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México naranja por un día, patriarcal todo el año

Por María Arteaga
25 noviembre, 2025
En MujERES, slide
México naranja por un día, patriarcal todo el año

Martes 4 de noviembre. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, durante un acto público por el Centro Histórico de la Ciudad de México, es abordada por un sujeto que realiza tocamientos. Cuatro días después, un juez de control abrió un juicio contra dicho sujeto por el delito de abuso sexual contra la presidenta. El acusado, de 33 años, permanecerá en prisión preventiva justificada mientras avanza la investigación. Medios nacionales e internacionales hacen eco de la noticia: el hecho se suma a uno de los muchos casos de violencia y acoso sexual contra las mujeres en el país.

Este incidente, aunque mediático por tratarse de una figura pública, no es una excepción, sino una muestra más de una realidad ampliamente documentada. Los datos de la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE, 2024) indican que por cada delito sexual cometido contra un hombre, nueve se cometen contra mujeres. Además, siete de cada diez mujeres mayores de 15 años declaran haber sufrido algún tipo de violencia a lo largo de su vida, incluido un 39.9 por ciento que reporta abuso por parte de su pareja. La mitad de las mujeres de 15 años o más declaró haber sufrido violencia sexual en algún momento de sus vidas, y el 23.3 por ciento en los 12 meses anteriores a la encuesta.

Las niñas también son víctimas desproporcionadas de este tipo de delitos: las niñas de entre cinco y nueve años tienen tres veces más probabilidades de sufrir abuso sexual que los niños, mientras que las de entre 15 y 17 años lo experimentan ocho veces más que los niños de la misma edad.

Y eso sin entrar todavía en las formas crecientes de violencia—como la digital—o las extremas ya conocidas, como los feminicidios. Entre enero de 2022 y mayo de 2023 sólo se denunciaron oficialmente en el país 2 mil 515 casos de violencia digital o cibernética, siendo la abrumadora mayoría víctimas adolescentes y adultas jóvenes. En los casos más graves, la violencia de género resulta en asesinato: los feminicidios han tenido un aumento significativo en la última década. En 2015 representaban el 19.8 por ciento de los homicidios de mujeres; para 2024, esta proporción aumentó al 24.2 por ciento.

Ante estas cifras, no solo se evidencia la magnitud de la violencia, sino también la fragilidad de los mecanismos que deberían proteger a las mujeres. Y es aquí donde el caso vuelve a ser ilustrativo: además de mostrar la violencia, deja al descubierto las enormes disparidades en el acceso a la justicia. La situación económica de una mujer afecta su capacidad para acceder a ella, ya sea mediante procesos legales formales o de otro tipo.

Estimaciones recientes sugieren que alrededor del 93 por ciento de los casos de violencia sexual no se denuncian o no se investigan. Muchas víctimas ni siquiera presentan denuncias debido al miedo a represalias, la desconfianza en las autoridades y la percepción de ineficacia o indiferencia institucional. A esto se suman los prejuicios de género presentes en las fuerzas del orden y en las fiscalías, que pueden obstaculizar el acceso a la justicia al culpar a las víctimas en lugar de exigir responsabilidades a los agresores.

Paradójicamente, mientras la realidad evidencia este panorama, ciertos discursos insisten en que las desigualdades de género ya son cosa del pasado. Se afirma que hemos alcanzado la igualdad, que las mujeres “monopolizamos” espacios de decisión o que ejercemos nuevas formas de dominación. Esta narrativa —más cómoda que verdadera— contribuye a invisibilizar las inequidades y sus consecuencias, como la violencia que enfrentamos diariamente.

Tal es la minimización que, incluso cuando una mujer o niña es asesinada por un familiar o su pareja cada 10 minutos, no se generan “pánicos morales” sobre la decadencia social. ¿Saben qué sí genera pánico? Los reportes sobre el creciente aislamiento social y la soledad masculina. Sí: la muy cacareada epidemia de soledad masculina. Sí, lo leyeron bien, epidemia, con todas sus letras—inserte Facepalm emoji aquí.

Ahora bien, ¿qué hay detrás de este nuevo azote? En muchos países del norte global, datos recientes muestran que los hombres heterosexuales reportan tasas de soledad y aislamiento más altas que nunca, afirmando además falta de apoyo emocional y la ausencia de amistades cercanas (American Institute for Boys and Men, 2025). La cobertura mediática de esta “crisis” ha sido tan amplia que termina presentando la autonomía y derechos de las mujeres como causa de una decadencia social que amenaza el bienestar masculino.

