Las candidaturas de Morena para las diecisiete gubernaturas que se disputarán en 2027 no se van a resolver por los deseos o las rencillas de los grupos locales. En la política de cúpula, las piezas se mueven siempre en bloque. La nominación en una entidad es, por necesidad, la consecuencia directa de los equilibrios y los repartos que la dirigencia nacional pacta en el resto del territorio. Al ser un proceso simultáneo, el diseño de la geografía electoral completa depende de una regla que nadie puede evadir.
El factor determinante en este proceso es la paridad de género obligatoria por ley. El Instituto Nacional Electoral exige que los partidos postulen como mínimo a nueve mujeres y ocho hombres en este paquete de elecciones. Hasta el día de hoy lo que realmente existe en los insumos de la dirigencia son encuestas de reconocimiento, sondeos y simulaciones estadísticas para medir liderazgos. En esos ejercicios internos, los perfiles femeninos encabezan de forma nítida las tendencias en nueve estados clave por su peso electoral y complejidad: Nora Ruvalcaba en Aguascalientes, Julieta Ramírez en Baja California, Milena Quiroga en Baja California Sur, Andrea Chávez en Chihuahua, Rosi Bayardo en Colima, Beatriz Mojica en Guerrero, Geraldine Ponce en Nayarit, Tatiana Clouthier en Nuevo León y Lorenia Valles en Sonora.
Si estos números se confirman y se amarran las nueve posiciones femeninas en los mercados de votación más grandes, la presión de género sobre la dirigencia nacional se libera por completo para las entidades restantes. Es en ese punto exacto donde arranca un efecto dominó en el que el partido busca perfiles masculinos altamente competitivos para asegurar sus bloques de ajuste. Los ejercicios estadísticos internos ubican precisamente en esa ruta de consolidación a Pablo Gutiérrez Lazarus en Campeche, Carlos Torres Piña en Michoacán, Santiago Nieto en Querétaro, Eugenio «Gino» Segura en Quintana Roo, Gerardo Sánchez Zumaya en San Luis Potosí —un caso que se cuece aparte debido a la naturaleza de la alianza local con el Partido Verde— y Ulises Mejía Haro en Zacatecas.
Al final de este largo enroque nacional aparece Tlaxcala. Por su tamaño geográfico y el peso menor de su padrón electoral, el estado se convierte en la última pieza del rompecabezas, la válvula de escape perfecta donde la dirigencia nacional puede ajustar las cuentas finales del reparto sin desestabilizar los espacios electorales más grandes del norte o del centro del país. Mientras los aspirantes locales se desgastan en una guerra estéril de encuestas tradicionales de vivienda y llamadas telefónicas que suelen medir popularidad, los análisis predictivos y los cruces de datos que evalúan la conversión real de votos arrojan un escenario muy distinto. Los algoritmos de selección del partido priorizan la estabilidad territorial y la retención de las estructuras sobre la simpatías personales.
En este mapa estrictamente delimitado por las variables del sistema nacional, Alfonso Sánchez García posee las dos llaves determinantes que abren el candado de la candidatura en el estado. Primero, porque las proyecciones del árbitro electoral confirman que a Tlaxcala le corresponde la postulación de un hombre para cuadrar perfectamente la cuota nacional de género. Segundo, porque los careos institucionales y los estudios de preferencia local lo ubican de manera constante a la cabeza de las mediciones oficiales, de lo contrario la decisión se decantará por la senadora Ana Lilia Rivera. El destino político de Tlaxcala ya se está escribiendo en el cierre de la pinza nacional.
Fernando Jiménez | PulsoGob, consultor en comunicación política y estratega en gestión del poder. Fundador de la firma (pulsogob.com): Arquitectura Narrativa e Inteligencia basada en datos
Redes: @fernandojenz / @pulsogob Contacto: [email protected]
Foto de Morena Tlaxcala Oficial
miop









