Durante décadas, la televisión de espectáculos y el entretenimiento familiar en México se cobijaron bajo un manto de ligereza inofensiva. El chisme, la «ocurrencia» y los toques humor en estos géneros se convertían en las llaves para abrir la puerta a discursos que, en cualquier otro espacio, habrían sido inaceptables. Con esta mentalidad, por años se nos educó bajo la idea de que lo que pasaba en la pantalla chica «era solo televisión» y que, por ende, no había que tomarlo tan en serio. Sin embargo, el reciente y estrepitoso caso de Pedro Sola nos ha recordado, de la manera más cruda, que esas reglas ya no aplican en el mundo de hoy.
Como amante del cine y la televisión, y como estudioso de los fenómenos sociales que la alimentan, no puedo dejar pasar la oportunidad de hablar de este triste e indignante hecho, ya que es justo el límite entre lo que entretiene y lo que perjudica. Como amante de los animales, no puedo evitar alzar la voz por quienes no la tienen, siendo algo que concierne a todos.
Sugerir en cadena nacional el envenenamiento de perros y proponer «darle un balazo» a los dueños no es una inofensiva broma subida de tono; es, llanamente, una apología y normalización de la violencia y del delito. Cuando un comunicador con un micrófono de alcance nacional normaliza la crueldad, cruza la línea del entretenimiento para entrar en el terreno de la irresponsabilidad social. Y hoy, a diferencia de los años noventa, la audiencia ya no recibe el mensaje de manera pasiva.
Aquí entra la polémica —que alguno puede indefendiblemente defender—, respecto al sentido del humor; pero hasta donde sé, la emisión donde las declaraciones fueron dadas no es un programa de comedia o un stand up (de ser así, ya entraríamos en otros cuestionamientos que simplemente aquí no aplican). Por otro lado, viene a mi mente la reciente cinta protagonizada por Zendaya llamada “El drama”, donde se criticaba a su protagonista más duramente por un acto atroz que alguna vez pasó por su cabeza hacer, pero a lo cual ni remóntate se atrevió.
La diferencia aquí resulta en que no hablamos de una confesión de un momento oscuro, tampoco de un sketch de mal gusto. Hablamos de un juicio personal emitido de viva voz que perpetúa el maltraro a los seres sintientes en un país donde a diario existe abandono, comercialización y explotación hacia todas las especies. Por eso, es de esperar que bajo la lupa de las nuevas audiencias (directas o indirectas), este tipo de comentarios y acciones sean señalados en la medida que les corresponde.
Por otro lado, lo verdaderamente sintomático de este episodio no fue la reprimenda ética por parte de su televisora—a lo que el propio Salinas Pliego emitió una postura en sus redes sociales—, sino la reacción del mercado. El inicio en la desbandada de patrocinadores multinacionales que retiraron su pauta publicitaria no fue un acto de «censura», sino de supervivencia de marca. En la era digital, asociar un producto con discursos de odio es un suicidio comercial. El bolsillo y la presión de la audiencia en redes sociales se han convertido en los nuevos y más efectivos tribunales de la televisión.
Frente al escándalo, la defensa del conductor apeló a la «justificación generacional», argumentando que su edad y la época en la que creció moldean su mentalidad. Pero en el periodismo y el entretenimiento moderno, la evolución no es opcional. Escudarse en los años para justificar la crueldad o el desprecio civil es una dimisión de la responsabilidad profesional. Si un creador de contenido o comunicador se niega a entender el contexto en el que vive, el mismo medio que lo encumbró terminará por jubilarlo.
Este derrumbe del «blindaje» de figuras que por años parecían intocables ha abierto, además, una compuerta predecible: cuando el poder mediático de un personaje se debilita, el miedo de quienes lo rodean se desvanece. No es casualidad que, tras la polémica, comenzaran a tomar fuerza denuncias y señalamientos por parte del equipo técnico que por años guardó silencio. El declive de la credibilidad siempre tiene un efecto dominó.
La televisión de entretenimiento tiene la función de divertir, sí, pero nunca a expensas de la dignidad, la legalidad o la empatía básica. ¿Es este el único? No. Pero el caso de Pedro Sola puede marcar un precedente saludable: el fin del cheque en blanco para los comunicadores de la vieja guardia. La audiencia ya no se conforma con disculpas a medias ni con la nostalgia de «los viejos tiempos». El entretenimiento que se alimenta del prejuicio y la violencia, sencillamente, ya no da risa.
Angel Sarmiento
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