La democracia es una escalera que los ciudadanos usamos para subir al poder político. En México estaba tan bien hecha que permitió una variopinta alternancia de personajes en la silla presidencial sin que nadie se partiera la mandarina.
El problema es que esta escalera es ligera, casi endeble, y necesita instituciones sólidas que le afirmen las patas en el suelo para que siga siendo una ruta segura hacia el poder, accesible solo por quienes los ciudadanos elijan libremente a través del sufragio efectivo.
Durante décadas, nuestro modelo democrático, y las instituciones que lo conforman, ha sido motivo de orgullo y ejemplo mundial, y a pesar de ello siempre ha estado amenazado, increíblemente por quienes deberían protegerla.
Al principio de la lista estamos los propios ciudadanos que aún creemos en la democracia, pero que poco a poco hemos perdido la emoción que nos causaba, como que ya no estamos enamorados de ella. Apenas la miramos de reojo, torpemente estamos confiando en que nuestra apatía política no nos cobrará factura en nuestras vidas bonitas.
Luego viene el crimen organizado, que aspira a ser el gran elector nacional (si no es que ya lo es en buena parte del país). Y no puedo dejar de mencionar la falta de convicción democrática de alguna ministra presidenta con aspiraciones políticas partidistas.
Pero sin duda la mayor amenaza vino de aquellos políticos, de todos los colores, que han usado y abusado del modelo democrático solo para su beneficio. Así, la democracia mexicana parece estar a la baja. Ha perdido popularidad, ha perdido followers. No sólo en México, es una tendencia mundial, mientras las dictaduras duras y blandas, las monarquías tropicales, las teocracias y los regímenes autoritarios ganan terreno.
Las generaciones que nacimos cuando México no era democrático, la mía entre ellas, hemos fallado en explicar a las nuevas el valor del sufragio efectivo y las libertades políticas. Y el problema con la democracia es que, si funciona bien, no se nota y no se le valora, es hasta que falla o nos la roban que nos damos cuenta de lo importante que era para nuestras vidas.
Esto no empezó ayer, ni la 4T es la única culpable, aunque sí la que más ha provocado y capitalizado el deterioro. Pienso que todo esto de agudizó cuando los perdedores de cualquier elección, de todos los partidos, gritaban “fraude” y culpaban al árbitro, aunque era claro que ni su mamá había votado por ellos. Luego, en tiempos recientes, los ganadores también empezaron a gritar lo mismo, con argumentos más rocambolescos que un sketch de Chespirito, debilitando la credibilidad de nuestro modelo democrático.
Si a esto le sumamos la intensa narrativa de que “la democracia no resolvió los grandes problemas del país” o la que desde el oficialismo decía que “era muy costosa”; los argumentos para defenderla empezaron a perder peso.
Y con ese pretexto se fueron tras las instituciones, tomaron el Legislativo, reformaron la Constitución y censuraron voces incómodas. La democracia fue secuestrada de facto y puesta al servicio del régimen, y hoy están a punto de hacerlo constitucional.
Pero ¿por qué querría el régimen dinamitarla y robársela? Ya llegaron, ya ganaron, ya son populares. No hay en el horizonte una oposición articulada que los ponga en riesgo. ¿Para qué tanta destrucción? ¿Qué tanto más pueden ganar mientras se muestran al mundo como aprendices de dictadores bananeros?
Puede ser que se curan en salud, saben que la popularidad no es eterna. Que la “superioridad moral” que nos vendieron solo era un eslogan de campaña. Que resultaron tan pillos como los anteriores, tan incompetentes como ninguno y tan incongruentes que ya cansan sus maromas. Quizás simplemente siguen el viejo manual del perfecto dictador, paso a paso.
Aun así, sería simplista culpar solo a los populistas. La decadencia democrática es un fenómeno global. Alexander Tyler decía que toda democracia pasa por fases hasta llegar al colapso, y cada país está en una distinta. Si tiene razón o no podemos discutirlo con un whisky, pero lo que es evidente es que a la democracia mexicana la hemos dejado sola. La conquistamos, nos costó décadas y sangre, y luego la abandonamos en el patio, oxidándose bajo la lluvia.
En este punto ¿es posible recuperarla, fortalecerla, ponerla de moda? Primero que nada, hay que volvernos a enamorar de ella, para cuidarla y hacerla respetar. Que cada ciudadano entienda que votar no es un trámite, sino un acto de defensa propia y parte de un ecosistema que garantiza nuestras libertades.
Necesitamos que los jóvenes entiendan que informarse no es opcional. Y que descubran que participar y protestar hoy por algo que lograron sus papás en el pasado, impactará su futuro.
Que las escuelas y los maestros enseñen historia política con pasión; que los medios vuelvan a ejercer su libertad a pesar de las amenazas del régimen. Que los empresarios entiendan que invertir hoy en la defensa de las libertades es el único camino con un futuro visible.
Y, finalmente, que los ciudadanos dejemos de esperar que “alguien más” salve nuestra democracia. Que entendamos que ella, como el WiFi, solo funciona si todos estamos conectados.
No dejo de pensar que el Comité Noruego del Nobel nos ha mandado un mensaje muy poderoso. En un momento en que la paz mundial parece tan lejana como el Rancho La Chingada para Adán Augusto, y a pesar de la presión de las súper potencias, decidió otorgar su premio más emblemático a una mujer valiente, con ideas firmes y una voz que no tiembla: una defensora feroz de los derechos democráticos de los ciudadanos en Venezuela, que ha apostado por la transición pacífica y civil como vía para liberarse de la dictadura bolivariana de Nicolás Maduro.
Si hice bien las cuentas; los viejitos que entregan el Nobel nos mandaron decir que la paz empieza donde florece la democracia.
Nada me gustaría más que la democracia florezca y se vuelva tendencia, que México y América Latina encabecen un movimiento donde las libertades vuelvan a ponerse de moda, donde la defensa del voto vuelva a sonar en las calles y en las redes sea viral.
Ya sé que suena muy ingenuo, pero me siento impulsado por la emoción del Nobel de la Paz a Doña Corina. Además, cosas más absurdas se han puesto de moda: como mentir con una dicción exageradamente pausada todas las mañanas o usar Crocs con calcetas.
Lo que sí es seguro es que no hay nada tan pasado de moda como una mujer negándole una mísera felicitación a otra mujer que ha sido reconocida por su lucha, su valentía, su vida y su defensa de un cambio pacífico.
Un abrazo.
Rubén Furlong Martínez
Los leo en X: @RubenFurlongM










