El conteo para el dos de junio ha comenzado. Predeciblemente se agudizan las contradicciones inherentes al proceso. Si bien parece muy difícil la candidata a la presidencia por morena y su coalición con el Verde y PT pierda, precisa del arrase (“plan C”). Esto porque la manga ancha con la que el presidente López Obrador se ha manejado, no tiene en ella elemento de carisma ninguno. Por ende, arriesga un escenario de triunfo con un congreso dividido y potencialmente adverso. De ahí que se trate de inhibir a los votantes desinteresados y volátiles, así como asegurarse la disciplinada participación de las bases clientelares. El PAN por su parte, coaligado con el PRI y PRD sabe que no tiene oportunidad de ganar la presidencia y se concentra en el escenario de fortalecerse en distritos electorales bien identificados para una “guerra de posiciones” en el siguiente sexenio. Es una mala apuesta, porque no hay garantía ni de su éxito, ni que lográndolo puedan mantenerse así más allá del día de inauguración de la siguiente legislatura. Movimiento Ciudadano por su parte, logrará su mayor avance posible. Actuando como esquirol, es dable que aumente sus bancadas superando al Verde, PT, y PRD.
Ahora bien, la peor contradicción del proceso electoral es que pese a que pandits y medios insisten con que hay mucho en juego en él, haciendo imprescindible participar, no emociona ni a las mayorías ni a los sectores que se supone crédulos. Ni jóvenes ni segmentos urbanos identificados dentro del falsario “clase media” reaccionan a las campañas. El proceso es vulgar, grotesco, y deleznable. No sólo no hay propuestas o plataformas identificables, fuera de la figura presidencial polarizando, en que una candidata ofrece continuidad, la otra se asume como su némesis y el tercero se escabulle sonriente. El legado de López Obrador puede ser materia de discusiones, ponderados estudios y política ficción, pero es un pobre sustituto de los personajes para la elección. Fuera que hay dos mujeres en competencia y que muy probablemente una de ellas gane, es poco lo que la elección significa. De ahí que cobren tal importancia los escándalos punteando las semanas.
Es así como pasamos por el caso del obispo motelero en pasón de perico, la madre buscadora asimilada con carroñeros, y doña sociedad civil transando pensiones, por mencionar tres que operaron como sustituto de las campañas. En todos se comprueba lo que lamentamos constantemente: nada es lo que parece y toda pretensión de virtud esconde desde pulsiones básicas, hasta verdaderos estercoleros, pasando por la manipulación. Todos contribuyen a minar la confianza en instituciones y al desprestigio generalizado: no hay “nada limpio a qué jugar” como rezó la rola de El Último de la Fila y siguiendo la lógica de la derrota, expresada en la misma, queda encontrar sentido en las personas y pequeñas cosas de la cotidianidad. Dar la espalda a “lo” político y dejarlo en manos de los miserables que medran con quiénes dependen de prestarse a la farsa o son demasiado ingenuos.
Nadie duda los prelados tienen vida sexual, que la misma está torcida por la institución que los deforma, ni que prolongan su venalidad hasta donde topen. Lavado de dinero, tráfico de influencias y corrupción de menores hacen de su portafolio una reliquia abyecta. Sus pastorales, como la de la migración, tienen sentido fuera de la iglesia, en el regenteo de la sociedad civil y para ello echan mano de víctimas y sus familias. En tanto no pueden competir con el presidente para el disfraz de “protector de los pobres”, pelean por las limosnas. Igualmente, los organismos de presión empresarial operando como observatorios y organizaciones de la sociedad civil medran con presupuestos públicos, nacionales y extranjeros, bajo apócrifos de probidad definidos en oposición al gobierno y sociedad política. El terreno moral sobre el que erigen sus templetes es terregal que se hace fango, precisamente porque quiénes las componen están en relaciones de contubernio con las burocracias.
Ciertamente, la mayoría de los ciudadanos son gente honesta y esforzada, razón por la que no serán promovidos ni estarán en posiciones para tomar decisiones ni en la sociedad política ni en la civil. Ambas, dependen y exigen degradación, la misma que ha sido teorizada para el estado africano como “política del vientre” por Jean Françoise Bayart. Su libro EL ESTADO EN ÁFRICA aparecido en francés en 1989 ha estado traducido al español por Bellaterra desde 1999. Nos ha estado esperando toda la transición. Ya que se han agotado las fantasías de la Moncloa, llegó la cruda de la normalidad democrática. Para “curarla” hemos de reconocer lo que es un “estado rizoma” podrido.









