Miguel Ángel Martínez Barradas
Un interesante cuento de Gabriel García Márquez dice así: «El criado llega aterrorizado a casa de su amo. —Señor –dice– he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de amenaza. El amo le da un caballo y dinero, y le dice: —Huye a Samarra. El criado huye. Esa tarde, el señor se encuentra a la Muerte en el mercado. —Esta mañana le hiciste a mi criado una señal de amenaza –dice–. —No era de amenaza –responde la Muerte– sino de sorpresa, porque lo veía ahí, tan lejos de Samarra, y esta misma tarde tengo que recogerlo allá».
El cuento se titula “La muerte en Samarra” y por su ingeniosa narración y deslumbrante brevedad el lector, en la mayoría de las veces, no dudará en releerlo. El tema principal del cuento es la inevitabilidad del destino, pues el criado, pensando que huye de la Muerte, escapa hacia Samarra sin saber que allá habrá de encontrarla. Interesante es que la Muerte se sorprenda al ver al criado en el mercado, pues una pregunta se abre: ¿acaso la muerte, con toda su potestad, desconoce también el futuro? Parece que sí y por eso hace un gesto de sorpresa al ver al criado en el mercado. Lo anterior permitiría aseverar que tanto los hombres como la Muerte son víctimas del destino, piezas de un juego que se comienza sin que las reglas hayan sido anunciadas. ¿O quién de nosotros podría afirmar que nunca ha pensado que la vida no es más que una terrible broma, una apuesta en la que es imposible ganarle a quien ha lanzado los dados?
Los antiguos griegos imaginaron que el destino era femenino, así, la diosa que lo representó fue Ananké, cuyo nombre significa angustia, calamidad, necesidad. El esposo de Ananké fue el dios Cronos, que es el tiempo, y entre los varios hijos que de ellos nacieron estamos nosotros, subyugados a una existencia de angustia y de tiempo que nos devora lentamente. Del vientre de Ananké nacieron nuestras hermanas mayores, los griegos las conocieron como moiras y los romanos, como parcas, pero a fin de cuentas eran las mismas y su misión, como la de su madre, era ponerle fin a nuestros días. Los nombres griegos de estas tres son Cloto, Láquesis y Átropos. La mayor, Cloto, se encargaba de formar una madeja con el hilo de la vida; la de enmedio, Láquesis, determinaba con una vara la extensión del mismo; la más chica y terrible, Átropos, poseía unas tijeras con las que lo cortaba una vez que éste había girado en la rueca y sido medido por la vara. Cortado el hilo, terminaba la vida.
El cuento de García Márquez con el que iniciamos, si bien es ingenioso, no es novedoso, pues ya mucho tiempo antes una historia similar había ocurrido en la antigua Grecia, y es que no podía ser de otra manera, pues los griegos fueron los primeros en pensar el mundo. La historia dice así: Layo y Yocasta son reyes de Tebas y esperan un bebé. Su curiosidad malsana los llevó a buscar al oráculo quien les vaticinó un futuro desgraciado, si dejaban que el bebé naciera. Incapaces de matar a su propio hijo, esperaron a que Yocasta diera a luz y tan pronto como el niño nació se lo entregaron a un pastor para que lo asesinara. El pastor se llevó al niño, pero, debilitado por la compasión, sólo le atravesó los pies y lo dejó colgado en un árbol; Layo, Yocasta y el pastor, al no matar al niño, desafiaron al destino. El niño no murió, fue rescatado, creció y sin quererlo ni desearlo regresó a la casa de Layo y de Yocasta, matando al primero y casándose y embarazando a la segunda, y cuando supo que ellos eran sus verdaderos padres se sacó los ojos y exilió en el desierto. Este niño que cumplió con un funesto destino se llamó Edipo y el crimen que cometió para merecer tan terrible castigo fue sencillamente el haber nacido.
El nombre ‘Edipo’ significa ‘el de pies hinchados’, y este nombre es a propósito de que cuando niño fue atravesado en sus pies con un gancho a fin de que las fieras hicieran lo que los hombres no pudieron: matarlo. Edipo lleva en su nombre su destino (¿no será igual con nosotros?), y esto explica porqué cada uno de sus pasos lo llevaron de un error a otro, su andar de pies hinchados fue un andar de dolor. ¿Por qué Edipo abandonó la tierra de su padre adoptivo, Corintio, y se fue a la de sus padres biológicos, Tebas? Porque Edipo se enteró de que él mataría a su padre y desposaría a su madre y queriendo alejarse de quien él creía que eran sus progenitores, se acercó a quienes verdaderamente lo eran, es decir que Edipo, como el criado del cuento de García Márquez, corrió hacia su destino sin saberlo.
El criado del cuento y el príncipe del mito pareciera que cumplieron con aquello de que quien se resiste al destino termina siendo arrastrado por éste, sin embargo, no podemos dejar de lado que el destino ha quedado en ocasiones fuera de toda consideración para poner en su lugar otra cuestión igual de polémica: la del libre albedrío, y es que así como algunos griegos estuvieron de acuerdo en que el destino era lo que empujaba la vida humana, otros, como Aristóteles, rebatieron estas ideas argumentando que es uno mismo quien se forja su propia vida y que aquello que algunos llaman mágicamente destino no es más que la consecuencia de una causa. Este filósofo deja abierta una interesante pregunta: ¿no será que apelar al destino es en realidad la oportunidad para desligarnos de nuestras responsabilidades para con los demás?
¿Existe el destino o no? Los griegos, en su sabiduría, fueron incapaces de responder, ¿qué podemos, entonces, responder nosotros desde nuestra ignorancia? Lo más prudente es que, si nuestra respuesta es impositiva, nos la guardemos y pensemos mejor en algo que hemos dejado pasar: en el cuento con que iniciamos, el señor le da a su criado dinero y un caballo para que huya de la Muerte, sin embargo, es por este gesto de ‘ayuda’ que en realidad lo condena a su trágico desenlace. Pensando en nuestra vida propia ¿qué tanto de esa ayuda que nosotros damos ‘de buena fe’ no es más bien una sentencia de muerte? ¿No será acaso que caminamos como Edipo, torpe y dolorosamente? ¿No podría ser que nuestra bondadosa ignorancia sea el esmeril en el que las moiras afilan sus tijeras y nos llevan a Samarra como cómplices del destino?










