Al término de una muy decepcionante e ilegal simulación, las “ante-precampañas por la grande” logran sorprender. Ante la pactada ausencia de debates queda el desfile de personajes. Y dentro de ello ambas coaliciones—opositora y gobernante—se han decantado por candidatas. Ese es el hecho novedoso y radical, mismo que independientemente de quiénes sean, es en sí epocal. Mujeres candidatas a la presidencia las ha habido en México, desde la testimonial postulación de Rosario Ibarra de Piedra en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (1982 y 1988), al logro del registro para el Partido del Trabajo con Cecilia Soto (1994), por no hablar del patético “cuchi-cuchi” de Josefina Vázquez Mota por el PAN en 2012. Lo que no hubo en ninguna de ellas era la posibilidad de ganar. Hoy día, en caso de confirmarse las tendencias dominantes de las últimas semanas, es un hecho que la presidencia de la república será ganada por una mujer. Hasta ahí todos podemos estar de acuerdo en que es algo inédito. Vienen después las interpretaciones, proyecciones, usos y excesos al respecto. No es que cada quién sea libre de externar perogrulladas o paparruchadas peregrinas, pues cada una de las candidatas tiene y debe ser medida en y contra su trayectoria. Sí, que la relevancia no es menor y será usada por lo que le es inherente a “la guerra de los sexos”, así como para desplazar los problemas de una crisis de liderazgos en la sociedad política.
La agenda de las mujeres se ha afirmado durante los últimos cinco años en buena parte en fricción contra el presidente y su gabinete paritario, pero también siguiendo tendencias del Atlántico Norte y América Latina. De ahí que sea fácil pensarla de manera monolítica sin serlo. La mejor muestra se da respecto al feminismo. De las dos finalistas por el Frente Amplio, sólo Beatriz Paredes puede identificarse como feminista. La mejor muestra de su militancia, conocimiento y defensa consecuente le valió dirigir a la delegación mexicana en la Conferencia Mundial Sobre las Mujeres “Beijín 1995”. A ella llevó la que en ese momento eran propuestas de vanguardia. Muy difícilmente su compañera de alianza, Xóchitl Gálvez, podría medirse así en ese entonces o ahora. De ahí que le hayan inventado atributos tan fomes como sus huipiles. Y sin que sea paradoja, pero la senadora, exgobernadora, exdiputada, exdirigente nacional de su partido, y exembajadora no tendrá oportunidad de liderear a la coalición opositora. Claudia Sheinbaum, por su parte seguramente se identifica en su fuero interno y persona pública con el feminismo, pero sus acciones—desde militante del Consejo Estudiantil Universitario (CEU) de la UNAM en 1986 hasta la jefatura de gobierno en la Ciudad de México (2018-2023)—siempre ya a la sombra de liderazgos masculinos, son su mayor menoscabo. No es que la mayoría del electorado entienda la relevancia toral del feminismo ni que ninguna colectiva, para el caso, tenga su monopolio, sí que es un espectro y sombra que estará gravitando. Sin ello, es peor pues se usarán estereotipos agraviantes y condescendencia patriarcal sobre lo que podemos llamar sin ironía “el eterno femenino”. Independientemente de las trayectorias de Golda Meier o Indira Gandhi, que discutieron su condición de mujeres en el poder y frente al feminismo, definiendo escenarios no sólo para Israel y la India sino advirtiendo lo indeseable que es “ghettoizarlas”, pero son legión quienes por quedar bien entre ellos (regodeándose en su incultura) repiten que las mujeres no pueden ser peor que los hombres. No es ni un mea culpa ni convencimiento, es el cretinismo de los oportunistas.
Precisamente porque nada está dado es que las precampañas y eventual campaña merecerá de toda nuestra atención. Lógicamente el logro es de la sociedad mexicana y su capacidad de negociar, adaptándose contra la misoginia institucional y lo que algunos autores llaman “guiones ocultos”. En 2000 Beatriz Paredes, entrevistada por Denisse Maerker y Sabina Berman para la serie “Las mujeres al poder”, insistió en que el problema con la discriminación de género y el machismo no era que sus colegas se comportasen mal en horarios laborales o en los recintos legislativos y oficinas de partido, burocracia del ejecutivo, o campañas. De hecho, si algo tenían desde entonces era dominio al escindir la vida pública de la privada y sobre todo la secreta. Eran los espacios informales y clandestinos que compartían en cantinas, tables y lupanares dónde realmente hacían política. Lo otro era simulación. Y ahí es donde era muy difícil entrar y participar sin tener que desjarretarlos en el proceso. Pronto sabremos si se ha dado pues sólo la autodenominada, en esa misma serie, como “polifónica” parece haberlo intentado consistentemente desde su entrada a la CNC en Tlaxcala. En sustitución de ello vendrá la mercadotecnia y propaganda, sin garantías para nadie.









