El fenómeno de El Niño, se origina cuando las aguas superficiales del Pacífico tropical central y oriental se calientan de manera anormal y ese cambio se acopla con la atmósfera, modifica los vientos, desplaza las zonas de lluvia y altera el clima en regiones muy alejadas del océano.
¿Por qué, se habla del “Niño Godzilla”? No se trata de una categoría reconocida por la ciencia. El apodo fue empleado por Bill Patzert, climatólogo del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, para describir metafóricamente un El Niño de dimensiones extraordinarias. La palabra evoca tamaño, potencia y capacidad destructiva, pero también puede inducir al alarmismo. Científicamente debe hablarse de fenómenos atmosféricos débiles, moderados, fuertes o muy fuertes, no de monstruos climáticos.
Las alertas actuales justifican la atención. La Organización Meteorológica Mundial estima una probabilidad de 80 por ciento de que El Niño se presente entre junio y agosto de 2026, así como probabilidades cercanas o superiores a 90 por ciento de que continúe durante los meses posteriores. La mayoría de los modelos anticipa una intensidad al menos moderada y posiblemente fuerte, aunque todavía existe incertidumbre sobre el momento y la magnitud de su punto máximo.
También la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) en su evaluación más reciente, calculó una probabilidad de 82 por ciento de que el fenómeno surgiera entre mayo y julio de 2026 y de 96 por ciento de que persistiera durante el invierno 2026-2027.
Para México, El Niño no representa un solo peligro. Puede modificar la temporada de lluvias, favorecer sequías en algunas regiones y precipitaciones concentradas en otras, elevar las temperaturas, incrementar la evaporación y agravar la presión sobre presas, cultivos, redes eléctricas y sistemas de salud. También suele generar condiciones más favorables para la actividad ciclónica en el Pacífico oriental y central.
El riesgo no consiste únicamente en el número de huracanes, sino en su posible intensificación rápida cerca de las costas. Un estudio publicado en Nature Communications encontró que los episodios de intensificación rápida dentro de los 400 kilómetros de los litorales se triplicaron globalmente entre 1980 y 2020. Cuando un ciclón aumenta su fuerza en pocas horas, el margen para evacuar, proteger infraestructura y movilizar recursos se reduce peligrosamente.
Las tormentas de años recientes ya ofrecieron una advertencia. El huracán Erick alcanzó la categoría 4 y tocó tierra después de intensificarse rápidamente. La emergencia evidenció fallas operativas y vulnerabilidades conocidas: insuficiente redundancia en energía y telecomunicaciones, fragilidad de caminos, exposición de viviendas y dificultades para mantener servicios esenciales además de muy deficientes protocolos de manejo de crisis en los tres órdenes de gobierno.
Veracruz y Puebla enfrentaron otra expresión catastrófica; entre el 8 y el 10 de octubre 2025, lluvias extremas provocaron desbordamientos, inundaciones y numerosos deslaves en el oriente y centro del país. Poza Rica quedó entre las ciudades más afectadas y decenas de comunidades permanecieron incomunicadas. La emergencia dañó viviendas, escuelas, hospitales, comercios, carreteras y redes de telecomunicaciones, además la deficiente respuesta del gobierno de Veracruz generó una severa crisis de gobernabilidad. En Puebla, el relieve montañoso convirtió la lluvia en escurrimientos violentos, deslaves y aislamiento de poblaciones de la Sierra Norte.
Un desastre de origen natural, puede alterar la dinámica política y social de cualquier país. Ocurren cuando un agente con potencial destructivo encuentra comunidades expuestas, infraestructura vulnerable e instituciones con capacidades insuficientes. Una respuesta percibida como tardía, desorganizada o inequitativa puede deteriorar la confianza política, aumentar el enojo social y convertir una emergencia climática en una crisis de gobernabilidad.
¿Estamos preparados en México? No podemos afirmarlo únicamente porque existan protocolos de papel. La preparación debe medirse en infraestructura resiliente, alertamiento temprano, repliegue poblacional a tiempo, refugios seguros, comunicaciones redundantes, caminos alternos y coordinación efectiva entre Federación, estados y municipios para responder a la emergencia, evaluar impacto, reconstruir y restablecer servicios críticos, además de implementar un eficiente plan de manejo de crisis que comunique y resuelva. El Niño Godzilla quizá no alcance la dimensión sugerida por su apodo. Pero México no debe esperar a comprobarlo.
La pregunta es si lo utilizaremos para corregir las fallas conocidas o si volveremos a reaccionar cuando el monstruo ya haya salido del mar.
@evrossainz










