La mente es el fundamento de la existencia. El mundo, tal y como es, lo desconocemos y lo que suponemos que es la realidad se trata de una proyección mental. Es decir, lo que percibimos no es lo que es, sino lo que suponemos que es. La realidad es un “holograma” creado por nuestra mente y es por ello mismo que la mente, al ser la que crea el mundo en el que vivimos, es al mismo tiempo el fundamento de la existencia.
Por la mente somos en el mundo y es por la mente que también el mundo existe (¿podríamos ser nosotros la imagen mental, tan sólo un espejismo, pensada por aquello que llamamos “Dios”?). La mente es el alfa y el omega, es el proyector y la proyección de la realidad, el principio y el fin de la existencia, pues si perdiéramos nuestra mente qué sería lo que nos quedaría. Pero la mente no es lo único que nos constituye, sino que aún hay más, el ser humano es la suma de cualidades instintivas, emotivas y afectivas que, al participar junto con la mente, fabrican el edificio ficticio que desde nuestra tambaleante seguridad llamamos “lo real”.
Las cualidades instintivas son las que garantizan la supervivencia de nuestro cuerpo, el cual no es más que una maquinaria casi perfecta que por ahora habitamos y que, independientemente de nuestros pensamientos, no abandona nunca sus funciones, pues ello implicaría la muerte. Los instintos son naturales, pero ello no significa que no puedan ser educados de alguna manera. Las cualidades instintivas son las causantes de nuestras necesidades alimentarias, reproductivas, de descanso, así como también son responsables de ponernos a salvo en momentos de peligro. Sin embargo, el instinto, cuando no encuentra un freno emanado de la razón, pasa a ser de salvador a verdugo del ser, por ello es que su domesticación es fundamental.
A diferencia de los instintos, que son naturales, las emociones tienen un componente social. Las cualidades emotivas nos permiten reaccionar a nuestro entorno a través de experiencias como el miedo, el asombro, la dicha, el amor, el odio, etcétera. Sentir, no física sino emocionalmente es natural, aún cuando las emociones no lo sean del todo. Las emociones de alguna manera son consecuencia de necesidades afectivas que todos tenemos, y si bien el instinto no es algo que se pueda enseñar, las emociones son absolutamente condicionantes, lo cual quiere decir que la manera en que vivimos nuestra experiencia emocional no es genuina, sino que la hemos aprendido de alguien más. En este sentido, las emociones, como los instintos, son susceptibles de educarse a fin de que nuestra calidad de vida sea superior a la de los animales.
No menos complejas resultan las cualidades intelectivas, las cuales tienen una relación directa con las ideas, y es por esto mismo que estas cualidades representan el fundamento de nuestra realidad. Todas las nociones que tenemos con respecto a lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo sacro y lo profano, entre otras, nacen de la mente. El intelecto es el regulador de nuestro entorno y la causa de la calidad de la proyección de la realidad que en todo momento realizamos. Es imposible vivir sin pensar nada, pues la mente, el intelecto, no detiene nunca la generación de imágenes que se hacen acompañar de ideas. Pensamos en todo momento, sin parar, y por nuestra inexperiencia solemos creer que nuestros pensamientos son realmente nuestros, sin embargo, no es así, pues de la misma manera como ocurre con las emociones, la mayoría de nuestros pensamientos no son genuinos, no son obra de uno mismo, sino implantados por la sociedad.
Las cualidades instintivas, emotivas e intelectivas construyen al cuerpo al mismo tiempo que lo habitan, como también lo hacemos nosotros, que somos algo más que instinto, emoción y pensamiento. Cierto es que todos nosotros nos debemos al buen o mal desempeño de nuestras cualidades, y cierto es también que mientras estemos en nuestro cuerpo no podemos vivir ajenos a estas mismas cualidades, sin embargo, es fundamental comprender que no somos del todo nuestros instintos, emociones ni pensamientos. Sí, somos por el instinto, por la emoción y por el intelecto, pero en ese ser al mismo tiempo ocurre un no–ser y esto podemos demostrarlo recordando momentos en los que el instinto, las emociones y las ideas desean hacer una cosa, pero nosotros buscamos otra y esto es porque dentro de nosotros habita más de uno.
Con respecto a la mente y a la necesidad de educarla, el maestro de Yoga, Ramiro Calle, en su obra Las zonas oscuras de la mente, menciona lo siguiente: «La mente es el órgano de percepción y cognición. Muchas son sus funciones, entre otras la conciencia, la memoria, la imaginación, el juicio, el discernimiento y las elaboraciones intelectuales. La mente es el fundamento de todos los estado, de ahí la importancia de armonizar, purificar, gobernar y encauzar de modo consciente la mente que, en tanto no se disciplina, resulta muchas veces indócil, negligente e inductora de estados que provocan la desdicha propia y ajena. Los errores de la mente disminuyen el nivel de la conciencia y alteran la psiquis, creando un estado de confusión del que sólo puede surgir más confusión si la persona no pone los medios para esclarecer sus turbias aguas mentales y emocionales, y, desde luego, su entendimiento.»
No muchas, son las personas conscientes de que percibimos la realidad de manera distorsionada, la mayoría suele creer que todo lo que siente y piensa es real, cuando en verdad se trata de emociones y pensamientos que han sido sembrados en nosotros sin que nos hayamos percatado de ello. Puesto que la mente es el fundamento de nuestra existencia, educarla es esencial en tanto que en nuestras aspiraciones se halle el alcanzar una vida tranquila. La mente es semejante al infinito océano en el que para no ahogarnos es fundamental aprender a nadar, sin embargo, en esta época de desidia, la mayoría prefiere ahogarse en turbias aguas mentales.
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