Pensamos que vamos a vivir por siempre, o quizás ni siquiera nos tomamos la molestia de reflexionar en torno al paso del tiempo y el final de nuestro ciclo. Cuando somos jóvenes hacemos planes, soñamos despiertos con todo lo que haremos cuando seamos grandes, cuando lleguemos a la vida adulta, y de repente, y sin que sepamos cómo pasó, la adolescencia se acaba y de la infancia no quedan sino rescoldos de lo que alguna vez ardió. El tiempo de soñar se acabó y con él, toda posibilidad de convertirnos en lo que anhelábamos. En la cárcel de la adultez los únicos sentimientos que quedan son los de la insatisfacción y la tristeza por no habernos convertido en lo que soñábamos, ¿y qué hacemos entonces?, prolongarnos en nuestros hijos.
Si como los adultos que somos pudiéramos regresar en el tiempo y presentarnos frente al niño que fuimos, ¿qué diría éste de nosotros?, ¿sus sentimientos serían de orgullo o de decepción?, ¿nos haría ver nuestro error o nos celebraría por nuestro acierto? Veámonos al espejo, ¿somos aquella persona con la que alguna vez soñamos o nos entregamos a la tormenta de la cotidianidad que todo lo destruye, incluyendo los sueños?
Lo más difícil de crecer, quizás, sea darnos cuenta de que la infancia es un paraíso perdido que pocas veces llegamos a valorar como se merecía. Ahora que somos adultos las responsabilidades han aumentado, el tiempo libre ha disminuido, las deudas nos han vaciado los bolsillos y sentimos que no nos queda más alternativa que perdernos en algún vicio para ignorar la realidad, o al menos esto que llamamos “lo real”.
Crecimos antes de lo esperado y muchos de nuestros sueños, de nuestros ideales y de nuestras creencias se quedaron guardados sin que hayamos podido aprovecharlos, sin embargo, todavía hay una solución, o al menos eso pensamos, hacer de nuestros hijos aquello que no pudimos hacer con nosotros mismos. Nuestros hijos son jóvenes, están todavía en la etapa de la infancia, en el paraíso perdido, por lo que las posibilidades para que se conviertan en una obra maestra son considerables; haremos de nuestros hijos ese “alguien en la vida” que no pudimos ser nosotros. A primera vista es lo ideal, a primera impresión es un acto “amoroso” que busca evitar que nuestros hijos caigan en la misma desgracia que nosotros y por ello es que los obligamos a que aprovechen el deporte, a que aprendan idiomas, a que dominen un instrumento musical, a que saquen buenas notas en la escuela, a que se vistan bien, a que practiquen la religión, a que tengan ideales políticos, etcétera; en nuestro afán de hacerle un bien a nuestros hijos, los empujamos a que hagan aquello que a nosotros no nos fue permitido, pero en esta obstinación no nos damos cuenta de que en realidad, al hacer de ellos lo que no pudimos hacer con nosotros mismos, los estamos empujando al precipicio, coartándoles toda posibilidad de vivir su propia vida.
Ser “buenos padres” muchas veces se confunde con ser padres asfixiantes. El hecho de que siempre estemos detrás de nuestros hijos para que hagan un sinfín de actividades no quiere decir que necesariamente estemos actuando con amor, pues el amor únicamente puede germinar en una tierra regada con las aguas de la libertad, por lo que en donde hay opresión, no hay libertad y tampoco, amor.
El hecho de que a nosotros se nos haya “acabado” el tiempo tan rápido y que por ello mismo “ya no podamos hacer” aquello con lo que soñábamos cuando niños es lo que nos lleva a proyectarnos en nuestros hijos. En muchas ocasiones, más que buscar una educación genuina para nuestra descendencia lo que estamos buscando es convertirla en aquello que no pudimos ser. La proyección en los hijos es más frecuente de lo uno piensa y ocurre en actos que podríamos estar confundiendo con el amor. La identificación de los hijos hacia los padres es natural, pues los niños buscan un modelo a imitar en aquello que les parece fuerte y ejemplar, pero el hecho de que en algunas cosas nuestros hijos se parezcan a nosotros dista mucho de convertirlos en una versión en miniatura de nosotros mismos. La psicóloga Martha Alicia Chávez Martínez, en su obra Tu hijo, tu espejo, lo explica de la siguiente manera:
«Si queremos aportar algo trascendente a la sociedad, ofrezcámosle hijos amados, porque estaremos ofreciendo personas honestas, productivas, buenas y felices. Los padres proyectamos en nuestros hijos nuestras expectativas de la vida, nuestras frustraciones, nuestras etapas de la infancia o adolescencia sin resolver, nuestros “hubiera” y nuestras necesidades insatisfechas, esperando inconscientemente que ellos se conviertan en una extensión de nosotros mismos y que cierren esos asuntos inconclusos. Conocer la “parte oculta” de nuestra relación, comprender por qué ese hijo, específicamente ése, nos saca tan fácil de nuestras casillas, por qué nos desagrada, por qué nos es tan difícil amarlo, por qué estamos empeñados en cambiarlo, por qué lo presionamos con tal insistencia para que haga o deje de hacer, nos abre la puerta a la posibilidad de un cambio profundo en la relación con él. Darnos cuenta contribuye a transformar los sentimientos de rechazo, rencor y su consecuente culpa, que pueden resultar devastadores, facilitando el paso al único sentimiento que sana, une y transforma: el amor.»
La proyección en los hijos, en última instancia, es la manifestación de un miedo inconsciente a la muerte. Nos negamos a morir y por ello es que buscamos prolongarnos egoístamente en la vida de nuestros hijos, los cuales si bien son nuestros, en el sentido de que les dimos la vida, no son nuestros en tanto que ellos son individuos independientes con sus propios sueños y aspiraciones. Amar a los hijos solamente es posible cuando, en aras de conseguir su libertad, nos imponemos límites a fin de no convertirnos en unos padres indeseables. Un hijo es un maestro que ha venido a enseñarnos algo, como él también lo aprenderá en este ciclo sin fin.
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