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Nuestra finitud

Por Miguel Ángel Martínez Barradas
10 abril, 2025
En Análisis

De todas las experiencias que podemos tener durante nuestra vida, es la del dolor la única a la que nunca podremos acostumbrarnos. No hay dos dolores que sean iguales y si bien podemos fortalecernos para entender las causas del dolor y enfrentarlo con cierta entereza, difícilmente alguien estaría dispuesto a adoptarlo como su bandera. El dolor es incómodo, a la vez que preocupante, pues cuando lo sentimos sabemos que algo no funciona bien. El dolor, en última instancia, lo que amenaza es la continuidad de la vida, de ahí que le temamos tanto.

El dolor es incómodo, no hay duda de ello, y para quienes lo experimentan en forma extrema resulta insoportable, sin embargo, el dolor también puede ser concebido como escuela, como un maestro indeseable que se presenta en nuestras vidas para recordarnos de qué estamos hechos y cuáles son nuestros límites. Todos estamos de acuerdo en que evitar el dolor sería lo más adecuado, sin embargo, la experiencia nos ha demostrado que lo que aprendemos mejor es aquello que nos hace sufrir. El dolor, a diferencia de la alegría, se clava de tal manera en nuestra memoria y corazón que resulta imposible borrar sus marcas, y toda cicatriz que de su vivencia resulte es un recordatorio de las pruebas que hemos superado para llegar hasta donde estamos. Es imposible vivir sin dolor, por lo que sería mejor que aprendiéramos a utilizarlo en nuestro favor.

El dolor no es de una sola naturaleza, es decir, si bien el dolor siempre termina expresándose en nuestro cuerpo, las causas que lo originan no son siempre físicas. El dolor es de diferentes clases, una de ellas es el dolor del cuerpo, de orden físico y ligado con la enfermedad o con alguna mala función de nuestro organismo; el dolor del cuerpo está ligado a la idea de la muerte, de nuestra muerte; este tipo de dolor corpóreo es el que nos recuerda que con cada segundo que pasa envejecemos más y más, sin que nada podamos hacer al respecto, obligando a preguntarnos qué sentido tiene formarnos durante nueve meses en el vientre materno, cuando nuestro destino es desaparecer en unos cuantos años.

Otro tipo de dolor es el que experimentamos a causa de nuestras vivencias con los eventos exteriores, con aquello que ocurre en el mundo y con lo que, por alguna razón, terminamos identificándonos. El dolor por las cosas externas a nosotros es tan real como absurdo, pues surge de la preocupación que nos generan eventos sobre los que no tenemos ningún tipo de control; lo sabemos, pero que aún así tropezamos y caemos en la dimensión del sufrimiento, dimensión que nosotros mismos hemos formado. Sufrir por causas ajenas a nosotros es inevitable, sobre todo cuando el sufrimiento se convierte en una oportunidad para captar la atención de los demás, lo cual a algunos les reconforta debido a su narcisismo, sin embargo, es posible aplicar ciertas enseñanzas para mitigar sus efectos.

El tercer tipo de dolor es semejante al anterior y es el que se produce por relacionarnos con los demás. Este dolor es el que nos causa la interacción con la familia, con los amigos, con la pareja, con los colegas, con los desconocidos, etcétera. Se trata de un dolor de carácter social que ocurre cuando nos aferramos a querer cambiar la voluntad de los demás. Sabemos que cada persona posee su autonomía y albedrío, pero aún así nos aferramos a querer cambiarlas en su forma de ser, de pensar y de actuar. Antes de relacionarnos con quien sea deberíamos de estar conscientes de que en última instancia estamos solos, en tanto que nadie puede comprendernos y que nosotros tampoco podemos comprender a profundidad a los demás, y que si estuviéramos dispuestos a respetar que el mundo es como es sin importar nuestra voluntad, no habría ningún dolor social capaz de perturbarnos.

El siguiente tipo de dolor y que seguramente es el más profundo de todos es el dolor de carácter filosófico, es decir, el dolor del ser o del alma. Este dolor, como todos, se manifiesta en lo físico, sin embargo, su origen es absolutamente desconocido. Este dolor es el que sienten los melancólicos, aquellas personas que añoran “un no sé qué” de “un no sé dónde”. El dolor del ser se relaciona con el del cuerpo, con el de los pensamientos y emociones, pero va mucho más profundo y no hay nada que pueda aliviarlo. Algunos nacen con este tipo de dolor, otros lo desarrollan debido al contacto de experiencias fuertes como la muerte. Tanto para este dolor, como para todos los demás, la solución definitiva es el descenso al sepulcro. Sobre el dolor, el médico Arnoldo Kraus, nos dice lo siguiente en su obra Dolor de uno, dolor de todos:

«Dolor como escuela, como reflexión y parteaguas, como vía para entrar y esculcar en los rincones más profundos del alma. El dolor no se cura con más dolor pero se mitiga si se vive y se confronta con otro tipo de dolor. Se ha dicho que el dolor nos amenaza, al menos, desde tres puntos: desde el cuerpo, que parece condenado a la decadencia y la aniquilación; del lado del mundo exterior; y por último, del lado de las relaciones con los demás. Aunque conozcamos las causas de las que provienen muchos de nuestros malestares y dolores, al final el dolor se conoce por experiencia, y nos recuerda nuestra finitud.

La duración del dolor no está determinada por su profundidad, sino por nuestra fuerza. Para eliminar al dolor, no basta con conocer su causa, podemos conocerla sin que por ello podamos mitigarlo. El dolor nos recuerda que tenemos el tiempo contado y por ello resulta tan necesario. Por el dolor, podemos aprender a valorar la vida y dejar de malgastarla. Sin importar si su naturaleza es física, social, emocional o filosófica, ningún dolor es igual a otro y cada quien experimenta su propio dolor, sin que nadie más pueda llegar a comprenderlo. En última instancia, el dolor de alguna manera nos enseña, además de que estamos condenados a la muerte, que en última instancia estamos completamente solos y limitados a nuestra finitud.

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