Por Fernando Jiménez
En la actual carrera por la presidencia de la República, los aspirantes de Morena han desplegado una variedad enorme de slogans en un intento por conectar con su target. Claudia Sheinbaum se presenta como «Claudia SH» y promueve el lema «Yo amlo a Claudia” entre otros. Adán Augusto utiliza frases como «Ahora es Adán», «Yo voy con Adán» y «Estamos Agusto». Marcelo Ebrard opta por slogans como «Con Marcelo Sí», «Con Marcelo somos más» y se autodenomina «El Carnal Marcelo de la 4T». Gerardo Fernández Noroña al parecer ya no quiere ser Fernández y dice «Soy Noroña” todo esto en una serie de experimentos de comunicación para tratar de subir su nivel de conocimiento.
Esta proliferación de slogans plantea interrogantes sobre la planificación estratégica al interior de los equipos de comunicación de los candidatos. ¿Es resultado de una falta de coordinación y enfoque en la transmisión de un mensaje claro? ¿Revela dificultades para encontrar factores diferenciadores que los posicionen favorablemente ante su electorado? O quizás solo refleja una indefinición en los valores únicos y propuestas de los aspirantes.
La abundancia de slogans genera sobreinformación y confusión entre los votantes. En lugar de transmitir un mensaje único, coherente y convincente, los candidatos corren el riesgo de diluir su imagen y propuestas en un mar de frases llamativas, pero poco sustanciales. Los slogans, por sí solos, no garantizan una conexión efectiva con el electorado especialmente si no están respaldados por una plataforma sólida de ideas y valores que haga coherencia con las figuras públicas, así que no es difícil imaginar que pasa cuando tenemos alrededor de estas una colección de mensajes, frases ingeniosas, motes chuscos, dibujos, hashtags, alusiones directas e indirectas, todo ello plasmado con el código de colores de Morena. Confusión absoluta.
Los aspirantes requieren realizar campañas basadas en la claridad y transparencia, donde ofrezcan propuestas sustanciales y concretas. Si bien el uso abusivo de slogans plantea dudas sobre la planificación estratégica al interior de los equipos de comunicación, la indefinición de valores revela la incapacidad para construir una línea de comunicación que camine en una sola dirección.
Es sabido que uno de los desafíos de los aspirantes radica en desarrollar propuestas y mensajes nítidos que respondan a las necesidades de los electores para demostrar que hay una visión clara y sólida para el país. En este sentido el ejercicio de la comunicación con la gente precisamente debería ser una demostración de estas capacidades.
La proliferación de slogans en la contienda presidencial plantea interrogantes sobre la planeación estratégica, la coordinación de la comunicación y la aparente ausencia de una cadena de mando capaz de desdoblar una estrategia clara, que coordine las diferentes voluntades que apoyan a sus respectivos candidatos en los diferentes espacios físicos y digitales.
Ante la escalada en la cantidad y variedad de mensajes muchos se cuestionan si esta «lluvia de ideas» es un juego publicitario en el cual el ganador será aquel que cuente con más presupuesto y por ende más espacios publicitarios, o es simplemente una decoración, un «escenario democrático» en el que el líder del movimiento ejercerá su prerrogativa de señalar con el índice al elegido, aquel que deberá continuar con el proyecto de la cuarta transformación el siguiente sexenio. ¿Usted qué opina?
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