El martes cinco de noviembre son las elecciones tanto presidenciales como de una serie más amplia de cargos de elección popular y enmiendas en los Estados Unidos. Con ellas se llega al fin de un año en que hubo grandes movilizaciones y polarización hemisférica. En las Américas destacaron las de Argentina, Venezuela y México, mientras que en Europa se confirmó la irrelevancia de Francia e Inglaterra. En todas ellas queda claro que los sistemas de partidos correspondientes a los periodos “neoliberal”, de posguerra y “reconstrucción”, están rotos. Nuevas configuraciones de populismo autoritario buscan afianzarse desestabilizando como su única constante. De la misma manera que izquierda y derecha son muy pobres elementos de orientación contemporánea, no es posible saber bien a bien ¿quiénes son o a quiénes representan los partidos? En el caso estadounidense, ¿qué del “gran viejo partido” republicano queda en MAGA (hacer América grande de nuevo)? Aquí en énfasis no tiene que ser en Lincoln sino respecto a Reagan y Nixon. ¿Es realmente sólo el partido de la blancura como privilegio (a defender y compartir con minorías modelo) o qué es lo que puede definirlo? El presidente aún en funciones (es un decir) Biden espetó se trata de “basura” mientras que la campaña de Harris ha intentado colgarles el sambenito de “fascistas” usando a todo el espectro de medios vendidos. Desde nauseabundos “talk shows” (The View) hasta revistas con cierto prestigio (Dissent), pasando por el rastrero NYT y las cadenas televisivas en competencia por abyección.
Por supuesto que llamarles basura a las bases de Trump es un exceso lamentable. No por si haya suficientes que entren en ello o no sino porque fue el presidente contra sus gobernados conciudadanos. Si bien tiene antecedentes en el insulto “deplorables” de Hillary Clinton y la asociación con armas y biblias de Obama, este fue cualitativamente peor. De la misma manera, no está sujeta a debate la relación entre liberalismo y fascismo en el capitalismo dentro de sus ciclos de auge y crisis, pero suponer sólo uno de los dos partidos lo es, es insultante. Al “champar la calaña” de Trump y sus seguidores, están declarando la suya y simplemente no es posible saber qué o a quién representa el partido demócrata. Ciertamente ya a ninguna coalición del sur, como tampoco la fuerza del “New Deal”, cuantimenos a las clases trabajadoras organizadas en sindicatos, acaso el comospolitanismo de las élites costeras al servicio de las grandes firmas tecnológicas, farmacéuticas y del aparato industrial militar. El año de campaña genocida en Israel y la serie de reveses robando a manos llenas en Ucrania han terminado por desenmascararlos. Eso sobre la incapacidad de una política doméstica mínimamente coherente en términos de inflación y migración.
Si aquellos son “basura fascista”, estos lo son también en una bolsa de otro color y etiquetado, pero sabemos no es posible. Ni hay menos políticos al servicio del lobby sionista entre los republicanos, como que todos han bailado nauseabundamente al mismo son de la metralla. Separar entre unos y otros sigue estando reducido al clivaje (como el aborto) pero de manera por demás torcida en los debates de “género-sexualidad” y “etnicidades racializadas”. Mientras en MAGA se pugna por un regreso a roles tradicionales de género, con la excepción de la pederastia, todas las divergencias sexo-genéricas son respaldadas por las élites multicultis de “libtards”. Si bien ya nadie habla de “liberación homosexual” dentro de la burguesía, por ser un anacronismo, la “afirmación de género” entre menores de edad es un debate que ha desplazado al del aborto. Asimismo, la “liberación femenina” cedió el paso a la invasión de hombres con fuerza letal en deportes de rama femenil y espacios de mujeres como cárceles y hospitales, incluyendo refugios para víctimas de violencia. No menos importante son los actos circenses de “interseccionalidad” y en “drag” haciendo del término “privilegio” sorna. El descojón es tal que se ha politizado la alcahuetería por las mal llamadas “horrible(s)” AWFUL (affluent white female urban liberals). La expresión más grotesca del carnaval ha sido sin duda el candidato a la vicepresidencia por el partido demócrata Tim Walz en su papel de castrado, promoviendo tampones en baños de muchachos y su incapacidad al saber que escopeta llevar a una batida de faisanes.
La “posverdad”, la “post-política” y “post-neoliberalismo” animan la farsa electoral con una dinámica “tribal” para el desjarrete sin posibilidades de reconciliación. Este año cierra respondiéndole a Touraine y su best seller de 1997 ¿Podremos vivir juntos? A un paso del categórico ¡no!, la respuesta es un condicional “simonel”, enmarcada en la tonada “I love to hate you!”









