Los erráticos despropósitos presidenciales de los últimos doce días señalan claramente el “ocaso” del sexenio. Así ha sido identificado y mentado por asaces pandits. Un mal día o semana lo padece cualquiera, pero lo importante no es si el vaso está medio lleno o medio vacío. Es si se está llenando o vaciando y en este caso no hay duda se trata de lo segundo. Así, es factible advertir lo que serán los desgajamientos dentro del movimiento hecho en torno al perenne candidato López Obrador, como los efectos sobre su declarada oposición. En el primer campo suponemos una parte se radicalizará, secuestrando a la candidata en un afán de ventriloquia, para que siga actuando como caja de resonancia vacía. Ya lograron imponerle la lista de senadores de representación proporcional y esperan hacer lo mismo con el gabinete. Para ese grupo de “creyentes” nada cambiará y se dicen dispuestos a mantenerse en el proyecto contra viento y marea, clamidias y gonorreas. Otro, buscará identificar la naturaleza de las amenazas desde el exterior. Esto es, qué tan reales son desde las distintas agencias gubernamentales de los Estados Unidos y acorde con sus interpretaciones actuará. Una facción más, dejada del lado en las candidaturas, se declarará traicionada y burlada por el movimiento, tratando de ocupar espacios en lo que quede de la oposición. Por el otro campo, una parte saldrá envalentonada y otras dos maltrechas. Muy claramente el PAN será el partido que refrende sus credenciales opositoras y sobre ellas es que tiene posibilidades a futuro. No se puede saber aún si la campaña de su candidata presidencial tiene o no aspiraciones de triunfo. Sí que, innegablemente lograrán importantes escaños y desde ahí reiterarán su falsa fidelidad a 1939. De hecho, en el juego de decepción apuestan por otra derrota heroica dentro de un exceso de instancias abyectas. No es menester recordemos las “concertacesiones” que desde el sexenio de Salinas (1988-1994) han marcado al partido, así como que sólo mediante ellas hayan podido ganar desde la gubernatura de Ruffo Appel en Baja California (1989) hasta la Presidencia y “alternancia” con Fox (2000). El PRI por su parte, no será eliminado, pero tampoco sabrá qué hacer con el intestado de tantos bienes raíces sin albacea o administración fiduciaria. Una guerra fratricida definirá el espacio poselectoral y es dable que Murat, el Júnior logre hacerse de esos papeles para transar con quién gane. Finalmente, el PRD sí se verá reducido a “menos que nada” y su mejor prospecto es que sea abordado y tomado por una de las facciones que abandone a morena. Llámense como quieran hacerlo, en los más ridículos terminajos de la nostalgia revolucionaria o los más oportunistas elementos del lenguaje incluyente, pero quiénes se hagan del cascarón podrán darle una manita de gata, tratando de hacerlo operativo.
Todo ello viene a cuento porque no debemos olvidar que aún con “el estilo personal de gobernar”, el presidente es temporal. Al inicio de los sexenios, el periodo parece largo y lo es respecto a los más usuales en otras partes del mundo (cuatrienios y quinquenios), pero en la no reelección tiene la primera y última muestra de ingenio político mexicano. Son seis años para tratar de hacer y deshacer, ensayar y fracasar, proponer y sufrir reveses, ejecutar venganzas y robar a manos llenas. Contra el resplandor del poder presidencial está la burla sexenal como “Memento mori”. Cosa que es muy diferente de aquellos dónde hay reelecciones y por ende sufren ya sea ocho, diez, doce, o hasta quince años antes de desenlaces violentos. En ese sentido hemos de recordar que lo que se presenta en la boleta electoral son dos coaliciones, no las impresentables candidaturas personificándoles. Así, por un lado, está el sistema de partidos de “la transición democrática” y por el otro el de los “movimientos de crisis de representación”. Cada uno tiene su referente histórico global, o al menos occidental, transculturado, tropicalizado y degradado al folclor nacionalistoide. La monserga de las transiciones y sus éxitos fue para el centro y este de Europa. No para todos los satélites de la Unión Soviética en el “Pacto de Varsovia”, sólo para los despojos del imperio austrohúngaro. Polonia, la República Checa, y Húngría vivirían revoluciones de terciopelo y sólo en ellas es que el espantajo “sociedad civil” tenía sentido. El resto del bloque de la “Cortina de Hierro se degradaría en saqueos y abusos que los acreditan como entes subdesarrollados. Su situación fue tal que no dudaron en echar mano de la “teoría de la dependencia” para gozar de su dolor y síntomas. Ni en México ni en Sudamérica había condiciones históricas para jugar a nada de ello, pero tres partidos hicieron la pantomima de derecha, izquierda y centro. De tal suerte que la oposición reaccionaria del PAN con “el changarro de dios” fue y ha sido convincentemente derechosa, así “la opción preferencial por la pobreza” (no los pobres ni el pobretariado) como monserga sin mayor plan acreditó al PRD como izquierdoso tras 1989. El PRI, siendo la derecha empresaurial y parasitaria, carroñera y rapaz haría las veces de un gatopardista centro.
Por su parte, tras la crisis hipotecaria estadounidense que se tornaría bancaria y financiera en 2008, se suceden en cascada los movimientos anti sistémicos cuestionando la representación política y lo que se conoce como “doble polarización” o “crisis duales”. Esto es, por encima del despojo, desahucio y desamparo en el que quedaron grandes sectores de las clases trabajadoras formales, se les comenzó a dar un trato anómalo, reduciéndoles a cargas presupuestarias a manejar como “activos tóxicos”. Sea la etnicidad sin marca o los roles de género tradicionales, pero en todo caso esta ofensiva en la economía política se disfrazó de multiculturalismo y así engendró sus “Gólems”. En la misma elección de Peña Nieto (2012) toma notoriedad la copia de la copa de la copia: el “yo soy 132” como doble parodia de proletas descastados jugando a los niñatos “indignados” u “Occupy Wall Street”. Para ese momento ya el grupo radical en torno a la reiteradamente derrotada candidatura de López Obrador da forma a su movimiento, haciéndolo indistinguible de él. Por su parte otros partidos hechos sobre formatos importados como el Verde Ecologista y el del Trabajo, se dejarán ir con la (muy) corriente que, presionando desde “abajo y a la izquierda”, reventaría al sistema de partidos de la misma forma que lo hacen las inundaciones en ciudades sin capacidad para manejar sus sistemas de alcantarillado. Ni el Verde respeta la mínima agenda antinuclear europea o es capaz de proponer la reducción del daño ambiental, como tampoco el PT entiende la convergencia entre obreros industriales con el proletariado rural de Brasil. Lo que tenemos son rémoras siguiendo a un líder carismático avivando el resentimiento como ejemplo mexicano de la “política del miedo y rencor”.
Ahora, ni la coalición oficialista ni la opositora pueden cumplir nada de lo que ofrecen. El sinsentido del “segundo piso de la transformación” es veraz respecto al fraude y falta de rendición de cuentas en que la actual candidata alcahueteó al presidente cuando fue jefe de gobierno de la “Ciudad de la Mugre” y los “cochinitos” que con sendos segundos pisos (y E-Pig-me[ni]o) armaron. No hay más plan que seguir regenteando el congal, mientras que por el lado de los partidos de la transición es siempre ya imposible volver a un pasado nefasto de simulaciones. Siendo malas apuestas ambas, no tienen las mismas consecuencias. Qué es preferible depende de la capacidad analítica no del elector como individuo atomizado. Antes bien, intentando reconocerse en clases por afirmarse dirigiendo posibles futuros.









