En el país hablamos de la Generación Z como si fuera un concepto cerrado, pero en realidad estamos frente a algo distinto: una generación que, sin planearlo, se convirtió en una marca simbólica. Una marca que no diseñó nadie, pero que todos utilizan. Gobiernos, empresas, partidos, medios e influencers proyectan en ella sus miedos, sus expectativas y, sobre todo, sus narrativas.
La Z comprende a quienes nacieron entre 1997 y 2012; hoy tienen entre 12 y 27 años. Están entrando a la vida laboral, ocupando sus primeros puestos de toma de decisiones y, en menos de una década, comenzarán a dirigir áreas completas en empresas, a coordinar estrategias de comunicación, a influir en políticas públicas y, hacia 2035, muchos estarán compitiendo por curules, alcaldías y cargos relevantes en gobiernos estatales.
Esta generación tiene códigos propios: una estética cruda, sin filtros, que abraza lo imperfecto; un lenguaje irónico que mezcla humor oscuro con una sensibilidad hiperaffinada; y una manera de relacionarse con los temas públicos que no se parece a nada anterior. No buscan líderes salvadores; buscan coherencia. No quieren discursos largos; quieren claridad. No aspiran a encajar; aspiran a ser escuchados. Y esa mezcla crea un imán narrativo.
Lo más interesante es cómo reaccionan los demás actores.
Los políticos los miran como territorio a conquistar, pero casi siempre fallan porque les hablan desde arriba, sin entender sus códigos. Las marcas comerciales los ponen como ejemplo de “consumidor del futuro”, aunque su comportamiento real contradice la mitad de los manuales de mercadotecnia. Y los medios construyen imágenes que van del pánico moral al romanticismo ingenuo: que si “la generación de cristal”, que si “la generación del meme”, que si “la generación que va a salvar al mundo”.
Lo cierto es que nadie controla la marca Gen Z, y ahí está su fuerza. Esta generación se define a sí misma en tiempo real, rediseña sus símbolos sin pedir permiso y desacredita cualquier discurso hueco con una precisión quirúrgica. Para ellos, la autenticidad no es aspiración: es requisito.
En México, además, la marca Z tiene un matiz particular. No viven las mismas condiciones que sus pares estadounidenses o europeos, pero reciben su narrativa global como si fuera propia. Crecen entre desigualdad y conectividad, entre incertidumbre y acceso ilimitado a lo que ocurre en el mundo. Ese contraste moldea un carácter político y cultural que todavía no terminamos de entender.
Por eso, más que hablar de “la juventud”, deberíamos hablar de un código de época. La Gen Z nos muestra hacia dónde se mueve el país: qué rechaza, qué exige y qué está dispuesta a construir. Entender su marca no es una moda; es una ventaja estratégica.
Porque, al final, las generaciones no cambian al país con discursos, sino con los códigos que logran instalar en la conversación. Y la Gen Z ya instaló los suyos.










