Por Eduardo Vázquez Rossainz
La edición de la Copa Mundial de la FIFA Qatar 2022, fue la última en su tipo, un solo país que, bajo principios de unidad de mando, doctrina y acción, protegió con capacidades privadas, civiles y militares, a deportistas, turistas, infraestructura y sobre todo su reputación nacional. Por ello será recordado como referente en la construcción e implementación de sofisticados protocolos, sistemas tecnológicos y complejos acuerdos diplomáticos multilaterales para la protección de este gran evento deportivo.
Durante 29 días, Doha se convirtió en el epicentro de colaboración multinacional pública y privada para el intercambio de inteligencia global, operación policial internacional en campo y, sobre todo, identificación de riesgos y contención de amenazas multidimensionales que, de haberse materializado, habrían costado centenares de víctimas. Además, debemos recordar que este evento se desarrolló durante la pandemia por COVID-19, requiriendo medidas extraordinarias.
Con estos antecedentes, toca hablar de lo que será la Copa Mundial de la FIFA México/Estados Unidos/Canadá 2026, primera ocasión después de XXII ediciones en que tres países unen esfuerzos para construir y ejecutar acciones para la protección de millones de personas que, además de vivir la pasión del futbol, se movilizarán entre los tres países por aire, mar y tierra, demandando servicios públicos, internet, hospedaje, transporte, comunicaciones en voz y datos, o servicios médicos y financieros, entre otros.
Para su éxito, el torneo requiere de la operación de seguridad nacional más compleja que pocos países en el mundo tienen oportunidad de diseñar e implementar en su historia. Un Mundial de Futbol es único en su tipo, no se compara con ningún otro evento deportivo, incluyendo Juegos Olímpicos o el Súper Tazón. Su agenda de riesgos es más compleja y dinámica. Las selecciones nacionales importan coyunturas políticas o sociales de sus países y, además, la afición pambolera se moviliza desde todos los continentes, convirtiéndose en un evento multicultural extraordinario. Por lo tanto, se requiere una planeación precisa, eficiente y funcional, ya que a las amenazas domésticas tradicionales se suman otras como el terrorismo, sismos, pandemias, cambio climático, accidentes, ataques cibernéticos o desastres de cualquier tipo, entre otros agentes con potencial disruptivo.
El objetivo a proteger, además de las personas, es el evento en sí mismo y todo lo que este representa. De forma simultánea, habrá grandes concentraciones masivas en diversas locaciones en el marco del torneo. Esto no se limita a que en el calendario haya o no partidos programados en las ciudades o los tres países sede; en toda su extensión, “el mundial” son cientos de eventos con millones de aficionados y prestadores de servicios involucrados y expuestos a riesgos domésticos y globales.
Los “objetivos blandos” susceptibles de incidentes por acciones intencionales o accidentes son diversos. Cualquier protocolo existente exige la implementación de un programa de seguridad con monitoreo y cobertura táctico-operativa de larga duración, ejecutado a su máxima capacidad, integrando aparatos y sistemas de seguridad, defensa, inteligencia, salud, protección civil y gobernabilidad durante las 24 horas del día, desde el partido inaugural hasta 38 días después, durante la ceremonia de clausura. La protección no se limita a estadios en 104 partidos (40 más que en Qatar), sino también a sitios públicos, sistemas informáticos, infraestructura crítica, carreteras, lugares de esparcimiento y hospedaje, cadenas de suministro, etc.
Se integran esfuerzos públicos, privados y diplomáticos para anticipar o al menos reducir al mínimo la posibilidad de cualquier eventualidad disruptiva que, en caso de materializarse, sea atendida con el máximo de capacidades posibles para mitigar sus efectos y garantizar continuidad de operaciones. De no ser así, el impacto reputacional a la marca ciudad-país y al evento en sí mismo trascenderá en la historia.
Para México, el reto representa una oportunidad única para la construcción de una estrategia que trascienda y permita a los sectores de seguridad pública, nacional, privada, militar y de inteligencia mostrarse al mundo como instituciones globales, fuertes, capaces y eficientes; incentivo necesario para el México del futuro. De no ser así, y ante la materialización de cualquier calamidad antes, durante o después de los 13 partidos en cualquiera de las tres ciudades o en alguno de los cientos de eventos a desarrollarse durante los 38 días mundialistas, corremos el riesgo del recuerdo de un país incapaz de proteger en su territorio a la comunidad internacional.