El problema es que esta narrativa crea un falso pánico moral basado en nociones esencialistas de género. Además, permite el oportunismo político, fabrica enemigos convenientes —aka las mujeres— y se ha convertido en una herramienta estratégica para movilizar electoralmente a sectores masculinos desde la derecha. Y, por supuesto, vuelve a omitir cualquier discusión sobre la dominación masculina y el acceso privilegiado a recursos —incluido el cuerpo de las mujeres— del que gozan muchos hombres heterosexuales en diversas sociedades.

Así, cuando planteamos la violencia contra las mujeres en este contexto, el tema despierta grandes oleadas de indignación de quienes niegan su existencia o su importancia frente a “problemas más grandes” —problemas de hombres, para variar. No me voy a extender más sobre el tema; porque imagino que se habló suficiente y de forma seria en su día, el pasado 19 de noviembre —guiño. Que quede claro: la soledad masculina no es culpa de las mujeres. Las limitaciones emocionales de los hombres son una soga autoimpuesta por el mismo sistema que defienden.

¿Y qué sucede cuando se minimiza repetidamente un problema tan grave como la violencia contra las mujeres? Que institucionalmente solo se recuerda una vez al año. En esa fecha —el 25 de noviembre— se organizan paneles, charlas, campañas; las autoridades se llenan la boca de buenas intenciones y —¡qué generosidad!— se visten de naranja. Un gesto simbólico que, aunque útil en el discurso, se queda corto frente a la magnitud de la emergencia.

Es cierto que la elección de una presidenta es un hecho histórico, y no por generación espontánea, sino como resultado de décadas de luchas feministas que abrieron, una por una, las grietas necesarias para que una mujer pudiera llegar a ese lugar. Pero que nadie se confunda. A pesar del entusiasmo mediático y del triunfalismo que presume que “llegamos todas”, México sigue estando muy lejos de poder declarar con legitimidad cualquier año como el de las mujeres —indígenas, afrodescendientes o de cualquier otro grupo— sin caer en el simbolismo vacío. El país está lejos de garantizar sus derechos más básicos. Falta un largo camino para desmantelar las estructuras de discriminación y los patrones de violencia que siguen permeando las instituciones y la vida cotidiana. Pese a las reformas de noviembre de 2024, la existencia de leyes e instituciones no basta: hacen falta políticas públicas sólidas, infraestructura, presupuesto y, sobre todo, voluntad real de transformación.

La magnitud de las tareas pendientes es enorme. La violencia no se limita a los golpes; es un continuum que atraviesa toda la vida de las mujeres: violencia simbólica, mediática, verbal, laboral, política, patrimonial, institucional, acoso, trata, prostitución, violencia psicológica, sexual y física.

Y no es atemporal: es histórica. Durante siglos se ha asumido como “natural” la dominación masculina derivada de la supuesta superioridad del hombre (aka patriarcado). Esto ha generado un paradigma jurídico-cultural que justifica la subordinación de las mujeres. La idea de la diferencia como inferioridad dejó una huella cultural y psíquica que persiste aún con los cambios históricos. Lo anterior es básicamente un TikTok de 15 segundos sobre la formación del patriarcado; si quieren la versión completa, acudan a Gerda Lerner (1986), La creación del patriarcado.

Para ilustrar lo dicho, aunque podrían ofrecerse múltiples ejemplos, mencionaremos sólo dos. A principios del siglo XX, las sufragistas británicas que luchaban por el derecho al voto enfrentaron una respuesta brutal. Sus protestas derivaron en arrestos masivos, encarcelamientos y la práctica de alimentación forzada. La violencia ejercida por las autoridades y sectores sociales opositores buscaba castigar su visibilidad pública y sus demandas de igualdad.

Un ejemplo más reciente son las revueltas de las mujeres en Irán. El detonante, pero no el único motivo por el que las mujeres iraníes continúan en las calles, fue el asesinato de Jina ‘Masha’ Amini, una mujer kurda de Rojhilat (la parte de Kurdistán que está en el estado de Irán), por parte de la conocida como «policía de la moral», por no cumplir las normas de vestimenta sobre el hiyab que existen en el país.

La lección histórica es clara: sin importar la época o el lugar geográfico, cuando las mujeres osan participar en el espacio público en igualdad de condiciones con los hombres, su presencia, voces y legitimidad son violentamente cuestionadas como estrategia para mantener intactos los privilegios y posiciones de poder masculinas (OSCE, 2022).

