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El peso de una decisión

Por Pepe Hanan
28 junio, 2026
En Análisis
El peso de una decisión

Tomar una decisión nos lleva un instante. Sus consecuencias pueden acompañarnos el resto de la vida.

Amigo lector, permítame hacerle una pregunta. ¿Cuánto tiempo cree usted que dura una mala decisión? ¿Noventa minutos? ¿Una semana? ¿Un torneo? ¿Un Mundial?

Durante mucho tiempo pensé exactamente lo mismo. Hasta que entendí que tomar una decisión nos lleva apenas unos segundos, pero vivir con sus consecuencias puede llevarnos toda una vida. Y entonces descubrí algo que jamás había visto con tanta claridad. Las malas decisiones no nos persiguen para castigarnos. Nos acompañan hasta descubrir si, con el paso del tiempo, nos convertimos en la persona capaz de tomar una mejor decisión. Esa, amigo lector, es la verdadera fortuna de tener otra oportunidad.

No la oportunidad en sí, sino el hombre en el que nos convertimos mientras ella llega. Porque esperar depende del destino. Prepararse depende exclusivamente de nosotros. Y aquí es donde comienza realmente esta historia. Durante varias semanas hemos recorrido juntos un camino apasionante.

Primero hablamos de entrenadores. Después descubrimos a los seleccionadores. Carlos Bilardo nos enseñó que un Mundial rara vez pertenece al equipo que mejor juega. Generalmente termina perteneciendo al que mejor sobrevive. Carlos Alberto Parreira convirtió la paciencia en un campeonato. Vicente del Bosque nos recordó que administrar un grupo siempre será mucho más complejo que administrar un sistema táctico. Lionel Scaloni demostró que una derrota frente a Arabia Saudita podía transformarse en el primer paso hacia la gloria.

Y mientras analizábamos a cada uno de ellos apareció una pregunta que terminó cambiando por completo mi forma de entender este deporte. ¿Qué hace realmente diferente a un seleccionador?

Mire usted durante mucho tiempo pensé que era la táctica. Después creí que era la experiencia.

Más tarde imaginé que todo dependía del liderazgo. Hoy estoy convencido de que la respuesta es otra.

Los entrenadores toman decisiones. Los seleccionadores viven con las consecuencias. Y, créame, no es lo mismo. Hay decisiones que duran noventa minutos. Hay otras que duran una carrera. Y existen algunas que acompañan a un hombre durante 24 años.

Aquí es donde quiero detenerme un momento. Porque a partir de ahora dejaremos de hablar del entrenador Javier Aguirre. Vamos a hablar del hombre, del ser humano.

Hace 24 años abandonó una Copa del Mundo acompañado por dos decisiones que él mismo, muchos años después, reconocería públicamente como equivocadas. Pudo hacer lo que normalmente hacemos todos cuando el fracaso nos visita. Buscar culpables. Hablar del árbitro. Hablar de la mala suerte.

Hablar del rival. Hablar de las circunstancias. No lo hizo. Aceptó el error. Y cuando un hombre acepta un error ocurre algo extraordinario. Deja de discutir con el pasado y comienza a prepararse para el futuro.

Muchos piensan que Javier Aguirre pasó 24 años esperando otra oportunidad. Yo no. Estoy convencido de que hizo algo mucho más inteligente. Se preparó por si algún día regresaba. Mientras algunos esperan que la vida cambie, otros cambian para cuando la vida vuelva. Esa ha sido, probablemente, la mayor victoria de Javier Aguirre.

Cada entrenamiento. Cada vestidor. Cada permanencia conseguida. Cada descenso evitado. Cada discusión. Cada triunfo. Cada derrota. Cada error. Cada acierto. Todo fue construyendo al hombre que hoy vuelve a encontrarse frente a una puerta que muy pocas veces se abre dos veces en la vida.

Por eso llevo varios días escuchando con atención cada conferencia de prensa del Vasco. Muchos buscan la alineación. Otros intentan descubrir el sistema táctico. Yo he preferido escuchar otra palabra: familia. La repite una y otra vez y no creo que sea casualidad. Una familia comparte el esfuerzo. Comparte el sacrificio. Comparte la responsabilidad. Cuando uno cae, otro aparece. Cuando uno duda, alguien más cree por él. Cuando uno ya no puede correr, otro corre ese metro que hace falta. Eso no nace el día del partido. Eso se construye durante meses.

