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La inmediatez a la que nos hemos acostumbrado es, en gran medida, la causa de nuestra insatisfacción. Queremos que todo sea rápido y esperar por algo nos parece una manifestación de la mala suerte. Quien espera, pensamos, pierde su tiempo; en cambio, quien se apresura lo aprovecha mejor, ¿pero en qué sentido?, la mayoría no hace más que desperdiciar su tiempo en actividades superficiales e insignificantes, pero, eso sí, a toda velocidad.
Los trastornos, de cualquier índole, cada día son más frecuentes. La obesidad se ha convertido en un problema mayúsculo y cada vez son más las personas que aseguran padecer ansiedad, bipolaridad, depresión o condiciones más graves, pero esta certeza no es resultado de haber visitado a un especialista, sino, sencillamente, de un autodiagnóstico al que se llegó luego de haber escuchado hablar a personas sin ninguna autoridad profesional. Nuestra sociedad, en su pereza y desinterés, está enferma, no sólo física o mentalmente, sino, también, espiritualmente.
A pesar de todo, la felicidad sigue siendo el mayor bien que desde la antigüedad se viene persiguiendo, sin embargo, habría que aclarar qué es la felicidad para nosotros. Como habitantes de una sociedad capitalista, la felicidad, como se puede esperar, está en relación con los bienes de consumo. Para las personas de hoy en día, existe una relación directa entre la felicidad, el dinero y las mercancías, por lo que a mayor capital económico, más cosas serán las que se pueden comprar y, por ende, mayor será la felicidad que se tiene. Esta idea la comparten muchas personas, sin embargo, es posible asegurar con toda certeza que nadie que piense de esa manera es realmente feliz, pues lo que es trascendente para la vida humana, no puede conseguirse mediante la acumulación de lo que es temporal.
¿Cómo conseguir la felicidad? Esta es la pregunta que todas las sociedades se han hecho y posiblemente uno que otro individuo haya dado con la respuesta. Los caminos que conducen a la felicidad son muchos, lo mismo que los métodos que se han propuesto. No existe una sola manera de alcanzar la felicidad, pero podría decirse que la felicidad es una sola, invariablemente del camino y método que se use para conseguirla.
No es posible explicar cómo alcanzar la felicidad, aunque sí se pueden emitir algunas recomendaciones. Lo que es un hecho es que la felicidad no puede conseguirse participando en las dinámicas enfermizas de la inmediatez, como tampoco de la autodiagnosticación de trastornos que son resultado de los malos hábitos que llevamos en nuestras vidas. La felicidad no es algo que podamos obtener rápidamente, como tampoco una mercancía que esté a la venta en una promoción de meses sin intereses. La felicidad cuesta, evidentemente, pero su moneda no es el dinero, sino la autodisciplina, por ello es que muchos la rechazan cuando comprenden los grandes esfuerzos que hay que hacer para obtenerla.
Como primer paso para alcanzar la felicidad es importante saber que no podemos controlarlo todo, parece una verdad evidente, pero no lo es, la mayoría vive queriendo imponer su voluntad y cuando no lo consigue asume actitudes violentas para desquitarse. En seguida, valdría la pena observar nuestras emociones y saber que éstas en gran medida no son resultado de nuestro entorno, sino de las ideas que tenemos de lo que nos rodea, es decir, las emociones son falsas impresiones que por nuestra ingenuidad damos por ciertas. También es importante aceptar que las malas experiencias son inevitables y que por ello es importante aprender a lidiar con el dolor y el sufrimiento, siendo el primero obligatorio y el segundo, opcional. La felicidad se nos muestra más cerca cuando comprendemos que no podemos hacer todo por cuenta propia y que siempre necesitamos de los demás, pues vivimos en un sistema coordinado y colaborativo. Lo más difícil para llegar a la felicidad es comprender que todo lo que tenemos, incluida nuestra vida, es prestada y que llegará el momento en el que tendremos que regresarla a su origen.
Las ideas anteriores quizás parezcan evidentes, sin embargo, son pocas las personas que las asumen con la seriedad y profundidad que se merecen. La periodista Brigid Delaney, en su libro Cómo dejar de preocuparte: Ser estoico en tiempos caóticos, explica el camino de la felicidad en cinco puntos:
«Los estoicos resumen su doctrina en cinco principios que, bien llevados a la práctica, te acercan a la felicidad, supuestamente en una semana. Estos principios son: Reconoce que no puedes controlar gran parte de lo que ocurre en tu vida. Date cuenta de que tus emociones son el producto de tu forma de pensar sobre el mundo. Acepta que, de vez en cuando, te van a pasar cosas malas, como a todo el mundo. Considérate parte de un todo, no un individuo aislado; parte de la humanidad, parte de la naturaleza. Piensa en todo lo que tienes no como algo tuyo, sino simplemente como un préstamo que algún día tendrás que devolver. Si al término de la semana, no has alcanzado la felicidad, es porque has fallado en algún punto, así que vuelve a intentarlo cuantas veces sea necesario, y verás que mientras más cerca estás de la felicidad, más lejos te hayas del mal.»
No puedes controlarlo todo. Tus emociones son consecuencia de tus ideas. Las malas experiencias son inevitables. No puedes hacer nada tú solo. Y lo que tienes, incluida tu vida, es prestado. Estos son los cinco preceptos que conducen a la vida feliz y ninguno de ellos puede vivirse apresuradamente ni desde el victimismo de la enfermedad. La felicidad no es propia de los más inteligentes, ni de los más ricos o fuertes, sino de quien aplica el rigor de la disciplina a su cuerpo, a su mente y a su espíritu. Si hoy no tienes la felicidad, entonces practica cada semana estos postulados y si fallas, no pasa nada, sencillamente vuelve a intentarlo.









