En la semana que termina hubo una feliz coincidencia entre calendarios paganos y religiosos. El miércoles fue simultáneamente San Valentín y Miércoles de Ceniza. Si bien por la pluralidad y secularización el calendario católico no es seguido universalmente, tampoco es minoritaria la población que así lo hace, forzando la producción de memes y chistes involuntarios. A dónde ir primero, ¿al motel o a la iglesia? El orden de los factores tampoco altera el producto en esta multiplicación de significantes, lo importante es que hay la libertad de hacer una, otra, ambas o ninguna. He mencionado el paganismo porque no hay evidencia que San Valentín haya existido y por ende la jerarquía católica lo eliminó del santoral, quedando como una reliquia para marchantes. Lo que no hay duda es que su conmemoración es la imperfecta cristianización de la festividad romana de las lupercales o lupercalia. En ella, de cara al advenimiento de la primavera (en el hemisferio norte) se celebraba la fertilidad con la lujuria para que jóvenes de ambos sexos se entregasen juguetona y risueñamente. Como tal pervive en las múltiples instancias de San Valentín en escuelas y universidades, calles y antros, moteles y tumbaderos. No sólo los jóvenes la celebran, pero entendemos como en tiempos romanos que es para ellos principalmente. Los demás, como cada quién pueda, participan de forma acotada. Para ellos y ellas es que surge el debate respecto a qué tanto defenestrar la férula de Hallmark y su degradada transculturación, así como ponderar ese paso de nuestra herencia romana a la cristianización en variantes de dramático tradicionalismo católico popular y/o edulcorado artificial protestante en la multiplicación de un mercado de baratijas sentimentales.
Así como se dio esta semana, tendremos por el resto del año la convergencia de los procesos electorales en México y los Estados Unidos, movilizando tradiciones y significantes contrastantes. Será imposible mantenerlos separados por más que sea una minoría entre el paisanaje aquella que pueda participar en ambos. El fantasma del abstencionismo amenaza por igual y para ello es que se debe echar mano de los recursos político culturales con que cuenta cada tradición política y sus referentes en versiones de religión civil e iglesias. La política identitaria enfrentada a las contradicciones materiales, así como los disfraces que serán usados, tienen por cometido el persuadir a los escépticos que ya todo está decidido o bien que es un juego en el que vale la pena apostar y participar. El desafío de Trump a Biden es amenazante de una forma que el de Gálvez a Sheinbaum aún no. La certeza que da el sistema de colegios electorales en Estados Unidos ante la incertidumbre que da el temor a reeditar las prácticas priístas de “ratón loco”, “embarazo de urnas”, compra, inducción y coacción del voto, así como “la mano negra” por parte de morena. No hay que ser muy perspicaz para saber el INE ha sido cooptado y con él el Tribunal Electoral. Convencer al electorado hay demasiado en juego es la apuesta compartida, cómo se logrará también depende de conjugar ambos sistemas de referentes simbólicos y prácticas materiales.
La ironía en forma de lamento del presidente López Obrador que rezaba “eso [lo que sea] no lo tiene ni Obama” ha completado el círculo. Ello en atención a que el principal operador político del Partido Demócrata en la elección estadounidense será su expresidente. Será a él a quién corresponda torcer brazos y cobrar favores, amenazar y convencer para que se complete la abyecta jaculatoria “Vote Blue No Matter Who” (vota por el azul—candidato demócrata—sin importar quién sea) ante el escepticismo y en ocasiones repudio de sectores juveniles, universitarios, de origen levantino y afrodescendientes en los Estados Unidos. Igualmente, el presidente López Obrador usurpa funciones al liderazgo formal de morena y a su candidata para organizar la elección como un referéndum acerca de su legado. “Se está con la transformación o contra ella” es el chantaje con el que pretende asegurar, no sólo su malogrado proyecto sino también, su impunidad y en su caso Maximato. Así como Trump logró pasar de ser un estrafalario personaje de la cultura popular a creíble portador del resentimiento y agravio de masas importantes de la sociedad estadounidense bajo el apócrifo que Obama no nació en Hawái sino en Kenia, igualmente la candidata de la coalición del sistema de partidos reagrupado como oposición echa mano del nativismo. Qué tanto antisemitismo hay en ello, depende del segmento en su coalición y audiencias, pero indudablemente se ha manifestado ya de manera vergonzante. No hay evidencia sea útil, pero es parte del proceso de ensayo y error para tratar de organizar el repudio al presidente, a su parca candidata incondicional, y al movimiento en sí.
A diferencia de la feliz coincidencia del catorce de febrero, que nos regalo memes y frases como “primero la ceniza y después la longaniza”, los procesos electorales son de pronóstico reservado. Demandarán de una inusual sobriedad a modo de no poner en peligro ni perder amistades por andarnos creyendo todo cuando se diga y oiga. Una vez más, eso se pone en duda y considera apenas la mitad de lo que se vea y pueda corroborar. A diferencia de las lupercales, acá no hay “peor es nada” pues suelen ser menos que eso.









