Es oficial, tras los resultados de las elecciones primarias en Mississippi, Georgia, Hawái y el estado de Washington, Joe Biden es el candidato del partido Demócrata a la presidencia de los Estados Unidos. Ahí enfrentará por segunda ocasión a Donald Trump, quién por tercera vez va a la boleta tras el abandono de Nikki Haley la semana anterior. Así, se confirma lo que se daba por sentado. Contrario a los discursos supuestamente críticos, progresistas y de vanguardia, en el país capaz de librar dos guerras simultáneamente en el mundo e imponer agendas a buena parte de él, se afirma la gerontocracia. Cuasi-literalmente “gobierno de los viejos” es el desplante más rancio (y acedo) del poder patriarcal, cosa que no es novedad ni sorpresa a no ser por la innegable hipocresía del discurso público, especialmente de los demoliberales y sus monsergas de inclusión, equidad y diversidad. Se trata del multiverso “posViagra” y recordatorio de la propaganda e ideología divorciados de las realidades del ejercicio del poder. Para qué es que se ha incluido a “minorías” y mujeres, es cada vez más elocuente. Vigilancia y censura, neoconservadurismo moralizante, en tanto trabajo sucio que pasó de servil a expresarse como “comité de salud pública” en clave activista.
El hecho que dos senectos (Sleepy Joe tiene 81 años cumplidos mientras que Il Trumpo cuenta con 77 respectivamente) lideren sus partidos indica incapacidad para promover, sazonar y proyectar liderazgos de entre las generaciones que les siguen y deberían mantenerlos honestos. Otra opción es que, siendo manejados por equipos multigeneracionales, multiculturales, y de aspecto “abigarrado” en términos fenotípicos y sexo-genéricos (nunca de clase), son la afirmación conservadora del eurocentrismo heteropatriarcal. Una tercera opción es que se trata de una aberración derivada de la pandemia y es un paréntesis mientras se negocian los elementos neoliberales en la economía política dentro de discursos populistas. Ahora, no puede omitirse que las trayectorias de ambos son bien conocidas y para 2012 al momento del triunfo de Obama, ninguno parecía tener oportunidad de llegar a la boleta electoral y menos aún hacerse de la presidencia. Uno fue su vicepresidente. En ese papel, su función fue apaciguar las ansiedades racistas en su partido. De sobra es conocida su connivencia respecto a grupos retardatarios como el Klan y el régimen del Apartheid en Sudáfrica, dentro de una pulsión racista punitiva, mientras que Trump saltó de estrafalario personaje de “programa de telerrealidad” (basado en su emporio de bienes raíces) a líder de los nativistas (en tanto racistas escasamente disfrazados) con el apócrifo que Obama no había nacido en Hawái sino en Kenia. Si bien el significante amo para ambos es la “negritud” de Obama, en sus contradictorios significados, un efecto no intencionado se dio respecto a su relativa juventud.
Las últimas décadas del siglo XX se caracterizaron por la elección de presidentes relativamente jóvenes tanto en el Atlántico Norte como en sus áreas de influencia. Mencionaremos sólo a Bill Clinton y Tony Blair para el dúo trasatlántico de la “tercera vía”, a Salinas de Gortari y a Collor de Mello para el infracontinente de la dependencia, mientras que es dable encontrar otros tantos en Asia y África. Tanto el efecto avasallador de las transiciones a la democracia en el centro y este de Europa comunista como el supuesto distanciamiento respecto a Reagan y Thatcher valorarían formación tecnocrática dentro de la ambición y generosidad que se asocian a la juventud antes que a la mediana edad y senectud. Los fracasos del modelo neoliberal influyeron para el regreso de ofertas populistas y con ellas la falsa restauración del padre—en tanto tirano benevolente—como figura central. No es que hayamos vuelto a época previa, es que se cayó la máscara.
Señalar la hipocresía proverbial del aparato propagandístico estadounidense es redundante. Como lo es señalar que emana precisamente de aquello identificado como “ética protestante”. El asunto no es si los distintos grupos de interés y facciones políticas estadounidenses son capaces de “desmontar”, analizar, o criticar el entramado ideológico de su bipartidismo sin opciones. Sí, saber que lo que ocurre entre ellos se replicará en otros lados sin los recursos con que ellos cuentan para su puesta en escena. Esto es, tanto el fenómeno Lula respecto a Dilma Rousseff como el de López Obrador respecto a Claudia Sheinbaum difícilmente esconden o modifican la tendencia dentro de las configuraciones político-ideológicas falocéntricas.









