La semana que termina marcó la última fecha cívica del calendario anual. Después de esta sólo tendremos atención para el religioso, así la mayoría no seamos observantes. La confesión importa menos por sí misma que respecto a su relación con el consumo conspicuo para expresarse en rituales de clase. Ambos aspectos logran convocarnos abrumadoramente para denostar y disfrutar en extrañas combinaciones. Tal que es relevante cuestionar qué puede querer decir el término “revolución”. No sólo respecto al ciento catorceavo aniversario de su uso balín para caricaturizar a las confrontaciones armadas que toman lugar entre 1910 y 1921 (con su epílogo del 26 al 29) en México, sino como horizonte civilizatorio. Entre las revoluciones francesa, haitiana y rusa, seguidas de una cauda en que entra la mexicana (con la china, vietnamita, argelina y cubana como cuenta mínima) hicieron del término revolución “significante amo”, en tanto anhelo de liberación y emancipación.
Podemos discrepar si cumplió ya 35 años de abandonado el proyecto y obsoletas las posibilidades redentoras del mismo con la “caída” del muro de Berlín en 1989, o si su fin es tan reciente como el colapso financiero-inmobiliario estadounidense tornado en crisis global desde 2008, o acaso en “combo” globalonístico-nacionalisoide permite la burla de la “transición” y “alternancia” presidencial en 2000. Lo que es indudable es que el término revolución ha de ser “googleado” por los nacidos durante este siglo para tener una idea (superficial y pedestre) respecto a lo que la momiza podría compartir como lugar común. Idénticamente, a los vejestorios maleducados en el XX no deja de sorprendernos qué es lo que evoca el término amén de que, sin traer a la memoria nada, no se labore y haya puente. Lo que es peor, la fecha-puente se presta para que gobiernos y comerciantes organicen en derredor suyo “el buen fin”, como versión “cisticerdosa” del vulgar espectáculo abyecto que es el “Black Friday” estadounidense.
Lo que llamamos revolución mexicana son las series de eventos que sólo tuvieron consistencia ideológica retrospectiva en la formación del Partido Revolucionario Institucional (con todo y sus nombres previos). A manera de ponerle fin a la violencia organizada y el entendimiento letal de la política entre generales abigeos, rateros, tratantes de esclavos indios, asesinos seriales, y violadores, se impuso un ordenamiento historiográfico que admite todas las críticas posibles. En él hay al menos tres fases reconocibles con su prólogo y epílogo. El prólogo son las demandas de reforma laboral por organizaciones proletarias influidas por el anarquismo que son masacradas en Río Blanco (Veracruz) y Cananea (Sonora). Posteriormente, el primer acto es el de la protesta sufragista de Madero, que es relativamente simplona y burguesa. Educado en Berkeley, el espiritista y terrateniente de Parras Coahuila, logrará sumar y multiplicar el descontento masivo a su proyecto y lograr la capitulación de Diaz.
El porfiriato termina con el héroe del dos de abril (en Puebla) abordando el Ypiranga yéndose al Averni (con los avernos en Francia). Acto siguiente, es el enfrentamiento entre sus coetaneos veteranos del “liberalismo triunfante” en el ejército federal contra los emergentes ejércitos revolucionarios por el control del país. Muerto Madero por Huerta con el respaldo estadounidense, es en esta fase corta pero sustantiva con la cual se nutren las más descollantes fábulas, relatos y cuentos o, como dicen los chupapaletas de sacristía jesuítica: “narrativas”. En este acto escasea el heroísmo, pero da para que se inventen personajes propios del melodrama televiso (además de disfraces ridículos).
Con ellos se arma esa historieta llamada “episodios mexicanos” y seguirá siendo fuente de inspiración mítica con escaso sustento archivístico. Derrotados los federales comienza la desbordada carnicería entre los constitucionalistas, primero contra los ejércitos populares—a los que neutralizan eficazmente—y ya que los han descabezado, maniatado y postrado, “proceden” a matarse entre ellos. El mando pasa de Coahuila a Sonora tras la ejecución de Carranza y con ello se cierra la falaz epopeya. Como epílogo queda la aberración cristera del Bajío y región occidente de México.
Entender o tratar de entender este proceso supone una lectura condescendiente y teleológica. Puede hacerse sin dar crédito a ningún priísta o revisionista como son los empresarios de los grupos editoriales Sexos y Letrinas. Una buena fuente—remedial—es la monumental obra de Friedrich Katz en torno a Villa. Ahora bien, la revolución mexicana es tal no sólo por los cambios en las estructuras de propiedad y promulgación de una constitución política, así como régimen de partido de estado emanado del molino de carne, orgías de violadores pederastas y sinófobos, consagrados al robo institucionalizado. Lo es por su relación con las ideas de liberación y emancipación que trascienden su pulsión de muerte. Así, escucharíamos términos como “liberación femenina” u “homosexual” aún en los ochenta del siglo pasado, sabiendo que eran parte de la revolución y su promesa de emancipación. La mexicana nos emparentaba con otras del mundo no sólo en sesudas antologías de autores respetados sino en el aliento y solidaridad.
De tal manera nadie dudaba dónde estaba parado respecto a la ocupación por parte de la “entidad sionista” en Palestina y tampoco frente el Apartheid en Sudáfrica. Cuantimenos contra al embargo estadounidense cercando a Cuba y la bestialidad de los golpes militares con sus dictaduras en Sudamérica, o las heroicas luchas de los frentes de liberación nacional ripostando a los títeres y asesinos del imperialismo platanero en Centroamérica.
Tal y como lamenta el autor indonesio Pramoedya Ananta Toer “Todo eso se perdió”. En este caso, el horizonte civilizatorio de la revolución como sendero hacia la liberación y emancipación. De hecho, todo argumento a favor de cualquiera de ellas es materia de burla y escarnio, acaso incriminación por estupidez, para los pragmáticos y oportunistas esbirros del Consenso de Washington desde los noventa del XX y posteriormente marchantes reinventados como “emprendedores” de la política, cultura, economía y sociedad. Si es que tuviesen algo de razón sería justamente sobre el nihilismo que supone reducir la vida y civilización al comercio, prostituyendo una y todas las relaciones, instituciones, tradiciones y movimientos.
No digo han fallado en el proyecto, simplemente, ahora que también ha llegado a su conclusión lógica en un ciclo de corta duración, debe cuestionarse “¿todo para qué?” De la misma manera que sólo nenis y bros compran en el “buen fin”, así no hay posibilidad de creer eso, que “un buen fin” sea posible en la puscoloña. En ella se roba, mata y viola, desorganizada y cruelmente, disfrazados algunos con las botargas y paparruchadas del zapatismo, villismo, carrancismo y cardenismo. Nadie sabe ya bien a bien qué puede querer decir “el veinte de noviembre” porque la revolución mexicana son bailes y conciertos “gratuitos” para la canalla.









