Cuántas veces no nos ha pasado que despertamos enojados. Es temprano por la mañana, dormimos relativamente bien, lo suficiente para que el cuerpo se reponga del ajetreo del día anterior, pero hay algo mal en nosotros, no sabemos qué, pero nos perturba, nos incomoda, nos deprime. Aquello que no sabemos cómo definir, pero que sentimos, es lo que nos hace levantarnos enojados, a pesar de que todavía no hemos tenido nuestro primer contacto con la realidad. Hacemos memoria intentando descifrar la manera en la que nos dormimos la noche anterior y recordamos las preocupaciones, las decepciones, los pendientes, en fin, recordamos todo aquello que sigue inconcluso y que nos ha empezado a afectar en nuestra salud. El estrés, la depresión, la decepción y la apatía son los estados de ánimo más recurrentes, mientras que el enojo es la emoción más activa que solemos sentir y a la que, lamentablemente, nos hemos acostumbrado. En pocas palabras, nos vamos a dormir preocupados y nos despertamos enojados, y eso nos parece normal.
El mundo práctico en el que vivimos le da una consideración especial a la razón. Todo debe de servir para algo, todo debe ser perceptible por los sentidos para ser válido, de lo contrario no es más que una superstición. Nuestra sociedad está anclada a la sentencia “ver para creer” debido a la entronización que ha hecho de la razón. Colegios y empresas únicamente abren sus puertas para que la racionalidad técnica lo abarque todo, dejando de lado a las emociones y generando un mundo frío, insensible y centrado en la búsqueda de la satisfacción personal. Nuestra sociedad es la sociedad del “yo”, un “yo” que piensa a medias, que siente mucho, que controla poco lo que piensa y que cede a todo impulso y deseo sin cuestionamientos.
La violencia de todos los días, aquella que cada vez está más cerca de nosotros, es la expresión de la emotividad. Aunque nuestra sociedad privilegia a la razón, no se aparta del todo de la emoción; el problema no está en si nos inclinamos más a lo racional o a lo emocional, sino a nuestra incapacidad para equilibrar ambas fuerzas, distintas, sí, pero complementarias.
Nuestras emociones están desbordadas y no lo sabemos. Debido al excesivo consumo que hacemos de los medios de información y de comunicación suponemos que vivir intensamente, sentir en demasía y apasionarnos por todo es la única forma viable de existencia. La sociedad en la que estamos inmersos fomenta el deseo acumulado en cada acto: todo debe generarnos placer, una alegría desbordante, o incluso una ira descomunal porque “tenemos derecho” a sentir mucho. La importancia de sentir no se discute, es necesaria para compenetrarnos con el mundo, pero al hacerse sin medida, sin orden y sin método no podemos esperar nada más que problemas, pues el exceso nunca ha sido sinónimo de plenitud. Sentir mucho no nos hace vivir mucho, antes bien, nos lleva a sufrir en exceso, y mientras más sean nuestros deseos, mayores serán las decepciones.
Nuestros problemas emocionales son causados por nuestra ignorancia, sin embargo, esta ignorancia no es del todo intelectual, pues a fin de cuentas las emociones son irracionales. La ignorancia emocional es diferente, pues tiene que ver con saber sentir, con saber elegir lo que sentimos y con saber ponerle límites a lo que sentimos. Cuántas veces no nos hemos enfrascado, por ejemplo, en una relación sentimental que sabemos que no va a ningún lado, pero que a pesar de que nos causa más desdichas que sonrisas somos incapaces de terminar. O cuántas veces no nos hemos visto “obligados” a decir “sí” porque no sabemos decir “no”, a pesar de que ésta última respuesta es la que sentimos más genuina.
La ignorancia emocional nos agota y es por ella que despertamos enojados por la mañana. Sentimos, y sentimos mucho, pero en contra de nuestra voluntad, y esto es porque nos hemos concentrado más en educar a la mente, pero no tanto al corazón, por decirlo figuradamente. Saber ordenar lo que pensamos es tan importante como saber ordenar lo que sentimos, pues ambos, razón y emoción, son como dos caballos que todos los días luchan por llevarnos por el camino que más les convienen. Sobre la educación de lo que sentimos, nos habla el psicólogo Daniel Goleman en su libro Inteligencia emocional:
«A diario, los periódicos nos acosan con noticias que hablan del aumento de la inseguridad y de la degradación de la vida ciudadana. Fruto de una irrupción descontrolada de los impulsos. En la última década hemos asistido a un bombardeo constante de este tipo de noticias que constituye el fiel reflejo de nuestro grado de torpeza emocional. De ahí la importancia de la inteligencia emocional, porque constituye el vínculo entre los sentimientos, el carácter y los impulsos morales. Podríamos decir que quienes se hallan a merced de sus impulsos (quienes carecen de autocontrol) adolecen de una deficiencia moral porque la capacidad de controlar los impulsos constituye el fundamento mismo de la voluntad y del carácter. Por el mismo motivo, la raíz del altruismo radica en la empatía, en la habilidad para comprender las emociones de los demás. Y si existen dos actitudes morales que nuestro tiempo necesita con urgencia son el autocontrol y el altruismo. Una posible solución consistiría en forjar una nueva visión acerca del papel que deben desempeñar las escuelas en la educación integral del estudiante, reconciliando en las aulas a la mente y al corazón. La cuestión esencial es: ¿de qué modo podremos aportar más inteligencia a nuestras emociones, más civismo a nuestras calles y más afecto a nuestra vida social?»
Cierto es que saber pensar nos ayuda a vivir mejor, pero este pensamiento debe ir acompañado de un saber sentir, pues, en última instancia, somos más sentidos que razón. El amor, la empatía y la felicidad son estados ideales del ser que únicamente podremos alcanzar en el momento en el que renunciemos al egoísmo para intentar resolver nuestra torpeza emocional.









