Jürgen Habermas murió el fin de semana en Starnberg, Alemania, a los 96 años. Con él se va el representante más influyente de la segunda generación de la Escuela de Fráncfort y se apaga una de las últimas grandes voces de la filosofía política contemporánea. Hay pensadores cuya muerte obliga a preguntarse si las sociedades que analizaron estuvieron a la altura de las exigencias que su pensamiento formuló. Habermas pertenece a esa categoría.
Nació en Düsseldorf en 1929. Vivió de niño la guerra y como adolescente su devastación moral. Su generación cargó con una pregunta inevitable: ¿cómo fue posible que una sociedad culta aceptara el derrumbe de sus instituciones democráticas? Su respuesta fue filosófica antes que histórica. El problema no estaba solo en las estructuras del poder, sino en la degradación del espacio donde los ciudadanos intercambian razones. Cuando el diálogo público se corrompe, la democracia pierde su fundamento. Esta intuición, forjada en la experiencia directa del nazismo, orientó toda su obra posterior.
Su primera gran contribución, Historia y crítica de la opinión pública (1962), estableció el concepto de esfera pública como categoría analítica: ese espacio intermedio entre el Estado y la sociedad civil donde los ciudadanos debaten y legitiman el poder. No era una descripción del presente, sino la reconstrucción normativa de lo que la democracia moderna prometía y raras veces cumplía. En Teoría de la Acción Comunicativa (1981) profundizó esta tesis: la legitimidad política no surge de la autoridad del Estado ni del resultado de una elección, sino de la calidad de la comunicación entre los ciudadanos. Tratar al otro como ciudadano implica reconocerlo como interlocutor válido, ofrecer razones y aceptar la posibilidad de estar equivocado.
La arquitectura jurídica de estas ideas alcanzó su forma más precisa en Facticidad y Validez (1992), obra ineludible para cualquier constitucionalista. Allí argumentó que el voto no agota el fundamento democrático: la deliberación no antecede mecánicamente al sufragio, sino que lo envuelve y le otorga sentido. La legitimidad requiere procedimientos deliberativos que la legalidad, por sí sola, no garantiza.
Su diagnóstico sobre la modernidad identificó una tensión estructural entre el mundo de la vida —cultura, sociedad y personalidad— y los sistemas del dinero y el poder, que operan según lógicas de eficiencia y control. Cuando estas lógicas invaden espacios que deberían regirse por el entendimiento racional, la política deja de ser deliberación y se convierte en gestión técnica de intereses. A este proceso lo llamó colonización del mundo de la vida. En Un nuevo cambio estructural de la esfera pública (2022), su última gran intervención en teoría política y democracia señaló que los algoritmos digitales reproducen esta patología con nuevas herramientas: amplifican la expresión, pero empobrecen la deliberación.
Su propuesta no careció de críticos rigurosos. Chantal Mouffe objetó que la apuesta habermasiana presupone una simetría comunicativa que el poder real deshace sistemáticamente. Nancy Fraser señaló que la esfera pública burguesa que analizó excluyó históricamente a mujeres y minorías. Habermas incorporó estas objeciones en elaboraciones posteriores —esa disposición a revisar los propios argumentos ante razones mejores era, en él, coherencia práctica con su propia teoría—.
El legado de Habermas no es una receta institucional, sino un criterio para evaluar la salud de las democracias. Allí donde la descalificación sustituye a la argumentación y la conversación se vuelve imposible, la democracia comienza a vaciarse desde dentro. Las instituciones no sostienen por sí solas el orden democrático: lo que realmente lo mantiene en pie es la disposición cotidiana a escuchar razones, ofrecer argumentos y reconocer en el otro a un interlocutor legítimo.
En última instancia, la democracia es una forma de conversación. Y esa conversación exige algo más difícil que ganar una elección: exige la voluntad permanente de entenderse.
Habermas la practicó hasta el final. Hoy, esa voz suena más fuerte.
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