Y aquí aparece otro personaje del que casi nadie habla. Mientras todos observamos a Javier Aguirre dando instrucciones desde la zona técnica, existe un trabajo silencioso que pocas veces aparece en las cámaras. El de Imanol Ibarrondo. Muchos aficionados quizá no identifiquen su nombre. Sin embargo, dentro de esta selección desempeña una función tan importante como la estrategia o la preparación física. Porque cuando las piernas empiezan a cansarse y la presión aumenta, el partido deja de jugarse únicamente en la cancha. Empieza a jugarse en la mente. Imanol no trabaja con sistemas tácticos. Trabaja con personas. Con la confianza. Con el sentido de pertenencia. Con la capacidad de un grupo para mantenerse unido cuando aparece la adversidad. Y ahí vuelve a cobrar sentido una palabra que Javier Aguirre repite constantemente: familia.

No es un discurso. Es una herramienta de supervivencia. Porque cuando 26 voluntades consiguen fundirse en una sola, la confianza termina convirtiéndose en fe. Y cuando un grupo alcanza ese estado, deja de ser solamente una selección, empieza a comportarse como una verdadera familia. Y aquí viene una historia que muy pocos aficionados conocen, pero que ayuda a entender cómo nacen algunos grandes seleccionadores.

En 1974, durante la concentración de Alemania en Malente, ocurrió algo que no figuró en ninguna alineación. Después de una dolorosa derrota, Helmut Schön atravesó uno de los momentos más difíciles de su gestión. La presión, la incertidumbre y el desgaste comenzaron a reflejarse en el propio seleccionador, afectando la estabilidad emocional del grupo. Nadie le quitó el cargo. Nadie puso en duda su autoridad. Pero dentro del vestidor comenzó a suceder algo extraordinario. Franz Beckenbauer empezó a asumir un liderazgo natural. No desplazó a Helmut Schön. Lo sostuvo.

Los jugadores comenzaron a mirar al capitán con la misma confianza con la que seguían escuchando al seleccionador. Y Helmut Schön tuvo la inteligencia que sólo tienen los grandes líderes. Comprendió que aquel liderazgo no debilitaba su autoridad, la fortalecía. Desde ese momento dejaron de existir dos liderazgos enfrentados. Nació una sola dirección. Alemania terminó conquistando la Copa del Mundo.

Años más tarde, aquel capitán que había aprendido a conducir un vestidor terminó convirtiéndose en seleccionador de Alemania y también levantó una Copa del Mundo desde el banquillo.

Los grandes seleccionadores no nacen el día que reciben un nombramiento. Empiezan a formarse el día que un vestidor decide seguirlos sin necesidad de que nadie se los ordene.

¿Puede un gran capitán convertirse en un gran seleccionador? La historia de Franz Beckenbauer respondió que sí. Quizá algún día la historia también responda lo mismo sobre Rafa Márquez.

Y aquí aparece otra diferencia enorme. El entrenador desarrolla futbolistas. El seleccionador reúne hombres capaces de sufrir y sobrevivir juntos.Porque los Mundiales nunca premian al equipo que menos sufre. Premian al que sabe sufrir mejor.

Bilardo lo entendió. Parreira también. Del Bosque jamás dejó de creerlo. Scaloni terminó confirmándolo en Catar. Ahora le corresponde demostrarlo a Javier Aguirre.

No perdamos de vista algo, amigo lector. Cuando hablamos de un partido de eliminación directa, la mayoría imagina 90 minutos de futbol. Yo veo algo completamente distinto. Veo una sucesión de decisiones. Y cada una de ellas tiene un dueño diferente. Los primeros 30 minutos pertenecen casi por completo al seleccionador. Ahí se pone a prueba todo aquello que imaginó durante semanas. La presión. Las coberturas. Las vigilancias. Los recorridos. Los espacios. Las fortalezas propias. Las debilidades del rival. Todo eso ya fue jugado muchas veces antes de que el árbitro haga sonar su silbato. Después llega el futbolista. Llega el carácter. Llega la personalidad. Llega la capacidad para convertir una idea en realidad.

Porque ningún plan, por brillante que sea, puede sobrevivir sin once hombres convencidos de ejecutarlo. Y entonces aparece uno de los momentos más fascinantes que tiene un Mundial. El descanso. Quince minutos. Nada más. Quince minutos que muchas veces separan la gloria del fracaso. Los orgullosos utilizan el medio tiempo para justificar lo que salió mal. Los grandes seleccionadores lo utilizan para corregirse. Una vez que el rival ya mostró sus fortalezas y sus debilidades hay que contrarrestar las primeras y desfondar las segundas.

Permítame hacer memoria. Brasil 2014. Mientras millones de mexicanos seguimos discutiendo el penal sobre Arjen Robben, Louis van Gaal ya estaba jugando otro partido. La famosa pausa de hidratación no significó únicamente agua. Significó tiempo. Tiempo para corregir. Tiempo para reorganizar. Tiempo para cambiar la historia. Muchos vimos una pausa. Van Gaal vio una oportunidad. Y ahí está una de las grandes diferencias entre un entrenador y un seleccionador.

