Si todos al despertar por la mañana, nos dijéramos a nosotros mismos lo siguiente, el día a día sería mucho más sencillo: ‘Hoy me encontraré con situaciones inconvenientes, realizaré actividades en gran medida inútiles y desperdiciaré mi tiempo por atender asuntos ajenos, sin embargo, y a pesar de la maraña que me espera, la felicidad se esconde cual diamante y mi único deber es encontrarla’.
Saber diferenciar lo que está en nuestras manos de lo que no lo está es fundamental para evitar estados de crisis o, si ya estamos en uno, para poder salir salvos. Sin embargo, casi nadie sabe que hay que saber diferenciar lo que está en nuestras manos de lo que no lo está y es por este no saber que solemos ir por la vida creyendo que tenemos el deber de cambiar las situaciones, de corregir a las personas, de modificar la realidad de tal manera que se ajuste a nuestra percepción, en resumen, queremos que todo sea a nuestro antojo y cuando vemos que tal empresa no es más que un despropósito nos encolerizamos y asumimos que todos son nuestros enemigos y nosotros una víctima incomprendida, pero lo cierto es que muchas veces el origen del mal está dentro de cada uno de nosotros.
Puesto que casi nadie se levanta por la mañana con la consciencia de las vicisitudes de la vida ni con el conocimiento de lo que está en sus manos y de lo que no lo está, vive expuesto al miedo, a la ansiedad y a la frustración. La tristeza no es más que un malentendido de lo que el mundo en verdad es, pues quien comprende al mundo lejos está de los sentimientos adversos.
Cuando nos sentimos insatisfechos con la vida debido a problemas intelectuales, emocionales, sociales o físicos más que buscar comprender la causa de nuestra insatisfacción, queremos soluciones expeditas que nos corrijan el sendero sin importar si entendemos lo que nos ocurre. Es decir, en lugar de que cada quien busque comprender la causa de sus males, prefiere que otro se los resuelva, sin embargo, cuando la experiencia que estamos viviendo no nos otorga ningún aprendizaje es muy posible que volvamos a tropezar con la misma piedra.
Deslindarnos de nuestras obligaciones y pretender que alguien más nos resuelva nuestros problemas nos convierte en individuos pasivos y crédulos, en personas incapaces de cuestionar cuanto ven y escuchan en su día a día. Esta actitud apática es la que ha favorecido la proliferación de charlatanes en todas las ramas del conocimiento y que hoy en día se presentan como especialistas, maestros, gurús y/o científicos poseedores de la última palabra, de la verdad. Nuestra sociedad insiste en obtener soluciones fáciles a sus problemas y con el mínimo esfuerzo y esto es por su negativa a saber diferenciar lo que está en sus manos de lo que no lo está. Charlatanes hay en todas las ramas del conocimiento, sin embargo, enfoquémonos en aquellos que pertenecen a lo que popularmente se conoce como las ciencias ocultas, las cuales se caracterizan por la práctica de alguna mancia, es decir, de un método de adivinación. Antes de continuar es preciso decir que no todos los estudiosos de las ciencias ocultas son charlatanes, pero debido al gran número de farsantes hoy son menospreciados y tomados como tales.
De entre la variedad de mancias existentes, es la cartomancia la que más curiosos atrae. La cartomancia es la ciencia que adivina el futuro a través de las cartas, siendo el tarot la baraja más utilizada para tales efectos. Pero el tarot no siempre fue una baraja profética, en sus inicios era más bien un juego de mesa y fue hasta el siglo XVIII cuando se le atribuyeron propiedades sobrenaturales emanadas de los misterios del antiguo Egipto. Las investigaciones realizadas por tarotistas serios dejan ver que casi nada de ese pasado hermético egipcio existe realmente en el tarot y que, además, este conjunto de cartas tampoco es adivinatorio, sin embargo, esto no quiere decir que no comunique un mensaje, pero ¿si el tarot puede decirnos algo, cómo lo hace?
Miguel Canseco, en su libro “El tarot: del dilema a la metáfora”, responde así: «La vida es tan impredecible como una tirada de tarot y de ahí la singular efectividad de este medio para atisbar las posibilidades que ofrece el futuro. He notado un patrón consistente en las personas que se acercan a una consulta cartomántica: prácticamente todos transitan por un dilema. Quieren respuestas rápidas a problemáticas específicas cuya ambigüedad los hace sufrir. El lector de tarot y su consultante, inmersos en el acto de desplegar e interpretar símbolos, tejen una red de transferencias emocionales e intelectuales. Eventualmente, una imagen resulta significativa para el consultante y la vincula con algún hecho de su vida: la carta no tiene relación causal con ello, pero describe una situación presente o hace manifiesto un contenido que se encontraba latente en un plano inconsciente. El tarot, en este sentido, es un libro de experiencias humanas que no basta con conocer desde un punto de vista teórico. Hay que vivirlas.»
El mazo de tarot que más repercusión ha tenido es el de Marsella. Lo conforman 78 cartas divididas en 22 Arcanos Mayores y 56 Arcanos Menores. Son los Arcanos Mayores los que más interés despiertan por los personajes representados en ellas. La serie comienza con El Mago y termina con El Mundo. Todas las cartas están numeradas, a excepción de El Loco, que puede estar en cualquier posición. Fue el psicoanalista Carl Gustav Jung quien dotó al Tarot de un sentido menos hermético y más humano, a partir de entonces son varias las lecturas terapéuticas de las cartas que se han propuesto. ¿Y por qué terapéuticas? Ya lo hemos dicho, porque casi nadie sabe diferenciar lo que está en sus manos de lo que no está. Las cartas, lejos de tener propiedades mágicas, son una herramienta para darnos cuenta de algo que en nuestras vidas ocurre y que nos negamos a ver. ¿Cómo abrir los ojos? Imitando a El Loco, que en su viaje de autoconocimiento se abisma en cada uno de los Arcanos, mismos que son el espejo del alma.









