Quienes por trabajo o placer (e incapaces de contar con servicio de chofer) hemos de ir desde Puebla y sus comarcas aledañas al aeropuerto de la Ciudad de México para viajar, solíamos contar con dos opciones: CAPU o Paseo Destino (antes “la 4”). Aunque podría pensarse que una es para los residentes de la capital, otra para los de las ciudades y localidades “del interior” del estado, por aquello de la “conectividad” en transporte público. El hecho es que se trataba de un apartheid informal, pero no por eso menos real. Ante el postergado y siempre pasmado crecimiento de oferta de vuelos desde Huejotzingo, pero salida y regreso se separaban por cuál era la opción que correspondía sin mediar notificación oficial. Era claramente una “interpelación” mezclando condiciones y aspiraciones de clase. No clase como la simple aglomeración de ingreso, educación, empleo y sectorización del Inegi, sino en el sentido integralmente marxista: la forma en que se vive la reproducción de las condiciones materiales e ideológicas de individuos en familias, formas asociativas libres y/o corporativas, en oposición a otras. En una palabra, como “cultura”. Por supuesto nunca se expresaba así, sino como la preferencia por una y otra articulándose en prejuicios que las mismas empresas camioneras reforzaban. Así, vía CAPU se valían—hasta el otoño de 2001—bolsas fayuqueras, costales y cajas de huevo avícola, con el chance de una cema—con o sin pápalo—de despedida o bienvenida. En contraparte, en el “terrapuerto” actualmente pueden mercarse maletas, que sin ser duraderas “pasan” por nuevas dando nomás para un par de viajes, al igual que “portafolios” de carne y pan árabe (sin salsa dulce ni jocoque), a descongelarse durante las horas del viaje.
Entre mediados de los noventa del XX hasta la década pasada fui usuario recurrente de ambas. Nadie me lo contó y para mí decidir entre ellas dependía de qué tan lacrosa era la jornada. Comencé a viajar antes del “9/11” (ataque terruco contra el WTC o “torres gemelas”), principalmente a NYC, cuando la usanza era dos “piezas de equipaje” registradas sin límite de peso ni dimensiones. Podían ser maletas o “petacas”, como también cajas dentro de las infames bolsas fayuqueras (que conservo) y costales tipo cachaco. Nunca aprendí a usar el “trolley” (empacando bien y bonito) por más que desde ese fatídico 2001 se complicase todo. Aprender dónde comprar qué cosas con las medidas legales para la bolsa de baño como que, por no poder cerrarse con candado, en el Benito Juárez se iban a robar lo que pudiesen revender de las que “van abajo”, condicionaron mis hábitos. Fuera de pomos dentro de botas o libros, que nunca están en riesgo, lo electrónico y regalitos debían ir en la alforja personal. Por mi mala facha, me toca pasar por revisión extra desde endenantes del ataque yihadista. Infinidad de veces me ha naqueado el paisanaje en uniforme y sin él, como una vez que junto a un caro colega un par de quedadas exclamó “ya cualquiera viaja” (y sí), mientras que los canadienses dos veces me han “upgradeado” a “First Class” sin que yo entienda por qué (además de pa’molestar a los que sí pagaron su boleto), mientras que con los gringos depende de sus dementes esquemas de “interseccionalidad” y “racial profiling” (no mía, pues los europeos tanto mediterráneos como transalpinos me han mostrado que es consistentemente reconocible). Así, si iba en modo “agropecuario” con exceso de equipaje por atávicos enseres domésticos (como un molcajete) optaba por la CAPU. Si por el contrario, el modo era arribista, acompañado de alguna belleza, pos la ostra. No creo haber engañado nunca a nadie, que como foráneo sé que pasar como parte del poblanishment o varilazgo sin haberlo mamado es imposible. Resignado a la peor posición, que es la del “apoblanado” (así sea en NYC), me divertía haciendo post-its mentales sobre el comportamiento de los regnícolas pa’después pitorrearme compartiéndolos con el resto de los “avecindados”, “arrimados”, o simplemente forasteros inasimilables.
A modo de que no haya duda de a qué me refiero con prácticas culturales y clase, pensemos en un ejemplo de bebedores de té. Quien sea, proceda como lo haga habitualmente será juzgado por qué y cómo. Importarán, tanto selección de la presentación del té (suelto o en bolsitas), tipo (negro o de otros) y su varietal regional, mezclas entre ellas, como—especialmente—las veces que se vierta agua a la tetera o taza (amén de con qué lo arruinan, entre lácteos y azúcar). No hay una forma correcta para todos. Están claro los referentes de las grandes naciones que lo han cultivado y domesticado (China e India), como las que se lo apropiaron (Rusia e Inglaterra), así como las muestras de epicureísmo esnob, dejando fuera a quienes creen que es para “aliviar” malestares (confundiéndolo con otras infusiones). Las familias que lo hacen igual coinciden porque son de la misma clase. Independientemente de etnicidad, ingreso o empleo, lo aprendieron con sus abuelos en la cocina y no hay forma de hacerles cambiar. Como el acento y barrio, se puede fingir haberlo dejado, pero no se pierde. Así, “sacar boleto” de/a la CAPU o “Paseo” era hasta hace poco una toma de posición política respecto a una imposible integración.
Grande fue mi sorpresa, pues, cuando en un viaje reciente me dejaron hacer el ridículo de pedir una opción sin decirme que el bus “para” ya en ambas. De no ser porque el inmigrante cubano con el que viaje al lado me pidió qu le avisase dónde bajarse no lo creería. De hecho, reprimí corregirlo, pero esa es la duda. ¿Realmente llegamos ya al nivel civilizatorio de una ciudad en que esas diferencias han perdido peso? Fue el mercado el que logró echar abajo el apartheid o a quién debemos el haber movido esa arena de confrontación en la lucha de clases. Finalmente, ¿cuál es o será la falsa elección para mantener la providencial batalla cultural? De momento “toca” celebrar el cierre de un ciclo histérico.
Foto de Oscar Rodríguez / Agencia Enfoque
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