El aparato de propaganda estadounidense, y por extensión el de Europa bajo la OTAN, carecen de toda credibilidad. Indudablemente contaron con algo de ella durante la guerra fría y el terror que causaba la amenaza de una confrontación nuclear. A eso llevaron de regreso al mundo durante los casi tres años que han transcurrido en lo que ellos llamaron “la invasión rusa a la Ucrania”.
Si bien puede tomarse al 24 de febrero de 2022 como efeméride a modo, la guerra data del 20 de febrero de 2014 y es en sí resultado de la expansión de la OTAN y Unión Europea hasta los límites territoriales con Rusia violando el acuerdo de Minsk.
El objetivo ha sido claro desde 1917, desmantelar al otrora imperio ruso y posterior Unión de Repúblicas Soviético Socialistas en entidades manejables como protectorados a saquear y regentear por los imperialistas.
El modelo no es otro sino el del imperio otomano que tantos negocios ha permitido sin la mínima consideración a las consecuencias civilizatorias y menos aún el costo en vidas. Así se ha operado en Ucrania por diez años y contando, repitiendo en ella los saqueos a la propiedad estatal como en todos los países de centro y este de Europa en la “transición cleptócrata”, escalando a una guerra proxy al tiempo que mantiene funciones de prostíbulo, laboratorio y lavandería de dinero.
En sí, al igual que en el caso de la entidad sionista y su genocidio en Palestina, todo esto ha sido documentado por la prensa tanto de cada país como la patricia en los Estados Unidos.
Así, es bien sabido el involucramiento de la familia Biden, desde antes de que fuese vicepresidente en el saqueo organizado en empresas, actuando como capo de la mafia. Ya como tal pondría a su hijo como representante, para posteriormente lavar miles de millones de dólares en una gigantesca campaña que costó a “los locales” cerca de un millón de vidas. Si alguien lisió a la Ucrania fue él con el patético comediante Zelensky como achichincle.
No faltaron recursos mediáticos ni retóricos para que desde casi toda la prensa y aparato publicitario se justificase el apoyo a una guerra suicida. No sólo para el régimen títere de la Ucrania, sino posiblemente global. La irresponsable conducta de los liderazgos alemanes y británicos nos recordaron lo cerca que se estuvo en el siglo XX de escaladas nucleares con las consecuentes hambrunas. Asimismo, se pagó a cuanta “persona pública” quisiese prostituirse en viajes relámpago para reiterar crónicas precocidas. Así, fracasados políticos y pandits como Chertorivski y Dresser irían y vendrían repitiendo la cantaleta dictada desde despachos publicitarios bajos y retardatarios (“lowborw”) y que es indistinguible de CNN a Radio Fórmula, de Fox a Televisa. Todos sabemos, es basura, pero eso no quiere decir que no signifique la mayoría del mercado ni que carezca de efecto sobre el nivel de la conversación y su contenido.
Sin duda habrá quiénes quieran achacar a Trump el inicio de las conversaciones que pondrán fin a la campaña militar y el fin del robo generalizado. Ya su secretario de la defensa expuso que no es ese su interés bélico, sino la República Popular China, dejando claro que no es viable arrastrar más a los Estados Unidos y a la OTAN al conflicto. Además, que son ellos y nos sus subordinados europeos los que deciden.
Todo eso está muy bien, que no hay duda en quién “canta” qué y cuándo se dispara (“who calls the shots”) desde ese lado. Sin embargo, nada de eso sería posible sin la aplastante y metódica planeación, determinación, y ejecución en el avance de las tropas rusas.
Se dice que alguna vez le informaron a Stalin sobre una opinión del travesti romano, a lo que contestó “el papa, ¿cuántas divisiones tiene?” La moraleja es doble. No sólo demuestra la fortaleza imperial vigente en la Federación Rusa, también sirve de recordatorio ante las bravatas de tanto impresentable. No tenemos que preguntarnos con cuantas contamos para hacer el ridículo.