Los entrenadores administran minutos. Los seleccionadores administran momentos. Porque los Mundiales rara vez se deciden en las jugadas que todos recuerdan. Con frecuencia se deciden en esos pequeños instantes que casi nadie alcanza a ver. Después llega el minuto 70. Y el partido vuelve a cambiar de dueño.

Aquí aparece uno de los personajes más importantes y, al mismo tiempo, uno de los menos reconocidos. El preparador físico. Sí. Ese hombre que casi nunca aparece levantando la Copa, pero cuyo trabajo puede terminar sosteniendo un sueño. Porque cuando las piernas empiezan a pesar… Cuando los pulmones arden… Cuando los músculos dejan de responder… Ya no alcanza con la táctica. Hace falta algo más. Ahí aparece Pol Lorente. Y aunque pocos hablen de él, una parte importante de las posibilidades de México también descansan sobre su trabajo. Si esta Selección llega con fuerza al minuto 105. Si todavía tiene piernas cuando el rival comienza a quedarse sin ellas… Para cerrar con un ímpetu fuera de toda lógica los últimos 15 minutos. No será producto de la casualidad. Será el resultado de cientos de entrenamientos que muy pocos observaron. Ésa también será una victoria. La victoria silenciosa del preparador físico.

Pero tampoco nos confundamos. Ni siquiera la mejor preparación física garantiza sobrevivir. Porque siempre llega un momento donde el cuerpo deja de responder. Y entonces solamente queda aquello que ningún laboratorio puede medir. La mente. Siempre la mente.

¿Por qué algunos equipos siguen corriendo cuando parece imposible hacerlo? ¿Por qué algunos futbolistas encuentran fuerzas donde aparentemente ya no existen? La respuesta no siempre está en los músculos. Muchas veces está en la convicción. Y aquí vuelve a aparecer esa palabra que Javier Aguirre ha repetido una y otra vez durante este Mundial: familia.

No creo que la utilice por casualidad. Tampoco por romanticismo. La utiliza porque entiende algo que los grandes seleccionadores han comprendido desde hace décadas. La confianza también se entrena. La unidad también se construye. Y la fe también puede prepararse. Cuando un grupo deja de creer ya empezó a perder. Aunque todavía falten 20 minutos por jugar. Cuando un grupo sigue creyendo todavía puede cambiar la historia. Aunque el reloj marque el minuto 120.

Por eso un seleccionador no reúne solamente talento. Reúne convicciones. Reúne liderazgos. Reúne personalidades. Reúne hombres capaces de sostener al compañero cuando el compañero deja de sostenerse a sí mismo. Porque el talento gana partidos. La unidad mantiene vivos los sueños. Y la fe… La fe termina sosteniendo a los campeones.

Y aquí, amigo lector, permítame salir un momento del futbol. Porque ésta ya dejó de ser únicamente una historia sobre Javier Aguirre. ¿Cuántos de nosotros seguimos esperando una segunda oportunidad? Ese ascenso que nunca llegó. Ese negocio que no se dio. Esa reconciliación que dejamos escapar. Ese proyecto que fracasó. Ese momento que todavía sentimos que nos debe la vida. La mayoría vive esperando que vuelva. Muy pocos entienden que, mientras llega, existe una obligación mucho más importante. Prepararse. Porque las oportunidades no cambian a las personas. Las oportunidades revelan en quién nos hemos convertido mientras las esperábamos. Esa, para mí, es la verdadera enseñanza que deja Javier Aguirre.

No esperó 24 años. Se preparó durante 24 años. Y cuando uno entiende eso, también comprende por qué hoy transmite una serenidad diferente. No veo al técnico que quiere demostrar que tenía razón. Veo al hombre que entendió que tener razón nunca fue lo importante. Lo importante siempre fue tomar la mejor decisión para el grupo. Y esa diferencia cambia absolutamente todo. El liderazgo también madura. La humildad también madura. La paciencia también madura. Hasta los errores maduran cuando decidimos aprender de ellos.

Por eso sigo convencido de que el rival más peligroso que enfrentará México no será únicamente el que tenga enfrente. Existe otro mucho más difícil de derrotar. La duda. La duda rompe vestidores. La duda divide grupos. La duda convierte un pase sencillo en un error. La duda hace que un futbolista deje de intentar aquello que ha hecho toda su vida.

