La campaña por la presidencia de los Estados Unidos llegó ya a la fase de desesperación para el Partido Demócrata. La manera más simple de definirla con sorna es que es el triunfo y debacle del DEI. Las iniciales de diversidad, equidad e inclusión, son más que un complejo trabalenguas en el chantaje y amañado de contrataciones y ascensos en empresas, agencias gubernamentales, universidades y fuerzas armadas, con el fin de aparentar la (i)rrealidad de una “América post-racista”. No se trata políticas de acción afirmativa en esteroides, como tampoco de la consecuencia lógica de los “derechos civiles” y cuantimenos expresión de la “justicia social”. Es antes bien el simulacro de “gobernanza”, “buenas prácticas” y “sinergias” que permite evacuar tales términos de significado a través de la promoción de estereotipos de nuevas y/o renovadas “minorías” a posiciones de “visibilidad”.
Sabedores de su impostura, son dóciles y manejables pues deben todo al sistema fraudulento del que son producto y permiten que la estructura de discriminación y opresión—el Estado en tanto sociedad de clases—se mantenga intacto. Que las poblaciones a las que dicen representar no les reconozcan ni avancen en lo más mínimo es irrelevante. Lo suyo es dar una pátina marrón al “liderazgo” estadounidense en lo que debemos llamar sin traducir “brownwashing”.
Kamala Harris, la vicepresidenta actual es quizás la persona que ha llegado más lejos por el brownwashing o DEI. Mujer de color, aunque se dispute si es india (originalmente o con ancestros del sur de Asia pero con en su caso pasando por el Caribe anglófono o sea las “West Indies” en inglés), negra, o jamaicana, hija no de inmigrantes sino de estudiantes internacionales en Ivy League, ha de jugar el papel de token para las personas que se autoidentifiquen como “de color”. Qué quiere decir ello, supone familiaridad con el racismo estadunidense, principalmente el que sobrevive en Jim Crow, oponiendo a blancos contra negros en una relación de odio fraterno (forjado en la esclavitud) pero subsumiendo a todos los no blancos en ello. Quién puede entrar o no en la blancura es un poco diferente de la simple “nación aria” de las prisiones. Reducida inicialmente a blancos anglosajones protestantes se integraba por personas de origen en el Reino Unido de Gran Bretaña, Alemania, y Países Bajos principalmente, con extensiones a Escandinavia y partes de Francia.
No incluía a católicos de esos mismos países pero inexorablemente los fue integrando, así como con judíos azkenazíes, sumándose así irlandeses e italianos. Españoles y portugueses seguirían para que con ellos algunos latinoamericanos y antillanos reclamen ya ese estatus. Lo relevante es la inscripción de un tercer espacio de ambigüedad entre la minoría afroamericana que es el gemelo de su opuesto relacional ario. Indefinido por lo que no es (ni blanco ni negro), la “gente de color” debe sentirse una con su descerebrada representante.
Kamla Harris es una terrible candidata, en primer término por su incontinencia verbal y abismal récord político. Su ingreso a la política californiana entra eufemísticamente en “la suerte de la consorte” y su carrera en el sistema judicial es atroz. Ya en el senado y sus intentos por competir por la presidencia son materia de burla por el falso entusiasmo dentro de su partido, pero sobre todo por la nula capacidad mostrada como vicepresidenta. Lo peor, empero, es la forma en que secuestra la candidatura como sustituta del presidente Biden, aupada por los Obama y los Clinton, así como el establishment del partido demasiado identificado con Hollywood, Silicon Valley, y Ivy League. Las mismas personas que promueven el ideal de una sociedad multicultural elitista, pretenden representar a las masas empobrecidas de una sociedad relacionada a través del lenguaje del racismo.
La desesperación del equipo de campaña ha sido más clara en la manipulación de entrevistas y apariciones en televisión y streaming. En ellas si algo destaca es el fraude que es la candidata a la oficina con mayores consecuencias no sólo en los Estados Unidos, como también el túnel sin salida que ha sido la indulgencia con las demasiado cómodas “vístimas” del racismo institucionalizado en la monserga DEI y el uso del resentimiento para su avance geométrico (sin base ni sustento).









