El escenario de las “guerras culturales” (Kulturkampf) en los Estados Unidos cambió. De ahí que sea predecible corra a distintos ritmos de traducción y apropiación por sus áreas de influencia en el mundo. Se dan por sentados sus satélites de la OTAN, siendo los primeros aquellos de habla inglesa y después germánicas para posteriormente en las romances, helénicas y eslavas. En unas será materia de meses y otras de años En un segundo momento, quizás de lustros, sus enclaves neocoloniales por el infracontinente e islas. Complicada y con fricción es la entrada al extremo oriental y sur de Asia y muy difícilmente tengan relevancia para el África y Levante. Hay zonas en que estarán ausentes como Asía central y el Cáucaso.
En sí asistimos a la defenestración de la política identitaria y el revanchismo de “las minorías” como a la fatua idea de “representación”. Siempre ya una estrategia de marketing, antes que cambio estructural, es fácilmente identificable desde las campañas de “United Colors of Benetton” hasta el fracaso de Harris por la presidencia estadounidense y el fallido intento de catapultar a Alexandra Ocasio Cortés (AOC) a una posición de liderazgo para la bancada demócrata en la cámara de representantes. En los casi cuarenta años, que son los mismos de neoliberalismo dominante, una élite cosmopolita y farisea, usó el principio de “tokenismo”, esto es de personajes “minoritarios” cuya promoción a posiciones públicas elevadas servía como prueba de “justicia social” para quiénes se pudieran identificar con ellos.
Ridículo como suena es, pero para que tenga sentido deben aceptarse como dogma las premisas racistas seguidas de las sexistas en los Estados Unidos. En conjunto ignoran la dimensión más básica en la reproducción del capitalismo: clase. Así, dada su infame historia alrededor de la esclavitud, ninguna compañía, agencia gubernamental, institución educativa, equipo deportivo podría estar sin un personaje afroamericano en posición “visible”. Suyo que, al presentar a un CEOs, secretario, rector y/o entrenador de ese grupo, se aceptaría hay una pelea contra el racismo, aboliendo las barreras del prejuicio, y tal entidad no sólo estaría comprometida, sino que es punta de lanza hacia la “justicia reparatoria”.
Ajustado al “techo de cristal” para mujeres, pero equivalente monserga se repite. Si para el primer caso se logró la entronización del King Oreo y Uncle Tom Obsama, para el segundo los “libtards” han fracasado con candidaturas aberrantes. En todo caso, se trata de gestos meramente espectaculares. La mayor concentración institucional de afroamericanos está en las prisiones y las mujeres siguen ganando menos como una constante en todos los empleos de todos los sectores y ramas sin importar el tono de la pelleja. A diferencia de la Kultukampf de Prusia y Austria, centrada en el sector educativo con un afán civilizatorio contra el dominio de las iglesias, en los Estados Unidos y el Reino Unido fue puro pico nomás.
Lógicamente, esas guerras culturales abarcan más allá de racismo y sexismo, destacándose el lenguaje y sus usos contrarios a la mayoría bajo el chantaje de la exclusión. Así quién ose proferir algo etnocéntrico como “feliz navidad” estando en la mayoría es automáticamente un tarado. Las minorías pueden inventar bobadas, en las que kwanza es sólo la más ocurrente, teniendo que ser celebrados por ello. Promovidas por el lobby judío desde la liga anti difamatoria, son el más claro ejemplo de vivir mamando y dando topes. Nada de eso ha escapado a perspicaces artistas y el mismo origen de South Park está en un corto pitorreándose de como pelean Santa Clós y Yisus por el monopolio de la navidad. Trey Parker y Matt Stone se han divertido exacerbando la falsedad y superficialidad de tales iniciativas, subrayando es sólo un asunto de relaciones públicas y pase de facturas. Ellos las han cobrado bien por casi treinta años señalando la hipocresía y oquedad de la versión estadounidense del Kulturkampf.
Y sin embargo, el revés con la segunda victoria electoral de Trump tiene un efecto de realismo. La expresión más patética se dio esta semana con el coro en medios tradicionales pidiendo a “una mujer de color” para dirigir al Partido Demócrata. Puede decirse que se da por sentado debe ser competente y experimentada pero no después de Kamala. En sí, también es dable se trate de preparar el terreno para que quién llegue sea alguien conocido. Pero inmediatamente a tales despropósitos es ya una burla se trate de “Big Mike”, Whoopy Goldber, Oprah o cualquiera de las que se embolsaron la plata de la campaña fracasada por quién ha sido reducida a eso, a ser “una mujer de color”. El hartazgo con la estupidez y excesos de lo políticamente correcto, los malcontentos y resentidas es real y eso es notorio por todas las redes sociales, aunque Twitter-X sea la más rancia.
Cómo y cuándo nos llegará es calculable si tomamos como referencia al me2 y otras campañas de linchamiento. En el 2017 se lanzó como reacción a la primera victoria de Trump, pero no sería hasta el 2021 en que tendría efectos (fallidos) en México. Así, lo más pronto sería acompañando a la “revocación de mandato” y lo más remoto hacia el fin del sexenio, pero muy probablemente en medio. Quiénes, y porqué es tan predecible como se adapte y traduzca el guion de los Estados Unidos, que esto no deja de ser pantomima de El Planeta de los Simios.









