En México hemos romantizado el emprendimiento. Los emprendedores son los héroes modernos: se les aplaude desde las conferencias motivacionales hasta las redes sociales. Tanto, que hoy se le llama “emprendimiento” a prácticamente todo: desde el comercio ambulante, pasando por la venta de piratería en línea, hasta proyectos con modelos de negocio sólidos.
Como tantas otras cosas en nuestro querido país, es kafkiano que idolatremos a los emprendedores, pero al mismo tiempo la narrativa oficial ha estigmatizado a los empresarios, la evolución natural de cualquier emprendedor exitoso.
Y la contradicción va más lejos: aunque veneramos al emprendedor, no hemos sido capaces de construir un ecosistema que lo impulse. Mientras tanto, los empresarios —a pesar de mañaneras furibundas y políticas económicas erráticas— siguen gozando de cierto reconocimiento social por su papel como generadores de empleo. Reconocimiento que ni la retórica más agresiva ha logrado arrebatarles.
Hoy todos quieren ser emprendedores, está de moda… hasta que descubren lo caro, lento y agotador que es convertirse en empresario. Ser emprendedor es cool, nos lo machacan los concursos de pitch, las incubadoras universitarias, los coaches de TikTok y las charlas de hotel boutique. Pero la realidad golpea duro en cuanto apartas la vista de los likes, el 75% de las empresas mexicanas muere antes de cumplir cinco años y más de la mitad no llega al tercero.
Nos enamoramos de la narrativa del “joven visionario que desde su cochera cambió al mundo”. En la práctica, la mayoría de startups mexicanas son changarros con Wi-Fi. Y abrir una página de Facebook no convierte a nadie en empresario; apenas les abre la puerta al tenebroso mundo de los impuestos, la nómina, la burocracia, clientes que pagan a 90 días y, en cada vez más ciudades, al cobro de piso o la extorsión.
El ecosistema emprendedor mexicano funciona un poco como un reality show en el que se glorifica al chavo simpático que arma un PowerPoint futurista y lo defiende en cinco minutos de pitch. Para ello sobran escenarios: hackatones, congresos, aceleradoras, hasta juntas corporativas buscando al próximo Bill Gates. El resultado es que, tristemente, la mayoría de esos proyectos terminan como anécdota en una “FuckUp Night”.
En Puebla, las ferias universitarias de emprendimiento abundan. Ideas recicladas de apps de comida saludable, plataformas de delivery “diferentes”, marcas de ropa personal, Apps que hacen lo mismo, o cafés instagrameables. ¿El saldo? Ventas mínimas, clientes que no regresan, pero muchos aplausos, diplomas y likes.
No es que falte creatividad —ocurrencias nos sobra a los mexicanos—, sino aterrizaje, ahí radica el problema. Se premian ideas, no resultados. Así se terminan acumulando startups prometedoras que jamás venden un producto viable.
Y cuando por fin aparece un proyecto con potencial, que sí los hay, se estrella contra la muralla del financiamiento y un ecosistema que no está preparado. Escalar cuesta dinero. Y en México, conseguir crédito formal es magia oscura inaccesible para los no iniciados. Los bancos ven a las pymes como sospechosos por default. ¿Y los Inversionistas, esos famosos ángeles protectores de la proactividad? Los hay, más de los que imaginamos, pero muchos no están preparados para esa conversación, otros no entienden que no deben comportarse como un “tiburón” de la televisión, y el resto busca multiplicar su dinero en tiempo récord, muy pocos entienden que además de la lana hay que acompañar un proceso de crecimiento.
¿Y entonces cómo consiguen lana, las pocas que lo consiguen? Menos del 15% de las pymes mexicanas logra acceder a financiamiento bancario. El resto se financia con tarjetas de crédito personales, préstamos de familiares o —cuando fe es ciega y la desesperación aprieta— con créditos informales con tasas criminales.
En Puebla, el panorama es igual de gris. Los programas gubernamentales de apoyo a emprendedores son sexenales y erráticos: hoy abren convocatorias, mañana cambian las reglas, diseñan incentivos a partir de lo que les sobra, no entienden que no entienden . Sin continuidad ni planeación a largo plazo, no hay forma de construir empresas sólidas.
Abrir una empresa en nuestra Angelópolis sigue siendo viacrucis. La famosa “ventanilla única” es mito urbano: municipio, estado, SAT, IMSS, Protección Civil, licencias varias… cada trámite con fila, cita y papel sellado. Mientras tanto, los discursos oficiales presumen “facilidad para hacer negocios”, para ellos mismos contradecirse con sus propios datos: el Índice de Competitividad Estatal 2024 del IMCO coloca a Puebla en el lugar 24 de 32.
No todo es culpa del gobierno, y un emprendedor debería ser capaz de tener un alto nivel de autocrítica. Escalar significa contratar gente, delegar funciones, profesionalizar procesos. Pero aquí aparece otro muro: el talento.
Primero, porque muchos emprendedores creen que ser buenos operando equivale a ser buenos dirigiendo. Eso no es cierto, pasar de “hago todo yo” a “lidero un equipo” requiere habilidades de gestión que casi nadie enseña.
Segundo, porque el talento especializado migra. Jóvenes ingenieros, diseñadores y expertos digitales se van a CDMX, Monterrey o al extranjero. Puebla, con todo y sus universidades, padece escasez de cerebros ¡ya que se fugan! El emprendedor local debe elegir entre contratar barato y poco capacitado o invertir en talento que se marchará en dos años.
Otro obstáculo es cultural. Muchos negocios prefieren quedarse como changarro informal antes que atraer al “socio incómodo” del SAT. El miedo a crecer condena a miles a vender “lo suficiente”, sin estructura ni reinversión.
Y no es cuestión latinoamericana: Chile y Colombia trabajan en empresas globales mientras en México seguimos celebrando la tiendita que sobrevivió al temblor. No es casualidad que los primeros “unicornios” de la región surgieran fuera de nuestro “gigante” económico.
Desromanticemos el emprendimiento, México y Puebla necesita empresarios, no solo emprendedores. Ya sobran foros de emprendimiento, charlas motivacionales y ferias escolares donde se reparten diplomas. Lo que de verdad falta son empresarios que escalen, profesionalicen y consoliden.
Lo disruptivo no es abrir un café de especialidad en Cholula con decoración instagrameable; lo disruptivo sería que ese café bajo un modelo innovador crezca a cinco sucursales, genere empleo formal y compita con cadenas nacionales.
Puebla no necesita más egos inflados por un pitch, sino financiamiento real, formación empresarial seria y que las universidades brinden herramientas que les permitan sobrevivir al SAT, al flujo de efectivo y a la gestión de talento.
Ser emprendedor está de moda, pero ser empresario es de valientes. La moda vende sueños; la realidad exige disciplina, sudor y mucho más que un pitch. Si queremos que Puebla deje de exportar talento y sueños rotos, hay que hablar en serio del escalamiento de negocios. Que los emprendedores entiendan que abrir un changarro no es ser startup, y que las instituciones comprendan que sin crédito, sin talento y sin reglas claras, nadie escala.
Lo que México necesita no son más “creadores emergentes de Apps” o “marcas de ropa personal”, sino empresarios que construyan empresas que sobrevivan más allá de tres años. Y eso, aunque duela, cuesta caro.
Porque sí, soñar es gratis, pero escalar se paga con sangre, sudor y facturas.
¡Un abrazo!
Rubén Furlong Martínez
Los leo en X: @RubenFurlongM










