Recientemente tuve una intensa plática con varios amigos sobre la situación en nuestro país, sobre todo a partir del experimento de la elección judicial y de las cosas que están pasando en todos los estados, como la #LeyCensura en Puebla y otras acciones que muestran la cara más autoritaria de un régimen que se sabe impune y en control absoluto del poder.
En medio de la discusión uno dijo “México no será salvado por la mayoría, será rescatado —si acaso— por la inmensa minoría”, y nos dejó callados unos segundos, era una idea que ya hemos discutido otras veces, no sólo nosotros, es algo que ronda en columnas, foros y mesas de café. Es la conclusión lógica de cualquiera que se ha tomado la molestia de mirar a su alrededor con los ojos bien abiertos.
Porque mientras la mayoría aplaude, bosteza o está demasiado ocupada viendo TikToks y peleándose en redes sociales, una fracción —pequeña pero valiosa— observa, se indigna, analiza. No son héroes ni santos, pero tampoco son borregos. Son ciudadanos conscientes, esa “inmensa minoría lúcida” de la que hablaba el poeta Juan Ramón Jiménez, y que hoy se perfila como la única posibilidad real para que México no acabe convertido en un remake caribeño de la revolución bolivariana venezolana.
Uno puede aprender con el propio dolor o con el ajeno. Filosofía básica de mi padre —en la vida solo hay de dos sopas: o aprendes con tu dolor o aprendes del dolor de los demás-. Y eso no aplica solo para las personas, también aplica para las sociedades.
Los alemanes, después del apocalipsis que fue la Segunda Guerra Mundial, aprendieron de su propio dolor. No les quedó de otra. A punta de ruinas, culpa y vergüenza colectiva, reconstruyeron su país, pero también su conciencia. Aceptaron que el autoritarismo, la propaganda, el culto al líder y la indiferencia ciudadana habían sido una gran parte del problema. Hasta hoy no han repetido el error: hoy Alemania es una de las democracias más sólidas del planeta.
Los ingleses, menos escandalosos, pero más precavidos, optaron por algo aún más valioso: aprender de otro imperio sin necesidad de hundirse. Después de la guerra, y en plena descolonización, comenzaron a reformar su sistema político, inspirados en el estudio del colapso del Imperio Romano. No esperaron a ver las ruinas en su jardín. Se dieron cuenta de que el exceso de concentración de poder, la decadencia moral de las élites, el desgaste institucional y el abandono ciudadano eran señales de alerta. Y actuaron. Su monarquía, aunque simbólica, sirve hoy como espejo de estabilidad institucional, no como una amenaza.
Lo dicho; uno puede aprender con el propio dolor o con el ajeno
Y nosotros, ¿qué? ¿cuándo y cómo vamos a aprender? ¿seguiremos esperando a que el país se caiga a pedazos para hacer algo? ¿seguimos confiando en que la oposición política se ponga las pilas? ¿o será “el pueblo sabio y bueno” quien corregirá el rumbo, como si la conciencia política fuera parte del paquete que te dan al nacer?
Hubo un tiempo, allá por los 70s, en que incluso el viejo PRI —ese dinosaurio que gobernaba hasta los sueños de los mexicanos— tuvo un arranque de lucidez. En 1977, con la reforma política encabezada por Jesús Reyes Heroles, intentaron abrirle un espacio a la democracia. No crean que fue por altruismo, tampoco somos tan inocentes: fue un movimiento táctico, una válvula de escape para un sistema que se sabía en crisis ante una ciudadanía que estaba despertando.
Pero ni Miguel de la Madrid ni Carlos Salinas se atrevieron a ir hasta el fondo, básicamente se les arrugó, y por eso el sistema terminó reventando en 1988 con la elección más manoseada de la historia moderna, y luego en 1994 con el asesinato de Luis Donaldo Colosio. A empujones, llegó Ernesto Zedillo, que, con todo y sus errores, encabezó una transición que permitió la alternancia política y el fortalecimiento institucional. Porque sí, el PRI tenía muchos pecados, pero había aprendido que sin contrapesos, el sistema entero se volvía insostenible.
