Antes de que la frase “lo personal es político” anduviera pululando en eslóganes de redes sociales, apareció por primera vez en la prensa como título de un ensayo de 1970 de la feminista radical Carol Hanisch. En su texto, Hanisch buscaba ofrecer una nueva forma de pensar sobre las injusticias de género, una que tratara el sufrimiento personal cotidiano como parte de un problema sistémico y, así, otorgarle un lugar más relevante en los debates y la política pública.
La idea era que experiencias sobre temas tan diversos como el acoso sexual en el lugar de trabajo, la violencia doméstica, la imagen corporal, la menstruación o el embarazo —todas consideradas asuntos personales y del ámbito privado— salieran a la luz para develar verdades colectivas relacionadas con estructuras sociales y políticas más amplias.
Han pasado décadas desde que esta frase se convirtió en un pilar del movimiento feminista, y aunque en ocasiones el eslogan ha quedado relegado a camisetas y stickers, seguimos viendo y experimentando cómo lo personal es político. Las múltiples crisis actuales han precarizado aún más la vida de las mujeres, mientras la extrema derecha avanza a zancadas en Europa y Estados Unidos. Esta misma derecha ha desempolvado su viejo manual reaccionario: familia tradicional, mujeres de vuelta a casa, derechos reproductivos restringidos, comunidad LGTB borrada del mapa, migrantes criminales pa’fuera y, por supuesto, cualquier cuestionamiento tachado de “ideología de género” o “woke”.
Parece que el 2025 materializa lo que Susan Faludi definió hace años como reacción antifeminista: una respuesta negativa al progreso de las mujeres, en la que los esfuerzos por mejorar su estatus son interpretados —mayormente por los hombres— como una amenaza real a su bienestar económico y social, y, sobre todo, como un ataque directo a su masculinidad. Aunque los avances en los derechos de las mujeres sean pequeños, Faludi advierte que serán percibidos como peligrosos de cualquier forma. Las narrativas antifeministas simplifican la complejidad de la política y la historia, y en tiempos de crisis encuentran en el feminismo el chivo expiatorio ideal.
¿Crisis climática? Culpa del feminismo.
¿Colapso económico? Culpa del feminismo.
Algún crío se cae de su bicicleta en algún lugar remoto del mundo… ¡Seguro también culpa del feminismo!
Mientras tanto, los verdaderos problemas siguen sin resolverse. Y que las diosas nos libren de señalar a los culpables, no vaya a ser que los pobrecitos se sientan mal. Parece que se nos olvidó que apenas unos años, 14.9 millones de personas murieron en el mundo a causa de la pandemia de COVID-19 —295,893 solo en México, según Wikipedia— y que fueron las mujeres quienes cargaron con el impacto más brutal: mayor pobreza, más trabajo de cuidados, más violencia. O que los conflictos en Yemen, Siria, Gaza o Myanmar siguen cobrándose vidas, mientras las condiciones de las mujeres en medio de estas crisis se vuelven aún más precarias. O que el Norte global continúa lucrando con el extractivismo y militarizando sus fronteras para mantener fuera a las mismas personas que sus propias políticas han desplazado.
Pero, claro, la culpa siempre es del feminismo.
¿Y quiénes han estado ahí para denunciar estas injusticias? No los ‘guardianes del orden’, ni los ‘garantes de la familia tradicional’, ni los ‘prófugos de las pensiones alimenticias’, mucho menos los ‘cazadores de osos’. Han sido las mujeres en general y las feministas en particular. Han sido ellas, una y otra vez, las que han
transformado su resistencia personal en acción colectiva, cuestionando los discursos biologicistas y patriarcales que buscan reducirlas a meros cuerpos funcionales al sistema.
Que no se me malinterprete: tampoco quiero pecar de ingenua. El feminismo nunca ha sido un movimiento homogéneo ni ha estado exento de contradicciones. Y por más que los medios y la ‘machósfera’ intenten pintarlo como tal, el feminismo es un fenómeno complejo e interseccional que trasciende líneas de clase, raza, sexualidad, capacidad y edad –entre otros factores–, de tal manera que no existe un único feminismo, sino más bien muchos ‘feminismos’. Por ello, a lo largo del tiempo, los feminismos han aprendido —no sin dificultades— a recalibrar sus acciones y, con ello, a abordar las complejidades, diferencias y ambigüedades entre las mujeres. Este aprendizaje es precisamente lo que hace de los feminismos un pilar fundamental en la vida personal de muchas mujeres, porque entendemos que lo político está inextricablemente ligado a nuestra cotidianidad.
Por ello aunque las protestas del 8M se han convertido en una de las principales vías —quizá la más visible, pero no la única— a través de las cuales las mujeres denuncian la austeridad, la corrupción, los regímenes autoritarios, el sexismo, la misoginia y el orden patriarcal que atraviesa todo el sistema social. Entendemos que la resistencia no puede limitarse a pequeños actos cotidianos, y sabemos que es crucial reconocer la necesidad de cambios estructurales que impacten nuestra realidad material. De ahí la importancia de los diálogos feministas para cuestionarnos cómo podemos emprender acciones sostenibles contra estos desafíos y construir una vida que nos sustente.
Esta comprensión feminista de que nuestro yo político y la política son relacionales nos recuerda que la política surge de nuestra vida cotidiana. Por eso, una vez más, lo personal sigue siendo político.
Referencias
Faludi, S. (1992). Reacción. La guerra no declarada contra la mujer moderna.
Hanisch, C. (1970). The personal is political. Notes from the second year: Women’s liberation, 76, 78. Disponible en https://www.rapereliefshelter.bc.ca/wp-content/uploads/2022/04/PersonalPolitical.pdf
Guterres, A. (2020). Informe de políticas: Las repercusiones de la COVID-19 en las mujeres y las niñas. https://www.un.org/sites/un2.un.org/files/2020/10/covid_and_women_spanish_new_translation.pdf









