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El mundo iluminado

Por Redacción
24 julio, 2020
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El mundo iluminado

Miguel Ángel Martínez Barradas

La filosofía es una ciencia especulativa que observa las causas y efectos del ser, del mundo y/o de lo sagrado. La poesía es una ciencia estética que persigue a la belleza en todas sus formas. La filosofía apela a la razón. La poesía invoca al sentimiento. Filosofía y poesía son diferentes, pero nunca opuestas ni enemigas. Hay filosofía de la emoción, y poesía de la razón. Y entre ambas un puente invisible se levanta permitiendo a los espíritus elevados y sensibles caminar de una a otra innumeras veces.

La filosofía estoica es una rama de la filosofía que nos enseña el modo de alcanzar la tranquilidad y la felicidad independientemente de si una voluntad superior rige nuestras vidas. Zenón de Cito inició el estoicismo en el siglo tercero antes de Cristo y sus enseñanzas fueron readaptadas incontables veces en épocas posteriores. El estoicismo, es decir, el modo de vivir tranquilamente, llegó incluso a la poesía y tenemos para ello dos ejemplos. El primero lo hallamos en el poema “Invictus” (1875) de William Henley, que dice: «En la noche que me envuelve, negra, como un pozo insondable, le doy gracias al dios que fuere, por mi alma inconquistable. En las garras de las circunstancias, no he gemido, ni he llorado. Bajo los golpes del destino, mi cabeza ensangrentada jamás se ha postrado. Más allá de este lugar de ira y llantos, acecha la oscuridad con su horror, y sin embargo la amenaza de los años me halla, y me hallará sin temor. Ya no importa cuán estrecho haya sido el camino, ni cuántos castigos lleve mi espalda, soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma.»

Veinte años después, en 1895, Rudyard Kipling publicó un poema, también estoico, que complementa al anterior; dice así: «Si puedes mantener la cabeza en su sitio cuando todos a tu alrededor la pierden y te culpan a ti. Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti, pero también aceptas que tengan dudas. Si puedes esperar y no cansarte de la espera; o si, siendo engañado, no respondes con engaños; o si, siendo odiado, no incurres en el odio, y aun así no te las das de bueno ni de sabio. Si puedes soñar sin que los sueños te dominen. Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo. Si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso, y tratar a esos dos impostores de la misma manera. Si puedes soportar oír la verdad que has dicho, tergiversada por villanos para engañar a los necios. O ver cómo se destruye todo aquello por lo que has dado la vida, y remangarte para reconstruirlo con herramientas desgastadas. Si puedes apilar todas tus ganancias y arriesgarlas a una sola jugada; y perder, y empezar de nuevo desde el principio y nunca decir ni una palabra sobre tu pérdida. Si puedes forzar tu corazón, y tus nervios y tendones, a cumplir con tus objetivos mucho después de que estén agotados, y así resistir cuando ya no te queda nada salvo la Voluntad, que les dice: «¡Resistid!». Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud. O caminar junto a reyes, sin menospreciar por ello a la gente común. Si ni amigos ni enemigos pueden herirte. Si todos pueden contar contigo, pero ninguno demasiado. Si puedes llenar el implacable minuto con sesenta segundos de diligente labor: Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella, y —lo que es más—: ¡serás un Hombre, hijo mío!»

Resistencia es la palabra que hermana a los dos poemas. Henley fue un poeta inglés que perdió su salud y una pierna cuando niño, y Kipling fue un poeta nacido en la India que vio morir a su hijo en la Primera Guerra Mundial, a él dedicó su poema. La enfermedad, en el primer poeta, y la muerte, en el segundo, son las heridas que nunca cerraron en sus vidas, y sin embargo, fueron dichosos. Desde su primera aspiración y hasta la postrera exhalación ambos se enfrentaron a los embates de la vida, de esta vida que también a nosotros nos azota y busca ver humillados y vencidos, heridos en la tierra y sin esperanzas en las manos. Enfermedad y muerte son los mayores terrores a que nos enfrentamos, pues así como tememos la pérdida de la salud y de la vida propia, así también nos horrorizamos cuando la salud y la vida de quienes amamos se nos escapan, haciendo que la realidad se asemeje a un sueño sin sentido y sin salida.

Los últimos versos de Henley dicen: «soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma»; y los últimos de Kipling rezan: «Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella». ¿Qué se necesita para que nosotros, que no somos ni filósofos ni poetas, aprendamos la manera de alcanzar la felicidad? Los antiguos nos dirían: «Conócete a ti mismo», y si bien la sentencia es verdadera, ayuda poco a los desamparados. Y aunque resumir aquí la manera correcta de vivir es inútil, es posible adelantar que nuestros actos deben siempre en favor de dos acciones: la búsqueda de la razón (filosofía) y la búsqueda de la belleza (poesía), pues ambas unen sus caminos en el de la Verdad. Y una vez que hemos adquirido esta consciencia sobre la importancia de la razón y de la belleza es necesario hallar la manera de ponerlas al servicio de uno mismo, pero también del mundo y del espíritu. El camino es largo y difícil, pero necesario cuando lo que se busca es la felicidad.

Practicar el estoicismo nos hará entender y aceptar que el mundo exterior, el de las masas, y no el interior, el del espíritu, siempre será injusto e insalvable de su ignorancia. Ser estoico no es sinónimo de conformismo, sino de desapego, de desprendimiento, de sabiduría. Si la tranquilidad y la felicidad están en nuestras aspiraciones es menester, entonces, que nos convirtamos en amos de nuestro destino y en capitanes de nuestra alma, que abandonemos la recurrente inclinación a culpar a los demás por nuestras fallas y hagamos de nuestra voluntad, guiada por la razón y por la belleza, el único bote que habrá de llevarnos más allá de este fugaz sueño llamado vida y resistir, inconquistables a la oscuridad de la noche.

www.elmundoiluminado.com
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Etiquetas: El mundo iluminadoMiguel Martínez BarradasResistir a la noche
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