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Vivimos en un paraíso artificial.
Contener y ordenar a la naturaleza es necesario para garantizar nuestra subsistencia, pero esclavizarla y explotarla propicia nuestro declive y ruina. La sociedad contemporánea de la que formamos parte mantiene con la naturaleza una relación caracterizada por el sometimiento, pues ahora no es suficiente con servirnos de la naturaleza, sino que, además, buscamos su alteración y abuso. El planeta que habitamos es un sistema vivo y como tal posee una salud cuya calidad, en gran medida, depende de los actos humanos; por lo que si el planeta está enfermo, no sólo será a causa de nuestras decisiones, sino que también nosotros compartiremos la enfermedad, pues el todo es como sus partes, y las partes son como el todo.
Aquello que llamamos “progreso” y que en nuestra imaginación se reduce a lujos y comodidades vanas, no es más que nuestra separación de la naturaleza, teniendo como característica el encierro al que hemos accedido en espacios reducidos y alumbrados con luces artificiales, como nuestra vida; hoy los espacios que habitamos son ridículamente pequeños y hacinados, pero esto no sólo nos parece normal, sino, además, deseable. Los seres humanos, satisfechos en su fantasía de progreso, son ciegos ante su propia degradación.
Nos hemos alejado tanto de la naturaleza que ahora le tememos, la consideramos nociva, y los pocos instantes en los que mantenemos una relación directa con ella, como una caminata o la lluvia, nos asustan. El sol, el agua, los alimentos silvestres e incluso el acto mismo de dar a luz a otro ser humano deben estar forzosamente intervenidos por la tecnología humana, pues la inteligencia que la misma naturaleza posee para estructurar su propio sistema la subestimamos; en nuestra soberbia, suponemos que la naturaleza necesita de nuestra ayuda para funcionar.
Semejantes a roedores en un laberinto, nos movemos a toda prisa buscando la salida de estos callejones de concreto, o imaginando que realmente existe un sentido trascendente en sus frías estructuras, y cuando llegamos, por azares del destino, a la salida de este caos y vemos que la naturaleza se nos muestra majestuosa con su fauna y flora, sentimos miedo y regresamos por donde vinimos hacia la madriguera de degradación de la que salimos.
La naturaleza nos gusta sólo cuando es semejante a la ciudad, cuando ofrece ciertas “comodidades” o placeres diseñados para satisfacer nuestro ego, qué son las playas, por ejemplo, sino extensiones de la ciudad con sus camastros, mesas e instalaciones eléctricas; pero cuando la naturaleza se halla en su estado primitivo preferimos huir, no sin antes dejar alguna marca vergonzosa que manifieste que ahí estuvimos, como un corte o pintura en un árbol o roca, o sencillamente basura en los alrededores.
Cada vez son más las enfermedades que nos aquejan y recurrimos a un sinfín de especialistas médicos para tratarnos, sin darnos cuenta que es la ciudad el principal factor de nuestra enfermedad. El estrés crónico, los alimentos procesados y la violencia son factores de riesgo y antinaturales a los que nos enfrentamos todos los días, pero que al mismo tiempo nos parecen normales, por ello es que cuando brevemente salimos en busca de la naturaleza, nos dejan sin palabras sus silencios, sus olores, sus colores y su paz, la cual a algunas personas les estresa o sencillamente les parece insulsa.
La ambición y la soberbia son las causas de nuestro mal, la primera porque nos hace desear la posesión de todo cuanto vemos; y la segunda porque nos hace creer que estamos por encima de la naturaleza, cuando en realidad somos tan sólo una parte de ella misma. Los escritores Héctor García y Francesc Miralles, en su obra, Shinrin Yoku: El arte japonés de los baños de bosque, lo explican de la siguiente manera:
«El ser humano vivía en el jardín del Edén, en total armonía con la naturaleza y sus ciclos, hasta que decidió que tenía que encerrar los campos y los animales, construir ciudades y vivir dentro de cabañas en las que apenas entraba la luz del sol. A medida que llegaba “el progreso”, el espacio donde trabajaba y vivía el ser humano fue menguando hasta convertirse en los minúsculos pisos que hoy habita. Gran parte de la población apenas ve la luz del sol o siente el aire fresco, a lo mucho puede estar al aire libre los minutos que separan su domicilio del trabajo, y eso entre edificios que nos hacen sentir como ratones en un laberinto. Pero el ser humano no está hecho para vivir como ratas de alcantarillas, como el resto de los animales, pertenecemos a nuestro entorno natural y para nuestro equilibrio necesitamos respirar aire puro, sentir la tierra fértil y caminar entre los árboles majestuosos.
En el Génesis, Adán y Eva se dejan tentar por la serpiente (la ambición), y son expulsados del Paraíso. El dolor sería el estrés mortal, y las preocupaciones, la “falta” de tiempo que sentimos. La vergüenza es otro elemento reconocible en la vida urbana, donde los tabiques de los despachos y viviendas nos aíslan. Por lo que respecta al trabajo, tal como lo entendemos: horarios, obligaciones, presión por los objetivos, es una creación estrictamente urbana. Es evidente que no vamos a regresar a las cavernas ni a convertirnos en cazadores nómadas, sin embargo, está en nuestras manos volver a disfrutar del bienestar del jardín del Edén, si somos capaces de recuperar las bondades de una naturaleza que está mucho más cerca de lo que creemos.»
El cese de nuestros males llegará únicamente cuando elevemos nuestra consciencia hacia la comprensión de que más que intentar poseerlo todo, formamos parte de un Todo que nos posee, pero que también nos quiere libres, en lo exterior, y no humillados ni hacinados en paraísos artificiales y enfermizos como ratas de alcantarilla.