La violencia se intensifica aún más cuando las mujeres se nombran feministas. No entraremos en el ridículo debate de culpar a los feminismos: la reacción masculina contra el avance de nuestros derechos no es culpa del feminismo, sino de la cultura patriarcal que nos aterroriza, luchemos o no. Cuando se cuestiona la supremacía masculina, la violencia aparece como su mejor estrategia de defensa.

Los últimos años post-pandemia han estado marcados por discursos antifeministas, impulsados por la extrema derecha y viralizados por la manosfera. Incluso en sociedades con instituciones estables a favor de la igualdad, el feminismo es tema de debate efervescente. Este odio no es aleatorio: es parte de una estrategia para sostener el poder patriarcal estigmatizando a las feministas como “las malas”, “las locas”, “las odia-hombres”, “las que destruyen la familia”.

Sara Ahmed (2023) lo explica con precisión: la reacción antifeminista funciona para restablecer el orden establecido. Las críticas feministas se desestiman como ira o hipersensibilidad; el feminismo es presentado como fuerza antisocial “contra el orden natural”. La denunciante se convierte en el problema. Pero esta reacción no es solo represión: es un mecanismo monumental de resistencia en sociedades aún hostiles a las demandas feministas y al cambio del rol de las mujeres.

Algo debe quedar claro: la violencia contra las mujeres es parte de la resistencia patriarcal. Es política y sistémica. Rita Segato (2003) afirma que los actos contra las mujeres no son desviaciones ni crímenes pasionales, sino mensajes para marcar territorio y demostrar poder ante la “hermandad” masculina. Así como la reacción violenta de Ahmed restablece el orden simbólico, la violencia de género restablece el orden jerárquico al disciplinar el cuerpo y la vida de las mujeres. Ambos fenómenos revelan cómo los sistemas de dominación toman represalias activamente contra los desafíos.

Cada 25 de noviembre veremos nuevamente discursos, paneles, moños naranjas y promesas. Pero el verdadero cambio no llegará con una foto institucional, sino cuando el país deje de tratar la violencia contra nosotras como un inconveniente anual y empiece a tratarla como lo que es: una emergencia permanente. Hasta entonces, seguiremos incomodando: porque si el feminismo “arruina el ambiente”, quizá es que el ambiente ya estaba podrido.

Y, aun así —o quizás precisamente por eso—, los feminismos siguen siendo esa fuerza extraordinaria y profundamente obstinada. Lo que nos caracteriza como feministas no es solo que queramos nombrar lo que está mal en el mundo, sino que nos empeñamos, con terquedad colectiva, en imaginar y construir formas de vida fuera de la violencia que se nos impone. En ese camino, no solo cuestionamos las estructuras; también ensayamos prácticas, afectos, alianzas y formas de resistencia que abren posibilidades allí donde el patriarcado insiste en cerrarlas.

Referencias

  • Ahmed, S. (2023). The feminist killjoy handbook: The radical potential of getting in the way. Hachette UK.
  • Bledsoe I. & Smith B. (2025) Male loneliness and isolation: What the data shows. American Institute for Boys and Men. Disponible en https://aibm.org/research/male-loneliness-and-isolation-what-the-data-shows/
  • Gerda, L. (1990). La creación del patriarcado.
  • Segato, R. L. (2003). Las estructuras elementales de la violencia. Editorial Universidad Nacional de Quilmes.
  • Addressing Violence Against Women in Politics in the OSCE Region Toolkit 2022. Tool 1: Introduction to Violence Against Women in Politics. Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE)
  • ENVIPE 2024 Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE) 2024 Disponible en https://www.inegi.org.mx/contenidos/programas/envipe/2024/doc/envipe2024_presentacion_nacional.pdf

Biografía

María Dolores Arteaga Villamil. Doctora en Antropología Sociocultural, ha dedicado más de una década a impulsar la equidad y la justicia de género desde el análisis, la incidencia y el trabajo comunitario. Actualmente lidera los esfuerzos de comunicación y recaudación de fondos en The Women ‘s Building, la primera organización comunitaria liderada por mujeres en San Francisco, California. Desde ese espacio, le interesa destacar cómo las voces y los saberes de las mujeres de las comunidades pueden contrarrestar las lógicas verticales del poder y abrir futuros posibles.

Foto de Freepik

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Etiquetas: 25 de noviembre25NDía Naranjaviolencia contra las mujeresViolencia patriarcal
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