En México, la democracia está bajo ataque. Pero no por amenazas externas, ni por guerras, ni por catástrofes naturales. Está siendo asfixiada desde dentro por una pandilla de gobernantes que dicen hablar por “el pueblo”, personajes de “izquierda” que legislan su botín mientras viajan en primera clase y se justifican con encuestas. Incongruencia y sinsentido por igual que los ciudadanos compran sin cuestionar. Una pandilla desorganizada y ambiciosa pero que ha logrado mantenerse unida en torno a una figura patriarcal y dominar con mano de hierro a través de la manipulación del lenguaje, recurriendo a la ideología, al adoctrinamiento, cooptando medios de comunicación, utilizando la censura, la represión y la fuerza cuando hace falta.
Una izquierda que ha perfeccionado el arte de gobernar desde el resentimiento, el clientelismo y la manipulación del lenguaje. Nos hablan de justicia social mientras reparten recursos como carnada electoral.
Mientras nos ahogaban con diatribas mañaneras sobre cómo “el pueblo llegó al poder” y transformó nuestro país en algo que sólo existe en su imaginación; reventaban el sistema de salud, disolvían o inhabilitaban los órganos autónomos, se repartían posiciones y contratos, pactaban con criminales, anexaban a su organigrama a los poderes autónomos. Nos prometían una “nueva República” mientras desmontan pedazo por pedazo los cimientos de la que tenemos.
A pesar de todo, siempre había una pequeña luz al final túnel, y era que cuando los ciudadanos se hartaran de este aquelarre, democráticamente podríamos ponerles un alto por medio del sufragio efectivo.
Y eso les quitaba el sueño. Hasta hoy. Para consolidar su obra de ingeniería autoritaria, pretenden recetarnos una nueva reforma, una que va por nuestra democracia, una con la que han venido soñando desde que democráticamente arribaron al poder y que esperan les garantice que nadie más llegue después de ellos, al menos por la vía democrática. Una que disipa la única nube que quedaba en su cielo guinda.
Aunque ya se preveía, ha sido hasta esta semana que la presidenta Claudia Sheinbaum anunció su Comisión Presidencial para la Reforma Electoral y con ello hizo oficial la intención de ir por el árbitro electoral y convertir a nuestra democracia en una simulación. La reforma viene, y viene con fuerza. Tiene el objetivo de complicar, o directamente impedir, la alternancia en el poder para cualquiera que no sea de su pandilla. Una reforma que huele, sabe y se siente a control absoluto. A régimen cerrado. A autoritarismo con disfraz de legalidad.
Una historia que ya hemos visto y de la que no aprendimos nada. Un mismo libreto representado con distintos acentos en el centro y sur de nuestro continente.
En Venezuela, Hugo Chávez también llegó con votos, con promesas y con encuestas. Modificó la Constitución, capturó el Poder Judicial, laminó la oposición y se quedó con el árbitro electoral. Hoy, ese país es un cementerio de libertades. Millones huyeron. Los que se quedaron, sobreviven.
En Nicaragua, Daniel Ortega fue reelecto una y otra vez, hasta que dejó de fingir. Encerró opositores, expropió medios, anuló partidos. Y todo empezó con reformas legales “necesarias” para “fortalecer la democracia”.
En Bolivia, Evo Morales buscó un cuarto mandato aun después de perder un referéndum. Desconoció los resultados, puso al Tribunal Electoral de su lado, y cuando se incendió el país, se victimizó. ¿Resultado? Polarización crónica, violencia, y una democracia quebrada.
¿Y México? Pues ya empezó el camino. Ya tienen mayoría legislativa. Ya han doblegado a la Corte. Ya controlan la narrativa. Solo faltaba el INE. Y ahora van por él.
Hay una perversidad especial en reformar la Constitución para consolidar el poder. Porque al hacerlo, todo lo que antes era impensable se vuelve “legal”. Y lo “legal” ya no escandaliza. Una ventana de Overton en toda la regla. Cambiar la ley para proteger al régimen es una práctica clásica de todo autoritarismo que aspira a disfrazarse de república.
Esta nueva reforma político-electoral —que aún no conocemos en su redacción final— ya se anticipa como una joya del cinismo legislativo: eliminarán la representación proporcional, achicarán al Congreso para concentrar el poder, cooptarán al árbitro electoral, reducirán la capacidad de fiscalización, y pondrán todos los procesos bajo el control de los mismos que compiten. ¿Dónde quedó el fair play?
A eso súmale una oposición desarticulada, unos medios fragmentados, una ciudadanía anestesiada por el asistencialismo, y tienes la receta perfecta para la dominación indefinida.
El régimen no le teme a la oposición partidista. Esa ya la venció, la humilló o la compró. Lo que realmente les quita el sueño es la deslegitimación intelectual, la pérdida del relato, que alguien se atreva a decirles —con hechos, con argumentos— que están desnudos.
El temor del régimen es al ciudadano informado.
Por eso han querido controlar la educación, capturar universidades, financiar intelectuales a modo, seducir artistas con becas, infiltrar medios, aplastar la crítica. Porque en el fondo saben que la única forma de que el autoritarismo se sostenga es secuestrando la conciencia.
Y aquí es donde entras tú. Este no es un llamado melodramático. Es una alarma real. Hoy, más que nunca, se necesita que el ciudadano común —el que no tiene cargo, pero sí convicciones; el que no milita, pero sí observa; el que no grita, pero sí piensa— se active.
Una trinchera ciudadana con personas que sepan desmontar escenografías de cartón y mirar con claridad detrás del maquillaje político. Ciudadanos capaces de entender que democracia no significa solo votar, sino también vigilar, cuestionar, exigir. Que no se conforman con que el gobierno “represente al pueblo”, si eso implica atropellar al otro.
Ciudadanos que no se traguen la farsa del “nos quieren quitar los programas sociales” como chantaje emocional. Que sepan que no hay libertad si todo depende del favor del gobernante. Que entiendan que el bien común no se construye con aplaudidores, sino con contrapesos.
Que sepan que si permitimos que nos quiten al árbitro, luego vendrán por la cancha, y después, por el balón. Y que cuando queramos volver a jugar, ya será tarde.
No es demasiado tarde (pero casi). México no está condenado. Aún hay tiempo. Aún hay voces, espacios, medios, rutas legales, herramientas digitales, organizaciones civiles, redes ciudadanas. Pero el tiempo corre. Y el régimen lo sabe.
Por eso la urgencia. Por eso la prisa por legislar al vapor, por imponer, por simular consenso donde solo hay obediencia. Porque saben que la única forma de que su sueño se cumpla es que tú no te des cuenta. Que creas que no pasa nada. Que te digas: “al cabo que yo no vivo de la política”.
Error. Todos vivimos de la política. Porque de ella depende si podemos opinar sin miedo, protestar sin castigo, organizarnos sin permiso. De ella depende si nuestras hijas podrán decidir, si nuestros hijos podrán competir, si nuestros nietos conocerán una boleta electoral.
Por eso tu labor cotidiana es fundamental. No necesitas un cargo público para defender la democracia. Basta con que no te calles. Que hables con tus vecinos. Que cuestiones en redes. Que no te tragues slogans. Que preguntes, que averigües, que te muevas. Que votes. Pero sobre todo: que vigiles.
Porque si no somos nosotros, ¿quién?
Y si no es ahora, ¿cuándo?
¡Un abrazo!
Rubén Furlong Martínez
Los leo en X: @RubenFurlongM