Hoy el panorama es mucho más turbio. MORENA, ese partido que surgió de los deshechos del PRI y rescató a sus dinosaurios de la extinción, nació prometiendo limpieza y transformación, pero inmediatamente mostró que no estaba por la labor de cumplir promesas, y a diferencia del viejo PRI que tampoco era famoso por cumplir lo que prometía, se transformó más a una secta que en un instituto político. Porque al menos el PRI tenía estructura, cuadros técnicos y conciencia del peligro autoritario. En cambio, el partido del momento parece funcionar bajo un solo principio: obedecer al líder, sin cuestionarlo, sin pensar, sin debatir.
¿El resultado? Un país gobernado por un mesías tropical que se niega a reconocer errores, que con tal de concentrar cada vez más poder y perpetuarse en él, cobija a personajes impresentables con todas sus fechorías y apuestan a la conveniencia, apatía y ceguera poblacional. Un movimiento que sólo ha perfeccionado todo lo que prometió cambiar.
Hasta hace unos meses, muchos creíamos que México resistiría. Que nuestra sociedad civil era suficientemente fuerte, que los medios y las instituciones impedirían una deriva autoritaria. Pero hoy, con jueces amedrentados y supeditados al poder político, órganos autónomos debilitados, periodistas perseguidos, militares con más poder que nunca y una ciudadanía anestesiada, parece difícil seguir creyendo en los milagros.
México, aún no es la próxima Venezuela. Pero los síntomas están: la concentración del poder, el uso de recursos públicos con fines electorales, la polarización de la sociedad como política de gobierno, la militarización disfrazada de patriotismo, el desprecio por las instituciones, la glorificación del líder, el debilitamiento sistemático de la democracia.
Cuando uno ve el camino que siguió Venezuela, se encuentra con señales que en su momento parecían “exageraciones de los alarmistas”. Hoy, esos mismos que advirtieron lo que venía viven en el exilio, en la cárcel o en la pobreza. No estamos tan lejos como quisiéramos creer. Pero tampoco estamos tan perdidos como para no reaccionar.
Pero ¿de dónde vendrá la reacción? No vendrá del régimen, está claro. No vendrá del “pueblo bueno y sabio”, que está atrapado entre la necesidad y la manipulación. Vendrá —si es que llega— de esa inmensa minoría que aún conserva la lucidez.
Esa minoría que, aunque no tiene tiempo de hacer marchas todos los días, ni de gritar en todas las redes sociales. Tiene algo más valioso: criterio, memoria y responsabilidad.
¿Qué puede hacer esa inmensa minoría?
Yo pienso que no se trata de formar otro partido, ni de inventar el hilo negro. Se trata de reapropiarse del país desde la trinchera que a cada quien le toca. El maestro que enseña pensamiento crítico en lugar de repetir consignas. El periodista que investiga, aunque le quiten la publicidad oficial. El empresario que decide no entrar en el juego de las mordidas y seguir adelante creando empleos y moviendo los engranes de la economía en la medida de sus fuerzas. El ciudadano que no se resigna, que cuestiona, que lee, que discute. El joven que elige no seguir la corriente por moda, sino por convicción. Todos ellos participando en las organizaciones afines a sus causas, a sus anhelos, a sus luchas, vertebrándose, moviéndose. Esto no se gana desde el sillón, la mesa de café o la pantalla del celular, ni tampoco solos, hay que moverse, hay que unirse.
Una inmensa minoría, organizada, con objetivos claros y estrategia, puede convocar a más ciudadanos, mover a los partidos, impulsar perfiles, presionar al régimen por cambios, vigilarlo, señalarlo y, en su caso, reconocerlo. Una inmensa minoría es una palanca que puede hacer que las cosas sucedan. Entendamos de una vez por todas que no hace falta mayoría para encender una chispa, hace falta masa crítica. Y eso empieza por dejar de esperar que “alguien más” haga el trabajo.
México no se va a salvar por arte de magia. Tampoco lo va a rescatar un superhéroe electoral. El verdadero cambio no vendrá desde el Palacio Nacional, ni desde un nuevo partido con colores relucientes. Vendrá, si es que viene, de esa minoría que se niega a rendirse.
No es una tarea romántica. Es una necesidad histórica.
Y la gran pregunta no es si podemos… es si nos atrevemos.
¡Un abrazo!
Rubén Furlong Martínez
Los leo en X: @RubenFurlongM










