La pregunta de qué hay después de la muerte nos la hemos formulado todos y aunque la respuesta es incierta, se reduce a dos posibilidades: la permanencia del yo en el “Más allá”, o la desaparición del yo y su reincorporación a la naturaleza. Quienes creen en la vida de ultratumba, creen también en la existencia del alma, pues es por ésta que se garantiza la trascendencia del yo, así como también en una inteligencia superior (¿Dios?) que es causa de todos los efectos. Por el contrario, quienes se inclinen más por creer que la vida de ultratumba no es más que un placebo que toman quienes le temen a la desaparición del ser, suponen también que con la muerte el yo desaparece definitivamente, siendo, además, éste un accidente de la naturaleza; es decir, que si ahora mismo existimos, es por mera casualidad y no por un plan divino.
Pero así como lo que ocurre después de la muerte es un misterio, lo es también lo que pasa antes de la misma; no la vida en sí misma, sino más bien los minutos previos al desenlace (o a la transición) del yo. En más de una ocasión hemos escuchado historias de personas que han “regresado” de la muerte y que aseguran haber visto un “túnel” de luz, o que dicen haber tenido la oportunidad de conversar con familiares y amigos fallecidos hace tiempo y que les hacían la invitación para irse con ellos, pero ¿a qué responden estas visiones y por qué tantas personas que han sido reanimadas aseguran haberlas experimentado?
El momento en el que la vida de un ser humano inicia es tan incierto como el de su final. Clínicamente es difícil definir el principio de la vida de una persona, pues desde que el espermatozoide y el óvulo se unieron estaba presente el fuego de la naturaleza, por lo que la vida no “empieza” formalmente hablando, sino que se hereda, se continúa. Filosóficamente la definición del principio de la vida humana no es menos compleja, pues, además, se suma al problema del “ser”, es decir, no basta con que un cuerpo tenga vida, sino que además debe “ser algo” para existir, ¿pero eso cuándo ocurre?, ¿desde el primer día en el que los gametos macho y hembra se unen, o al tercer mes de gestación, o hasta que se adquiere la consciencia del yo, aproximadamente al año y medio de haber salido del vientre materno?
Pareciera que definir el momento de la muerte de una persona es más sencillo, pues bastaría con poner atención al instante en el que el corazón detiene sus movimientos de compresión y relajación; lo anterior se asemeja a un razonamiento lógico y, por tanto, aceptable, pues con el cese de funciones del órgano responsable del sistema circulatorio, se detienen también todos los demás órganos y sistemas del cuerpo, sin embargo, el tema no es tan sencillo como parece, pues a pesar de que médicamente haya sido declarada la muerte clínica de un cuerpo, su cerebro seguirá funcionando al menos durante unos minutos más; considerando lo anterior, ¿podríamos decir que aquel cuerpo está muerto?, ¿o sería viable postular que aunque el cuerpo ha muerto, el ser permanece con vida y resistiéndose a desaparecer?, ¿es que acaso es posible la existencia del ser sin la vitalidad del cuerpo?
La consciencia es la capacidad de darnos cuenta de nuestra existencia, así como de percibir y pensar nuestro entorno. Por la consciencia es que tenemos un “yo” y es también por ésta que experimentamos sensaciones y emociones que son transformadas en ideas. Definir lo que la consciencia es resulta complejo, pero en esencia es un “darse cuenta” de que uno existe dentro de un mundo en el que “otros” también existen. La consciencia, como tal, no está almacenada en una región específica de nuestro cerebro, sino que su existencia es producto de la interrelación de las diferentes zonas de nuestro cerebro. Por la consciencia es que somos algo y es también por la consciencia que podemos llegar a ser algo más. Son muchos los animales que tienen consciencia, pero nuestra especie es la única que posee una consciencia compleja y, hasta hoy, desconocida en gran medida. Se sabe que a partir de las veinticuatro semanas un feto inicia con una función neuronal coordinada y que ésta podría ser el origen de su consciencia, pero filosóficamente se ha postulado que la consciencia vive en el cuerpo, pero es hasta cierto punto independiente del mismo y por ello es que cuando el cuerpo muerte, en el cerebro el “ser” se resiste a su desaparición.
Sobre la muerte y la desaparición de la consciencia, el artículo Aumento del acoplamiento y la conectividad neurofisiológica de las oscilaciones gamma en el cerebro humano moribundo, escrito por Gang Xu, Temenuzhka Mihaylova, Duan Li, Fangyun Tian, Peter M. Farrehi, Jack M. Parent, George A. Mashour, Michael M. Wang y Jimo Borjigin, dice lo siguiente:
«Analizamos a cuatro pacientes moribundos antes y después de la retirada clínica de su soporte ventilatorio. Nuestros datos revelan que el cerebro moribundo puede estar en un estado de alerta y actividad considerable después de la interrupción del flujo sanguíneo, lo que plantea la posibilidad de que la conciencia y la percepción aún sean posibles en ese intervalo breve. La evidencia sugiere que los procesos neurales necesarios para la experiencia consciente pueden permanecer activos durante un corto periodo después de la muerte clínica. Este aumento transitorio y global de las actividades gamma en el cerebro moribundo representa una ventana en la que los correlatos neurales de la conciencia pueden todavía estar presentes, incluso cuando el cuerpo ha perdido sus funciones vitales.»
Se estima que una vez que ha muerto el cuerpo, el cerebro todavía “funciona” entre siete y once minutos más, durante ese periodo es cuando aparecen los “túneles” de luz, sin embargo, no se ha podido determinar si la consciencia, si el ser, continúan durante ese trance como la persona que fue en vida. Sin duda, lo que hay más allá de la muerte es tan enigmático como la paulatina desaparición del yo que ocurre durante los últimos minutos del cerebro moribundo.
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