Natalia Téllez Rivas
Todos los idiomas tienen un origen social que responde a la necesidad de comunicarnos, una lengua es como un ser vivo: nace, se desarrolla y muere; la estructura que adopta cada sistema lingüístico en todo el mundo es resultado de una evolución que nos permite organizar nuestro pensamiento para transmitir con claridad ideas, conceptos, emociones y todo lo que podamos imaginar.
El español formó su gramática básica, o sea su estructura, hace siglos y parte de sus características es que distinguimos entre masculino y femenino, en el que prevalece el primero por razones históricas que no tienen que ver necesariamente con una predominancia de los hombres sobre las mujeres; el fenómeno responde más bien a que mientras se concretaban sus características se empezaron a designar como masculinos más conceptos que en femenino, de tal manera que por economía de lenguaje el genérico tomó la forma masculina.
Nuestro idioma no está plagado de palabras machistas, la gramática de nuestro idioma no tiene género como tal; lo que sí existe son frases del colectivo hechas con una carga negativa hacia las mujeres y muchas ideas transmitidas por el lenguaje que tienden a provocar desequilibrio entre el valor de las mujeres con relación a los hombres.
Por ser el lenguaje la herramienta para impartir justicia, quienes lo utilizamos día a día con este fin tenemos que ser conscientes de que la carga de desigualdad de género no está en sí en nuestro idioma, sino en la forma en que cada uno se expresa y cómo se interpreta.
En la lucha para lograr la igualdad de género se ha propuesto usar el «lenguaje incluyente», que en español sugiere desde el desdoblamiento de género (por ejemplo, ciudadanos y ciudadanas), el uso de @ en lugar de la vocal que identifica el género de una palabra (por ejemplo, abogad@, actor@), hasta el planteamiento de colocar «e» en lugar de la vocal que denota género (todes, en vez de todas y/o todos).
Todas estas propuestas tienden al fracaso a corto plazo porque lo que proponen es cambiar la estructura del idioma español y para eso tendríamos que aprender a pensar de otro modo; lo que tal vez se logre con el paso de varias generaciones.
Lo que sí se puede comenzar a practicar en la redacción de sentencias, es, en medida de lo posible y sin que este esfuerzo opaque la impartición de justicia en cada caso específico, tratar de utilizar adecuadamente palabras que tienen forma femenina y masculina, por ejemplo, usando tanto juez como jueza; o prefiriendo términos que indiquen la acción y no a la o el que la desarrolla; por ejemplo, decir el electorado, en vez de los electores y las electoras.










