Hace apenas unos días tuve la oportunidad de saludar en una reunión de trabajo a dos amigas reporteras de mis tiempos como dirigente empresarial. Después de ponernos un poco al día pidieron mi opinión, más por morbo que con fines periodísticos, sobre el desempeño que está teniendo cierto político poblano que durante su campaña mencionó en varias ocasiones su origen empresarial.
La pregunta llevaba un poco de veneno, ya que el empresario-político no le ha ido bien, no da una y cada vez se pone peor. Seguro que ellas esperaban que yo intentara una maroma para justificar al político ya que era “empresario”, pero no lo hice, coincidí en que el trabajo que estaba realizando era terrible. Incluso les comenté que esto confirmaba lo que he dicho en otras ocasiones -Elegir empresarios sólo por ser empresarios para gobernar no es garantía de éxito, las veces que ha sucedido no han resultado mejor, ni peor, que cualquier otro político. Aunque hay excepciones, Querétaro sin duda es uno de ellos, la mayoría no hizo una diferencia real con respecto a los políticos de toda la vida- También dejé claro que resulta peor cuando los políticos en funciones se convierten en empresarios. Mucho peor. Y es que, aunque para algunos podrían parecer exitosos ya que suelen volverse millonarios en menos de un sexenio, es evidente que no es el resultado de sus dotes emprendedoras, o de su visión estratégica. Su “éxito” suele venir de aprovechar sus cargos y el poder ligado a ellos para triunfar en el mundo de los negocios ya sea personalmente o a través de esposas, hijos, amigos y prestanombres. Dijera un amigo, son muy buenos haciendo cosas muy malas.
Pero dejando de lado las intentonas de algunos empresarios de disfrazarse de políticos o de los políticos de jugar al empresario, hay otro tipo de interacción que se da cuando el poder económico y el político se relacionan desde sus propias trincheras. Una especie de simbiosis Frankestiana desde la que, a partir de sus propios intereses, tratan de colaborar en objetivos comunes en beneficio de la ciudadanía… o no. Una interacción de la que rara vez sale algo bueno para el resto de los ciudadanos de a pie. Una relación nacida de la conjunción de egos, que a veces comienzan como una historia de amor: cenas elegantes, promesas mutuas de hacer grande al país, selfies sonrientes. Pero, como en las peores relaciones tóxicas, cuando la luna de miel se acaba lo que queda es un campo minado de intereses cruzados, traiciones y escándalos.
Y para no agarrar de puerquitos a nuestros políticos mexa, tomemos como ejemplo el romance político-empresarial más mediático, disfuncional y hollywoodense de los últimos tiempos: Elon Musk y Donald Trump. Dos hombres, dos egos, dos mundos que —para bien o para mal— influyen en millones de vidas. Suena como capítulo de “La Rosa de Guadalupe”.
A primera vista, Musk y Trump no parecían el tipo de personas que acuden a las mismas fiestas. Uno, el magnate tecnológico, visionario futurista, defensor del cambio climático (cuando le conviene), y campeón del libre mercado con cohete incluido. El otro, un político impredecible, clasista por convicción, populista por necesidad y empresario de viejo cuño —de esos que nunca devuelven el carrito del súper ni aunque esté vacío.
Pero como pasa con los opuestos que se atraen, Musk y Trump encontraron una causa común: el poder. Durante la campaña presidencial de 2016, Musk se mostró escéptico respecto a Trump, y viceversa. Pero cuando Trump ganó, Musk aceptó una silla en el famoso consejo empresarial que la Casa Blanca creó para “trabajar con los capitanes de la industria”. Era una especie de versión moderna de la mesa redonda del Rey Arturo, solo que sin magia y con más cuentas offshore.
Musk entró al juego con la esperanza de influir, de moderar al huracán Trump desde adentro. Pero pronto se dio cuenta de que el presidente no se modera ni comiendo hamburguesas. Tras la retirada de EE.UU. del Acuerdo de París, Musk se bajó del consejo. Fue un gesto noble, sí, pero también una jugada de imagen con sabor a relaciones públicas. La relación quedó en pausa, pero no muerta.
Con Trump fuera de la Casa Blanca, Musk empezó a radicalizarse. Desde su compra de Twitter, el multimillonario comenzó a coquetear abiertamente con la derecha trumpista. Se volvió crítico del “wokeismo”, de las regulaciones climáticas, del gobierno federal, de la prensa, de los sindicatos y de quien se le pusiera enfrente. Y aunque no lo decía abiertamente, todo indicaba que estaba tendiendo puentes hacia la campaña de Trump 2024.
En marzo de ese año, trascendió que Musk y Trump se habían reunido en privado y estuvieron coqueteando. Y para el que diga que el dinero no compra el amor; 280 millones de dólares donados a la campaña de Trump le compraron al empresario sudafricano el amor verdadero del político, contratos para sus empresas y, lo más importante, un puesto en la Casa Blanca de lo que fuera, pero que le daría a acceso a todos y a todo.
El amor duró poco, los celos, las traiciones, los intereses y declaraciones cruzadas empezaron a minar la relación, es cierto que desde el principio hubo rumores sobre lo mal que había sentado en la administración de Trump la llegada de Musk, sus despidos, sus recortes, sus payasadas, salieron terriblemente mal, el empresario visionario no entendía nada de la administración pública y en medio del caos estaba poniendo a sus propias empresas contra la pared. Pero la pareja seguía soportando, hasta que llegaron al punto de quiebre común para todos aquellos que se unieron por ambición: chocaron sus intereses particulares.
