en perfecto asturiano apoblanado reza “¡varil!” (o varilla).









