Desde que se anunciase el triunfo de Trump en la elección del primer martes de noviembre pasado, sus afanes han ido in crescendo. Más allá de los temores parroquiales, respecto a la deportación de inmigrantes ilegales e intervención directa contra organizaciones criminales dentro de territorio mexicano, destaca el armisticio de las aventuras bélicas en Ucrania y Gaza. La primera es una guerra proxy de la OTAN, la otra un genocidio sionista. Mientras en la primera el espectro del uso de armas nucleares estuvo muy cerca de materializarse, el genocidio descaró la impudicia y repugnancia de la Unión Europea, el Reino Unido y sus excolonias blancas (Nueva Zelanda, Australia y Canadá), así como—por sobre todos—los Estados Unidos. Ambas fueron iniciadas durante la administración Biden, no sólo con su consentimiento sino respaldo irrestricto y serán su legado más repugnante en la ignominia. No importa si se trata de un decrépito personaje ni si las decisiones las tomó sólo él. El repudio es contra el Partido Demócrata en su conjunto. Con él se van por el drenaje las corruptas iniciativas sobre diversidad, equidad e inclusión como la patética pátina con que esconder su pulsión asesina.
Es dable que en el caso ucraniano se dé una paz que busque regresar al acuerdo de Minsk con pérdidas territoriales. Las minorías hablantes de ruso bajo asedio por al menos diez años podrán optar por integrarse a la federación rusa o bien quedar como entidades políticas emergentes seguras. Sin embargo, la lección es clara para la OTAN: no es suficiente contar con armas supuestamente superiores en una guerra convencional. Dado que los rusos cuentan con armas nucleares, la doctrina de superioridad aérea usada desde Irak hasta Afganistán para lograr condiciones de “turkey shoot” (ejecuciones sobre blancos fijos) no operó, reduciendo a una generación de ucranianos a carne de cañón. Los efectos de esta catástrofe demográfica serán sentidos por más de medio siglo, mientras que los liderazgos europeos han quedado exhibidos como viles comparsas en otra campaña estadounidense. Para el caso del genocidio en Palestina, tras un año y tres meses de carnicería irrestricta, se dio un realineamiento internacional.
Quedaron en la basura los apócrifos del multiculturalismo y multilateralismo. Una vez más fueron los imperialistas contra la tricontinental, que no tiene uso para el eufemismo de “sur global”, recuperando su carácter no alineado. Israel no sólo se ensañó con los habitantes de Gaza, llevando su guerra al Líbano, Siria, Yemen, e Irán. Al hacerlo también desfondó lo que podría haber de legitimidad en la entidad sionista y quedó expuesto su papel como cabeza de playa en una guerra constante no sólo por el petróleo. Independientemente de las razones que se hayan utilizado para respaldar la creación del Estado de Israel tras la destrucción de los judíos en Europa, ninguna tiene ya sustento tras el genocidio. Si algo mostraron desde octubre del 2023 (aunque puede decirse que en toda su existencia) es que entusiastamente las víctimas o sus herederos pueden convertirse en genocidas.
Ahora bien, queda por saber qué organización sustituirá a Hamás. Es dable que con el cese al fuego e intercambio de rehenes lo que queda del liderazgo se mantenga al frente, pero no será por mucho tiempo. Si no fuese suficiente el número de bajas, el daño infligido a la población sobreviviente garantiza que no se amoldarán a las condiciones del campo de concentración que dio origen a Hamás. La profundidad de las heridas y su imposible resarcimiento garantiza que desborden y sobrepasen sus alcances. De la misma manera que Hamás era impensable frente a Fatah durante la primera intifada, así, conforme cambiaron las condiciones de la jaula con el criminal contubernio imperialista, son forzosas otras formas de militancia. Los eufemismos agraviantes como “resiliencia”, “empoderamiento”, y aberraciones como “cultura para la paz” pasan de letra muerta a ser monumentos a la imbecilidad de los imperialistas y sus esbirros.
La administración Trump comenzará a tambor batiente, reordenando los linderos y reglas del juego estadounidenses. No así los internacionales fuera de sus patios trasero y delantero. Ni Rusia ni Palestina pueden subsumirse como Canadá y México. Con los primeros se encontrarán frente a frente en el Ártico y para ello es importante agenciarse Groenlandia, mientras que los segundos en la infeliz frase de Arafat no son ni serán jamás “Red Indians” (pieles rojas) a exterminar en guerras indias.









