El asunto es de suyo escandaloso. Tanto que ha eclipsado las simulaciones y acomodos a los que obligó el desplante del excanciller Marcelo Ebrard dentro de morena. Al desfile de esperpentos en una aberrante no-elección “primaria” interna del que no es partido sino repartimiento del presidente, como a los enroques del gabinete, se impuso en la opinión pública y publicada el affaire “prietos en aprietos”. Sucintamente María Elena Ríos (conocida como “la saxofonista”), activista en pro los derechos de las mujeres para una vida libre de violencia e ícono de la ley antiácido, por el siniestro sufrido en contra, acusó de “depredador sexual” (sic) al actor Tenoch Huerta, mundialmente conocido desde 2022 por su papel de Namor en WAKANDA FOREVER (en México su lanzamiento fue el protagónico “Sombra” de la película GÜEROS en 2014). Huerta se defendió pasadas más de veinticuatro horas de las acusaciones de Ríos. No se tiene otra cosa que la palabra de cada uno, así como la distorsión de las redes sociales, y desborde en los calificativos, contribuyendo a que se acredite a las personas fuera de criterios de verdad por las condiciones de opresión conjugada de las que pretenden ser “víctimas” o “sobrevivientes”. Además de ello hay que acotar que ninguno de los dos es sólo activista o actor. Ambos se toman en serio la faceta de “influencers” (sic) y en tanto han colaborado en la que además de campaña mediática—“Poder Prieto”—es grupo de presión y chantaje corporativo (además de posible AC). Las desavenencias de ambos, que fueron pareja sentimental, oscilan de lo farandulero y simbólico a lo político e ideológico.
Vamos por partes; el uso del término prieto se da para identificar y significar a aquellos que han sufrido discriminación y abuso de parte del resto de la sociedad por el tono de su piel (así como ciertos rasgos, forma y textura del cabello). Si bien el referente determinante de la plataforma es la estadounidense—Black Lives Matter—debe contrastarse contra el “poder marrón” del Perú. Nada en “Poder Prieto” es original fuera de la “controversia” respecto al racismo en México. Contra ello es que se afirman, dejando sin definir qué constituye discriminación separada de mal trato, pero fundido con abuso. Si bien “prieto” procede del portugués (queriendo decir negro) es ciertamente usado en México como término tanto de abuso como de afecto, dándose la diferencia por las relaciones entre las personas. Otros términos del español en la trata esclavista como nigérrimo han sido abandonados por su adopción en los Estados Unidos como el más degradante de los insultos. Pese a que los alegatos de la campaña como el libro ORGULLO PRIETO (firmado por Huerta) dudosamente resistan el análisis más elemental, pudiendo identificar de qué autores afroamericanos están traducidos y apropiados sin capacidad de resignificación, no se trata de una intervención académica. Tampoco política, pues en la conformación del pueblo afroamericano—a proyectar tras el censo del 2020—están ausentes los principales figurones de la campaña. Su área de influencia es principalmente en el empleo de los actores y artistas performativos (danza y música) de tonos de piel más oscura, dándoles presencia mediática (sin traducirse en otra política de representación). Su superficialidad e improvisación han permitido que sean varios los escándalos y yerros de la campaña, teniendo una relativa credibilidad acotada a quiénes se identifiquen con el agravio.
Por principio de cuentas hay que ubicar a la campaña entre la minoría de mexicanos con acceso a redes sociales y especialmente los jóvenes pues su mayor tráfico es en Instagram y Twitter. Es dentro de ese universo y lo que se debata ahí como puede o no valorarse. Como mencioné antes su premisa mayor es elocuente. La sociedad mexicana es racista y lo menos que debemos hacer es aceptarlo, hacer consciencia política de ello, y ponderar cómo eliminarlo tanto del espacio público como del fuero interno. La premisa menor es siempre ya errónea, delirando el racismo (así sea conjugado por clase) sigue las pautas de la segregación estadounidense y podemos hablar de bien acotados y diferentes grupos racializados entre mexicanos, que en su versión más simplona se mantienen estables desde la época virreinal. Tal reduccionismo es un absurdo histórico sociocultural, en el que se muestra la ausencia de “filtros” respecto a las agencias de publicistas y consultores sin educación ni escrúpulos, como también insulto a la inteligencia de los mexicanos que pueden dedicarles tiempo y dinero en datos. Lógicamente con una premisa menor errónea es que todas las conclusiones lo serán también. En el antecedente peruano antes mencionado, la vanguardia hecha por estudiantes universitarios y grupos intelectuales contestatarios han logrado impactar el debate político con las publicaciones LA PIARA (antes EL PANFLETO) o el sitio de traducciones académicas “Cholonautas”. Mientras los “chanchos marrones serranos” ponen en jaque a la Lima de Miraflores y demás espacios de privilegio con sus “pezuñas” al teclado, el “cholaje” sin ningún respeto por las leyes de Copyright traduce en beneficio de estudiantes latinoamericanos a investigadores y escolares sobre el racismo con un muy buen sentido de oportunidad respecto al canon y el radicalismo confrontando clase y género con raza. Para el caso estadounidense, el liderazgo de Black Lives Matter es un corruptísimo ejemplo de para qué pueden servir esas plataformas. Fraudes y abusos, chantajes y en sí la estrechez de miras y capacidad los han ido marginando de las conversaciones o reducido al nicho del resentimiento.
Por supuesto que la campaña divide opiniones como casi todo lo que ocurre en redes. No es un espacio de moderación, matices, sutilezas ni asegunes. Las contradicciones descalifican y se está con o contra ellos para dos minorías relativas. Así están los que rechazan no sólo su premisa menor y conclusiones sino la mayor también. Los que recurren a las diferentes formas de racismo para pelear y quiénes en franco ridículo les han imitado como cagaleches culicagados (Whitexicans), alegando se sufre más en México siendo cara-pálida, burgués y cretino. Semejantes provocadores no merecen sino escarnio. Evidencian que hay un amplio espectro no sólo dispuesto a creer lo peor de los integrantes de la campaña, sino a exagerar y sacar de proporción las versiones que circulen con tal de externar su repudio por Huerta, Ríos, y todos los demás integrantes de las agrupaciones en colectivas. Con ello lo que nos muestran es que lejos de ser otro elemento de división o polarizaciones, el rencor y odio “a flor de piel”, también unen a buena parte de la ciudadanía y electorado con un lenguaje común: el autodesprecio. No es sólo el clasi-racismo y sexismos, es la oligofrenia y alienación como marca/falta multi-generacional. La misma será exagerada durante el ciclo electoral (apenas inaugurado). Por ende, es importante seguir el caso no sólo como otro chisme de farándula, desfonde de la plataforma y campaña, también como bengala iluminando por dónde irán los tiros.









