Todos imaginamos metas, objetivos que alcanzar, cumbres a las cuales subiremos para imponer la bandera del triunfo, de nuestro triunfo. Analizamos el camino e incluso nos adelantamos previendo algunos obstáculos que podrían hacernos caer, observando cuáles son los riesgos que nuestra empresa implicaría. Suponemos que nuestra mente es metódica y profesionalmente calculadora porque en el pasado hemos tenido algunos triunfos. Sin embargo, a pesar de estar haciendo todo como se supone que debe hacerse y de cumplir con las reglas y requisitos que a nuestra determinación se le exigen, nada mejora, sino que, contrario a lo que esperaríamos, todo empeora. El tiempo se agota, los recursos empiezan a mermar y para las puertas que suponíamos fáciles de abrir resulta que nos piden llaves con combinaciones diferentes. De alguna manera y sin tenerlo claro, somos incapaces de avanzar y así, todo lo que inició en nuestra imaginación, termina esfumándose cual espejismo, quedándonos únicamente un sabor amargo en la boca.
Hay un versículo popular que reza: «El hombre propone, pero Dios dispone»; otra versión se encamina en el mismo sentido cuando expone: «Haz planes y Dios se reirá de ellos». Lo que esencialmente manifiestan estas ideas es que la vida es incierta, pues todo, absolutamente, puede cambiar en un segundo, en un abrir y cerrar de ojos, en un parpadeo. Nuestros días son impredecibles, tanto para bien como para mal. Cuántas veces no nos hemos levantado por la mañana suponiendo que tendremos un día como cualquiera, una jornada apegada a la rutina ya conocida, pero que por circunstancias que escapan a nuestras manos (como todo en la vida) terminamos experimentando no ya todo lo contrario, sino vivencias que ni siquiera hubiéramos suponido posibles para nosotros.
Todo es incierto, lo sabemos, pero no por ello estamos dispuestos a aceptarlo. Nos aferramos a que las cosas salgan como nosotros lo esperamos y a que las personas se comporten como lo deseamos, pero la vida no es así, ni para uno mismo, ni para los demás, pues todos estamos a merced de una voluntad mayor que escapa a nuestro entendimiento; no se trata necesariamente de la voluntad de un ser superior, de una inteligencia suma, de Dios como algunos refieren; sino tan sólo de la voluntad del mundo que nos rodea y que está constituido de la suma de pequeñas voluntades en conjunción con las leyes naturales que nos gobiernan.
Cuántas veces no hemos pensado que las cosas fueran a nuestro modo, tal y como las hemos pensado, pero la experiencia nos muestra que el ser humano rara vez está conforme con lo que imagina, no por nada se dice que debemos tener cuidado con lo que deseamos. A todos nos ha ocurrido que hay momentos que resultan tal y como los imaginamos, pero que terminan aburriéndonos y mostrándonos que en verdad no sabemos lo que queremos, nadie lo sabe y por ello es que en cierta forma la duda que despierta la incertidumbre es tan atrapante.
El mundo es caótico y nada funciona como supuestamente debería de hacerlo, pues el “deber ser”, en sentido estricto, no existe para nadie, siempre habrá al menos una variante en las posibilidades de la existencia que rompe con lo formal. No controlamos nada de lo que ocurre a nuestro alrededor, y es posible que ni siquiera seamos capaces de dominar nuestros pensamientos, aquella dimensión que los filósofos estoicos dicen que es la única que nos corresponde. La realidad es que el “desorden” es la única ley universal, pero entendiendo que si le llamamos “desorden” quizás se deba más a nuestra incapacidad de comprenderlo, y no tanto a que en verdad sea un conjunto desordenado lo que experimentamos.
Que nada será nunca a nuestro antojo es una proposición que debemos asimilar con prontitud, pues mientras menos tardemos en aceptarlo, menos sufriremos las consecuencias del aparente desorden en el que vivimos. Realmente nadie sabe nada de nada, pero es importante fingir que sí somos capaces de entender algo, aunque sea lo mínimo, muestra de ello son las leyes y normas que nos rigen, los acuerdos que establecemos, los protocolos de actuación que diseñamos y, en fin, todo aquello que como sociedad nos permite llevar las cosas más o menos en paz y con cierto “orden”, aunque en el fondo sabemos que todo nos rebasa. Sobre esto nos habla el escritor Arthur Bloch en su conocida obra La ley de Murphy:
«Si algo puede salir mal, saldrá mal. Nada es tan fácil como parece, y todo suele llevar más tiempo del que uno imagina. Cuando existen varias maneras en que una situación puede complicarse, casi siempre termina ocurriendo precisamente aquella que provoca mayores perjuicios. Y aun si la prudencia permite anticipar y evitar las posibilidades más evidentes de fracaso, la realidad parece guardar siempre una alternativa imprevista, dispuesta a manifestarse en el momento menos oportuno. Las cosas, cuando se dejan a su propio curso, tienden a deteriorarse antes que a mejorar. En cuanto comenzamos una tarea, descubrimos que había otra que debió haberse realizado antes. Cada solución resuelve un problema, pero al mismo tiempo engendra otros nuevos. Por más que se intente diseñar algo infalible, la ingeniosidad humana siempre encontrará una manera de desmentir esa pretensión. La naturaleza, por su parte, parece inclinarse sistemáticamente hacia la imperfección oculta, como si disfrutara revelando, tarde o temprano, el defecto que nadie había advertido. Sonría, mañana puede ser peor. La experiencia enseña que el orden es frágil, que la previsión nunca es absoluta y que la realidad conserva una inagotable capacidad para sorprendernos. Quizá por eso conviene afrontar la vida con una mezcla de prudencia, paciencia y sentido del humor, aceptando que incluso los planes mejor concebidos están sujetos a la contingencia.»
Las cosas no siempre salen como esperamos y no queda más que aceptarlo, ¿eso nos hace mediocres?, en absoluto; pero no nos lamentemos, sonriamos, pues mañana puede ser peor.








