Uno de los efectos de la pandemia del “covid” fue el dejarnos con una serie de falsas certezas y mayor ignorancia de la que teníamos antes de pasar por ella. No se ha establecido cabalmente el origen o forma específica en que ocurrió la “mutación” del virus, tampoco las cifras más aproximadas a muertes causadas, así como contagios. Mucho menos la sensatez y efectividad de las distintas medidas ensayadas en sana distancia. Sabemos sí es impreciso llamar vacunas a las dosis que se aplicaron masivamente, como que debiendo diferenciarse de aquellas con las que estamos familiarizados, normalizándose su uso.
Tras el entusiasmo por la tecnología ARN-mensajero usado en dos vacunas de gran éxito comercial surgen el escepticismo y la cautela por las correlaciones con miocarditis y el reconocimiento que aquello que se aprobó por ser una emergencia, hoy es menos imperioso y debe ser claramente ponderado. Se violaron derechos ciudadanos y políticos, así como impusieron estados de excepción, pero, sobre todo, se perdieron años en enseñanza para quienes siguen matriculados. Otros no serán recuperables. Sabiendo todo eso, quedó como falso consuelo el uso y abuso cosmético del cubrebocas.
Hogaño podemos decir que el covid sars 19 con los nombres científicos, de medios, y comerciales de sus variantes es una enfermedad estacional. En los hemisferios norte y occidental campea durante los solsticios y amaina en los equinoccios. Así, estamos aún saliendo de la fase de mayor contagio por coincidir con grandes movimientos vacacionales y rituales de la población. Es predecible aumenten los contagios y por ende la proporción de enfermos graves y defunciones. Sin embargo, algo tan simple se politiza inmediatamente generando alarma pública con diversos fines políticos. Es por principio de cuentas un recurso sencillo para golpear al gobierno. Cualquier aumento de los contagios debe ser imputable a su incapacidad. Si bien el mexicano destacó por su mal desempeño durante la pandemia, no es necesariamente se pueda hacer mucho ahora que está en fase latente.
El efecto inmediato son las guerras de cifras en que medios específicos las proyectan al alza sin más referencias que historias propias o de otros afines, generando la falsa percepción de un inminente retorno a las condiciones del 2020 al 2022. Pero ese uso político no se reduce al juego de golpeteo entre medios y gobierno por publicidad pagada; juegan también otras instituciones. Destaca ahí el sector educativo, precisamente porque fue el más castigado en la pandemia. Uno supone que no se aprendió o no se han querido reconocer los estragos sobre los procesos de aprendizaje y eso es sólo la mitad del problema. La otra mitad son los negocios y falsas ventajas que se lograron vía el apócrifo de la educación a distancia.
De la misma manera que nadie puede aprender a nadar por internet, tampoco se puede razonar en un ambiente pensado para personas con suficientes niveles formativos y sofisticación para mantener un debate. El internet es de suyo una serie de herramientas para la comunicación entre colegas, no para el meticuloso y repetitivo proceso de enseñanza-aprendizaje que demanda ensayo y error, para revisar y corregir constantemente. Aun así, recientemente se exhortó a replicar medidas que sabemos son ineficaces. Y lo son porque para que el cubre bocas funcione se le debe imponer a la gran mayoría de los contagiados. Si el 85% de ellos no portan correctamente un cubre bocas de los muy escasos que por sus materiales y diseño funcionan, pero ni son baratos ni están disponibles en farmacias y tiendas, lo que tenemos es un carnaval de (de)obediencia propiciando fricciones y conflictos gratuitos.
Puede especularse qué es lo que se gana con este primer llamado, menos que es también una insinuación al regreso a las medidas de “sana distancia”. Y lo es porque en ese periodo los ahorros de gastos fijos y corrientes fueron significativos, pero sobre todo la simplificación en la administración de la vida cotidiana en instituciones que son complejas. No es un recurso político menor, máxime en año electoral, cuando nadie querrá tener en su patio escaramuzas de la polarización de las campañas. Precisamente porque sus consecuencias son predeciblemente a la baja y contra las poblaciones más expuestas a la deserción escolar, es que debe tomarse con la mayor seriedad lo que en sí es una mal llevada campaña de relaciones públicas.









