Qué sorprendente resulta el hecho de que ciertos animales, e incluso especies vegetales, exijan de su entorno una retribución emocional, es decir, que la flora y la fauna requiera de acciones que llevan implícitos valores de cariño, dulzura e, incluso, amor. Lo anterior es sorprendente en tanto que la naturaleza se torna no solamente más compleja de lo que parece, sino que incluso adquiere connotaciones misteriosas, en el sentido sagrado de la palabra, e invitándonos a las preguntas: ¿Por qué la naturaleza ha desarrollado una inteligencia emocional que vienen acompañadas de necesidades afectivas? ¿Por qué para la permanencia, desarrollo y multiplicación de las especies no es suficiente con que éstas se alimenten, descansen y se correlacionen sexualmente? ¿Son el afecto y el amor propios de la naturaleza o resultan ajenos a la misma?
Indudablemente, pensar que las especies vegetales y animales (nosotros, entre éstas últimas) requieren de afecto y de amor para su óptimo desarrollo nos inclina a considerar la existencia de la inteligencia divina en el complejo sistema que la naturaleza conforma. Dejemos de lado al ser humano, que sin duda es el más complejo de los animales del planeta Tierra, y centrémonos en especies como los perros o los gatos, que nos son tan familiares, a tal punto que se han convertido en nuestras herramientas de vigilancia, en nuestras mascotas, en nuestros compañeros e, incluso, en nuestra familia. Quien haya tenido la oportunidad de cuidar a perros y gatos entenderá bien la complejidad de su inteligencia emocional. Los perros y los gatos, como otros animales, se alimentan, duermen y reproducen, en pocas palabras, siguen sus instintos para asegurar su supervivencia, sin embargo, es evidente de que también son capaces de percibir, entender y pedir afecto, pero ¿por qué? ¿Cuál es el motivo, filosóficamente hablando, que inclina a los animales a buscar la experiencia del cariño?
El tema no es menos complejo con las especies vegetales, las cuales, lejos de ser seres vivos inmóviles, fríos y distantes, poseen un tipo de inteligencia que les permite percibir su entorno, así como las personas, sonidos y otros estímulos que las rodean. Indudablemente, las especies vegetales no sienten igual que las especies animales que poseen un sistema nervioso, pero de alguna manera las plantas sienten y también reaccionan positiva o negativamente, según sea el caso, a las palabras y gestos cariñosos de sus cuidadores, ¿pero por qué?, ¿a qué se debe que la naturaleza haya ido más allá de la simple repetición mecanizada de acciones como la alimentación, el descanso y la reproducción?
La necesidad de amor en las especies vivas se correlaciona con la belleza en la naturaleza, la cual desde la antigüedad ha sido motivo de intensos debates entre filósofos y artistas, principalmente. La pregunta que se abre es: ¿existe la belleza en la naturaleza en sí misma o es una convención cultural establecida por el ser humano? Por supuesto que la belleza se conforma de estándares sociales que son propios de los diferentes grupos humanos, pero también es cierto que a lo largo de la historia los diversos pueblos que han existido han coincidido en que las representaciones de lo bello en la naturaleza, sin importar si estos pueblos son occidentales y orientales.
Pero los seres humanos no son los únicos que pueden percibir la belleza, pues al igual que el amor, el afecto y el cariño también otras especies animales y vegetales han dado muestras de su comprensión de lo bello, no mediante estructuras de pensamiento basadas en la filosofía, pero sí mediante la manifestación de ciertas formas, texturas y colores reafirmados en ciertos patrones geométricos que nos llevan a cuestionarnos en ¿por qué la naturaleza además de manifestar una búsqueda del afecto y del amor, plantea la posibilidad de una belleza inmanente?
Basta con poner atención a las formas naturales para dar cuenta de la armonía que poseen en su geometría, ¿pero por qué? ¿Son la búsqueda del amor en algunas especies vivas y la manifestación de la geometría en ciertas formas naturales el resultado de un plan divino? No faltarán aquellos que afirman que es mera coincidencia, sin embargo, éstos suelen carecer de razones contundentes para mantenerse en lo dicho.
El ensayista François Cheng, nacido en 1929 y todavía con vida, afirma en su obra Cinco meditaciones sobre la belleza, lo siguiente: «En estos tiempos de miserias omnipresentes, de violencias ciegas, de catástrofes naturales o ecológicas, hablar de la belleza puede parecer inconveniente. El universo no tiene obligación de ser bello, y sin embargo es bello. A la luz de esta constatación, la belleza del mundo, pese a sus calamidades, también nos parece un enigma. La Naturaleza, con toda su formidable presencia, se manifiesta como un secreto inagotable, y sobre todo como una pasión irrefrenable. La Naturaleza encierra también muchas violencias y crueldades, sin embargo, ¿cómo no oír el mensaje que resuena en nosotros? ¡La belleza existe! y algo tenemos que hacer con esa belleza que nos ofrece la Naturaleza. Para que la existencia de este universo vivo pueda perdurar, tiene que haber un mínimo de bondad. La belleza existe, sin que su necesidad, a primera vista, parezca evidente en absoluto. Está ahí, de manera omnipresente, insistente, penetrante, aunque dando la impresión de ser superflua.»
Una característica de nuestra sociedad de consumo es su ceguera ante la belleza, cada vez somos menos capaces de percibirla, así como de manifestarla y esto lo constatamos, por ejemplo, en los espacios y objetos cotidianos, cuya tendencia hacia el minimalismo ha aniquilado el aprecio por los detalles. Nuestros espacios y objetos son fríos y carentes de personalidad, es como si el ser humano, a diferencia del resto de los animales y plantas, en lugar de perseguir la belleza y el amor se hubiera olvidado de que ha sido privilegiado, con respecto al resto de las especies, con la oportunidad de vivir para el bien y el amor manifiestos en un secreto inagotable.
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