Hubo un tiempo en el que Euphoria, la serie de HBO, no era solo una serie; era un evento sísmico. El glitter en los párpados, el movimiento de cámara frenético y esa ansiedad juvenil estilizada definieron a una generación. Sin embargo, tras años de retrasos, tragedias reales fuera de cámaras y rumores de un set caótico, el programa ha vuelto solo para encontrarse con que el mundo —y su audiencia— han madurado más rápido que sus guiones.
El proyecto que retrató el dolor de los jóvenes en 2019 y catapultó a la fama a estrellas como Zendaya, Jacob Elordi o Sydney Sweeney volvió a la plataforma de HBO Max el domingo pasado, luego de cuatro años; y, aunque las expectativas eran altísimas, el aterrizaje ha sido forzoso. Tras una espera que se sintió eterna, su regreso a la conversación cultural no ha sido el triunfo que su creador esperaba, sino un recordatorio de que la estética no puede sostenerse para siempre sin una columna vertebral narrativa o un propósito real.
Luego de un primer episodio lleno de sinsabores, el gran pecado de esta nueva etapa de Euphoria parece ser la autocomplacencia de su productor y creador, Sam Levinson, cuyo nuevo estilo se siente atrapado en su visión de cine de autor. Esto, sumado a las polémicas sobre los plagios en los que basó su primer trabajo, sus comportamientos tóxicos y sus diferencias con el elenco, ha derivado en una propuesta que prioriza composiciones visuales por encima de la coherencia de los personajes. Lo que antes era innovador ahora se siente forzado, como un video musical de larga duración: hermoso de ver, pero difícil de sentir y de relacionar con lo que la serie fue.
También es imposible ignorar el peso de las ausencias. La pérdida de Angus Cloud (Fezco) dejó un hueco emocional que no han sabido —o no han podido— llenar. A esto se suma la salida de figuras clave como Barbie Ferreira (Kat), lo que evidencia las grietas creativas y las tensiones en el set.
Pero el recurso narrativo más perjudicial, a mi parecer, ha sido envejecer a los personajes para que coincidan con la edad real de los actores, lo cual responde más a una necesidad logística que a una evolución orgánica. Al alejarlos tan abruptamente de los pasillos de la preparatoria, la serie ha perdido su identidad: ese drama crudo de la adolescencia que, aunque exagerado, tenía un núcleo de verdad universal, se ha transformado en un forzado drama de acción con tintes de western y narcotráfico, plagado de clichés y estereotipos de la frontera mexicana que evidencian un conocimiento superficial del tema.
De adolescentes con problemas reales pasamos a personajes sacados de una cinta para adultos, con tramas que parecen inventadas solo para mantenerse vigentes: como Rue convertida en mula de una narcotraficante y encargada de un burdel —porque, aparentemente, era su trabajo soñado—; o Cassie (Sweeney), comprometida con Nate (Elordi) y debatiéndose entre ser ama de casa en una mansión de ensueño o creadora de OnlyFans, reforzando ideas simplistas sobre dicha plataforma. Historias tan inverosímiles como insustanciales: crudeza sin intención y provocación sin discurso.
Euphoria siempre fue sobre el exceso, pero ahora el exceso es de pretensión. Se extraña la vulnerabilidad que nos hizo conectar con personajes como Rue desde el inicio. Las experiencias crudas y, por momentos, desenfrenadas de sus protagonistas eran provocativas y escandalosas porque buscaban generar conversación sobre la sexualidad, la identidad y los problemas de drogadicción en los jóvenes de Estados Unidos y el mundo, desde su extremismo narrativo. Era una fiesta visual con un trasfondo profundo y doloroso —la estética de una generación en su esplendor—; pero hoy, ese despliegue visual y ese morbo sobreexplotado resultan incómodos y fuera de lugar.
A pesar de las críticas, el talento actoral sigue siendo el pilar de la producción. Zendaya continúa entregando una interpretación que justifica cada premio en su repisa, aun con líneas de personaje cada vez más absurdas, y Hunter Schafer —a quien ni siquiera vimos en el primer episodio— sigue siendo el corazón latente de la historia. Pero el talento no puede salvar un barco sin rumbo claro. Si la serie quiere recuperar su relevancia, Levinson debe dejar de mirarse al espejo y empezar a mirar de nuevo a sus personajes. El glitter ya pasó de moda, y no es suficiente para ocultar las ojeras de una narrativa que, por primera vez, se siente cansada y fuera de temporada.
Ángel Sarmiento
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