La bomba estalló cuando el gobierno presentó el “gran y hermoso proyecto de ley presupuestario” o la “abominación repugnante” (Depende de si le preguntas a Trump o a Musk), una serie de medidas fiscales y económicas que tienen potencial para meter a Estados Unidos en una crisis, y que entre otras cosas quita los subsidios a los autos eléctricos, ahí se rompió todo. Eso es alta traición, es como si mi esposa criticara la salsa verde que hacía mi mamá, hay límites que no se cruzan. Y Elon devolvió la ofensa criticando a Trump y a su gestión, algo imperdonable para el ego más grande y frágil de la galaxia.
Con sus corazones rotos, ambos potentados expresaron su insoportable dolor con mensajes en sus respectivas redes, no olvidemos que cada quien tiene la suya. Con palabras crueles, reproches personales, insinuaciones peligrosas, amenazas de cantina, le mostraron al mundo lo heridos que estaban y lo peligrosamente infantilizado que es el poder a esos niveles. De la noche a la mañana, el romance Musk-Trump pasó a ser una guerra abierta.
Una vez más el amor comprado fracasaba, quién lo hubiera imaginado, tan buena pareja que hacían. Afortunadamente Donald cuenta con el amor incondicional de Steve Bannon, que siempre estuvo ahí, a la espera de que esto no resultara. Y Elon podrá comprar otra compañía, tal vez Instagram o mandar algo ala espacio para aliviar tanta tristeza. No nos preocupemos, van a estar bien.
El problema está en quién paga los platos rotos. Adivina. Para los ciudadanos comunes, los que no tenemos jet privado ni participaciones en SpaceX, el culebrón entre Musk y Trump no es solo entretenimiento de tabloide: es una señal alarmante de cómo se manejan los intereses que realmente moldean al mundo. Porque cuando empresarios y políticos pelean, los que pierden no son ellos. Somos nosotros. Algunas consecuencias que yo veo:
Inestabilidad política disfrazada de show. Cada vez que Trump o Musk abren la boca, las bolsas tiemblan. La influencia que tienen no se limita a los votantes o los consumidores. Es global. Cuando Trump amenaza a China con aranceles, los mercados asiáticos y mundiales entran en crisis. Cuando Musk anuncia que moverá su planta de un estado a otro “porque no le gusta la política local”, se pierden miles de empleos. Es como si el país y medio mundo estuvieran secuestrado por una mezcla de caprichos personales y egos sobrealimentados.
La banalización del poder. La política, que ya de por sí venía desgastada, se transforma en un espectáculo donde las decisiones públicas se toman como si fueran peleas de influencer. La política del tuit, del “me gusta” y del meme. Ya no se trata de ideologías, planes de gobierno o políticas públicas, sino de quién tiene más seguidores.
La deformación del rol empresarial. El rol del empresario en la sociedad debe ser como generador de valor, creador de empleo, motor de innovación y progreso. Pero cuando figuras como Musk entran a la arena política con intereses personales y actitudes mesiánicas, contaminan esa imagen. Dejan de ser ejemplos de emprendimiento para convertirse en caricaturas de poder sin límites. Peor aún: abren la puerta para que otros empresarios, menos brillantes, pero igual de ambiciosos, intenten copiar el modelo.
Claro que esto no empezó con Musk ni con Trump. Desde siempre ha existido una relación promiscua entre política y dinero. En todos los países y a todos los niveles, nada más den una vuelta por las cuentas de Instagram de algunos empresarios mexicanos cercanísimos al poder. El problema es que ahora se ha hecho más descarado, más cínico. Y con las redes sociales amplificando cada movimiento, cada pleito, cada indirecta, el daño se multiplica.
El rompimiento entre Musk y Trump puede parecer una simple pelea de millonarios. Pero es mucho más. Es un síntoma de una enfermedad más profunda: la pérdida de límites entre lo público y lo privado, entre el poder legítimo y el poder comprado, entre el liderazgo y el narcisismo.
Lo preocupante no es que Musk se distancie de Trump. Lo preocupante es que en algún momento pensamos que podía ser buena idea que se unieran. Lo preocupante es que millones de personas ven en ellos un modelo a seguir, cuando en realidad lo que representan es el espejo roto de nuestras instituciones.
La falsa dicotomía entre elegir empresarios y políticos como si fueran categorías excluyentes es una trampa. Hay políticos decentes y empresarios honestos, así como hay vividores en ambos bandos. El problema no es el origen profesional, sino lo que hacen con el poder una vez que lo tienen. Y lo que hacen, en demasiadas ocasiones, es beneficiarse a sí mismos a costa de todos los demás.
La pregunta no es si queremos empresarios gobernando. La pregunta es si queremos líderes —del sector que sean— con principios, con visión de largo plazo, con compromiso hacia lo público. Porque lo que nos está matando no es el empresario ni el político per se. Nos está matando el cinismo, la avaricia y la impunidad con que se mueven los que ya no distinguen dónde termina su empresa y dónde empieza el país.
Una buena relación institucional entre el sector empresarial y el sector gubernamental es fundamental para llegar a acuerdos y construir políticas públicas que potencialicen el desarrollo económico y social de los estados y los países, nadie lo cuestiona. Es solo que cuando esta relación se convierte en algo personal, una en la que ya no se cuestiona y se celebra cualquier cosa, cuando los ves juntos en todos lados, hablando solo cosas bonitas uno del otro, tan cercanos y divertidos. Ahí siento que empieza a verse raro y a oler mal.
No sé, tal vez soy sólo yo y mis ideas.
¡Un abrazo!
Los leo en X: @RubenFurlongM