Y esa es la primera batalla que un seleccionador debe ganar. Antes de derrotar al rival, debe impedir que su propio equipo sea derrotado por la duda. Por eso Javier Aguirre insiste tanto en la confianza. Porque sabe que cuando un grupo cree de verdad, aparece algo extraordinario. La fe. No una fe ingenua. No una fe basada en milagros. Hablo de la fe que nace del trabajo. Del esfuerzo. Del sacrificio. De la disciplina. De la certeza de que cada hombre cumplirá exactamente con la responsabilidad que asumió. Cuando el esfuerzo individual se transforma en compromiso colectivo la confianza termina convirtiéndose en fe. Y cuando la fe se instala dentro de un vestidor las individualidades desaparecen.

Nace una familia. Y cuando una familia entra a competir ya no juega únicamente por un resultado. Juega por el hombre que tiene al lado. Juega por quien dirige desde la banca. Juega por una misma causa. «Uno para todos y todos para uno”. Esa parece ser, hoy, la filosofía de Javier Aguirre.

No significa que vaya a ganar. En el futbol el rival también cuenta y juega su propio partido. También ajusta. También sueña. También se prepara. Y, algunas veces, simplemente es mejor. Hay que saber reconocerlo. Porque la grandeza no consiste únicamente en vencer. También consiste en saber competir con dignidad cuando el adversario demuestra ser superior.

Sin embargo, hay algo que sí depende completamente de México. No entregarse antes de tiempo. No dejar que la duda gane el partido antes que el rival. Y aquí regreso al principio de esta columna.

Hace 24 años Javier Aguirre salió de un Mundial acompañado por dos decisiones que nunca pudo olvidar. Hoy la vida le concede algo que muy pocas personas reciben. La posibilidad de volver a encontrarse frente a una oportunidad semejante. No para borrar el pasado. El pasado jamás se borra. Sino para demostrar cuánto ha crecido el hombre que tuvo que vivir con él. Porque el tiempo, por sí solo, no corrige las malas decisiones. Lo que las corrige es la persona en la que nos convertimos mientras el tiempo pasa. Ésa es la verdadera enseñanza. No solamente para un seleccionador. Para cualquiera de nosotros. Todos hemos tomado decisiones de las que nos arrepentimos. Todos hemos deseado volver atrás. La vida casi nunca concede ese privilegio. Pero cuando lo hace, lo único verdaderamente importante es llegar preparados. Preparados para decidir mejor. Preparados para confiar más. Preparados para dejar el orgullo de lado. Preparados para entender que la experiencia no consiste en cumplir años. Consiste en no volver a cometer el mismo error cuando la historia nos ofrece una nueva oportunidad.

Dentro de escasos días sabremos si México continúa sobreviviendo. Eso pertenece al futbol. Pero existe otra historia que también comenzará a escribirse. La de un hombre que, 24 años después, volverá a encontrarse frente a la decisión que marcó su vida. Y muy pocas veces la historia tiene la generosidad de preguntar dos veces: «¿Ahora sí estás listo?».

Tengo la impresión de que Javier Aguirre lleva mucho tiempo preparando esa respuesta. Porque tomar una decisión nos lleva un instante. Sus consecuencias pueden acompañarnos toda una vida. Pero existe una diferencia entre un entrenador y un seleccionador. El entrenador puede olvidar una derrota. El seleccionador jamás olvida una decisión. Y quizá por eso los Mundiales no terminan cuando el árbitro hace sonar su silbato. Terminan cuando el hombre que tomó la decisión consigue, por fin, reconciliarse con ella.

La gloria no pertenece al más brillante. Pertenece al hombre que, después de equivocarse, nunca dejó de prepararse para volver a decidir. Porque, al final, los Mundiales no solamente descubren campeones. También revelan seres humanos. Y quizá ésa sea la enseñanza más profunda que nos dejan los grandes seleccionadores.

Por lo pronto, la primera cita con el destino es el próximo martes 30 de junio contra Ecuador. La historia dice que México debe superarlo, pero hay que enfrentar con seriedad y con el «cuchillo entre los dientes» al puro estilo del Vasco, pero sumando la sabiduría de Javier Aguirre.

El martes ya no jugarán solamente once futbolistas. Entrarán a la cancha todos los hombres de Javier Aguirre. Los que preparan la estrategia. Los que fortalecen la mente. Los que sostienen el cuerpo. Y los que, durante 24 años, ayudaron a construir al hombre que hoy vuelve a encontrarse con su destino.

A partir de ahí ya no hablará el pasado. Hablarán sus decisiones.

Esperamos el mejor de los resultados (continuar con vida), aunque la vida les vaya en ello.

Mientras tanto nosotros…

Veremos y diremos. Nosotros, como siempre, seguiremos en línea.

Hasta la próxima.

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